jueves, 26 de mayo de 2016


No pare de sufrir

Contra la necedad del pastor (y no el que vende tacos) que nos incita a dejar de sufrir en mensajes televisivos, antepongo el hundirse en el dolor hasta que ya no se vea salida. Échele sal y limón agrio a la herida (y si puede, un buen tequila). Hay momentos en la vida de los hombres y de las mujeres en que no queda más que ponerse a llorar a moco tendido. Como dijo Sabines (cito de memoria): y me puse a llorar como se ponen las mujeres a parir. Y si usted cree que los hombres no lloran, deje la ingenuidad y asómese a una cantina a cierta hora avanzada de la noche y ya verá cómo se le cae el mito. Como diría mi abuelita: “se les sale el tequila por los ojos”.

Basta de controlarse y pensar en el qué dirán. Para un mejor sufrir, aquí propongo un viaje musical por el dolor. Porque nada más delicioso que hundirse en notas musicales y voces que se hermanan con nuestra pena negra. Yo tengo la estrategia de escuchar canciones y sentir cómo uno se va hundiendo con claridad en las fronteras de la soledad y la muerte (ay, dolor, ya me volviste a dar). Por supuesto, cada quien tendrá su propia versión.

Ya desde el canto de las sirenas, en la música existe la perdición o el consuelo al sufrimiento arrojándose al mar para morir ahogado. Mi viaje musical no pasa por mis maestros emocionales: Pedro Infante, Javier Solís, Jorge Negrete, ni siquiera por el de Huentitán, mi Chente (y el de ustedes también). Yo me clavo en un catálogo de canciones que no sé por qué pero me duelen y me ayudan a hundirme en el mar, al amparo de las sirenas que buscan ahogarte envuelto en bellas voces. Poco en inglés, porque hay que cantar lo mejor entonado posible y en ese idioma no me sale la voz.

Aquí abro un paréntesis para recordar una noche de farra en que el grupo con el que iba tuvo su momento epifánico cuando en la rockola escuchamos consecutivamente “De qué manera te olvido” y después “Don’t Let Me Down” de los fabulosos cuatro. Esos sí que es fusión.
Cuando me comienzo a detectar tristón, comienzo con una indispensable “Porque te vas” cantada con acento rarísimo por Jeanette. Allí los quiero ver en la madrugada, escuchando esa advertencia de un seguro desastre amoroso mientras el reloj avanza inexorable. Después de eso de plano hay que irse a los ámbitos de arrabal y escuchar al Buki. “Si no te hubieras ido”, me parece la canción más primitiva y elemental para hablar del frío no del cuerpo sino de la promesa de que no habrá otro cuerpo a tu lado. La versión en que canta en Viña del Mar, en 2005, me parece la mejor. Seguiría un lugar para Juan Gabriel, pero cantado por la señorona Isabel Pantoja: “Así fue”. Una buena canción de Nina Simone puede ponernos a tono, para también practicar el inglés. To Love Somebody puede ser una buena elección. Y si quieren seguir en inglés, pueden seguirse con “Wish You Were Here”, de Pink Floyd. “Ojalá pudieras contarme del cielo y del infierno”.

Aquí marco mi preferencia por una canción de Bosé: “Si tú no vuelves”, pero a mí me gusta más la versión de Amaral y Chetes. No sé por qué pero la prefiero a cualquier otra.

Una de canto cardenche puede hundirnos en los paisajes ancestrales de nuestros abuelos: “Yo ya me voy a morir en los desiertos”. Nada me consuela porque la pérdida viene más allá de ti, más lejos que tu alma.

En este punto podríamos estar a punto de cometer la estupidez de saltar por la ventana o buscar un objeto que no produzca demasiado dolor para cortarnos las venas, así que lo recomendable, considerando que ya tocamos fondo, es buscar una salida. Ideal es una canción del (no se rían, así se llaman) Dúo Dinámico: “Resistiré”. Como la mayoría de las veces, prefiero la versión no original. Me fascina cuando al final de la película “Átame” de Almódovar (experto en canciones de sufrimiento interminable) la canta Antonio Banderas junto con la actriz que interpreta el papel de la hermana de Victoria Abril. Luego podemos seguir con algo de Charlie Parker, continuar con Pop Goes The World de Men Without Hats. Y si quieren reponerse del todo y hundirse en la fresez absoluta, pueden cantar “Corazón contento”, de Palito Ortega. Llorar, llorar, pero para vivir. Ya lo dijo el poeta Joaquín Sabina: “Siempre que por ti me suicido me entran ganas de vivir”.

Concluyo con una anécdota reveladora. Una vez, no sé cómo, caí en la celebración de un aniversario en Alcohólicos Anónimos. Carencia de medios: la comida eran frijoles (muy buenos) cocidos con una resistencia en una cubeta, las servilletas eran las hojas de un directorio telefónico, etcétera. Uno de quienes rindió testimonio contó todos los avatares de los bebedores kamikaze. Agonía infinita. Un narrador nato, con sentido del humor. Pero lo que quiero contar es que al final, luego de narrar cómo bebió y bebió, dijo biblícamente: “Tenía sed, sed de Dios”. No puedo explicar cómo, pero en ese momento me llegó la revelación, me di cuenta de que padezco de ese mal: tengo sed de algo infinito y ni siquiera sé si existe. Allí está el centro de mis acciones. Es posible que no sólo las mías. Y de allí viene la infelicidad. No tiene que ver con una persona que te abandona, ella es sólo un mensajero, viene de más allá, de algo lejano y distante, que no se puede llenar con nada. Y esa nada es demasiado radical, incomprensible. Por lo menos hay que saberlo y no pedirle a un humano que cumpla con una tarea imposible.

No detengas el dolor, déjalo que te atraviese por en medio. Algo quedará que te ayudará a vivir.

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