Avanzar como si no importara nada.
Un pequeño drama interno, espadas y herencias: triunfar allí.
El reino eres tú mismo.
Descreer de los hados del infortunio y del dolor que te
arranca el puro hecho de vivir. Aferrarte al gozo, a la luz que desprenden los
cuerpos.
No fundes una religión con tus desastres ni con tu desorden.
No generes mitos en torno a tu dificultad.
Hecho de caídas, es más fácil dominar el arte de levantarse
una y otra vez.
Escucha las voces: “todo es inútil, a quién le puede
interesar, pero si esta idea es absurda, qué ridícula historia para un cuento. Los
otros dirán que historia tan tonta la de alguien a quien se le desvanecen los
rostros, que ve huecos de caras en lugar de rasgos faciales. ¿Crees que alguien
te leerá? Tantos han escrito y mejor que tú. Mejor lee a Shakespeare y a Sor
Juana. ¿Puedes mejorar una línea de quienes te han precedido?”. Ser el crítico
implacable de uno mismo, de cada línea, cada letra, a cada momento.
Escucha las voces, dales su lugar, y luego sigue escribiendo
como si dijeran nada, como si hablaran desde el vacío. Las dictan el miedo, el
enojo, la rabia.
Cada línea, cada párrafo es un pequeño triunfo sobre esas
voces.
Escribir sin esperanza y sin desesperación. Sólo escribir.
Un día descubres que has hecho más de lo que tú mismo
esperabas. Que podrías dedicarte a ordenar y tal vez ya tengas un avance más importante
del que considerabas.
Necesitas escribir un proyecto final de cincuenta páginas. Tienes
más de cien, pero qué sirve y qué no. Esa es la tarea. ¿Qué significa servir?:
¿en qué parte estoy yo, cuál es mi escritura real y no los polos magnéticos de
la falsa imitación, de la falsedad académica?
Y también determinar qué falta. Tanto o más que lo ya
escrito.
Concéntrate en un solo tema. El resto será después. Comienzas
con demasiado y lo vas depurando. Es una ley clara y natural. Llegar a ese
punto sólo se logra escribiendo.
Puedes mirar una y otra vez tu librero y sentir que algo
falta, un libro, un tema, en algún lado existe el libro que te apoyará en lo
que quieres decir. Buscas en las librerías de libros nuevos y de libros viejos,
en los catálogos de las bibliotecas, en los puestos que venden libros mugrosos
en la calle. Todavía no lo has encontrado.
O tal vez necesites una silla más cómoda, un escritorio más
amplio, una computadora con pantalla semicircular de 30 pulgadas, un teclado
distinto, un súper estéreo para escuchar música a todo volumen mientras
escribes.
Y no es así, lo único que necesitas es escribir. Darte
cuenta de que seguirías escribiendo a mano, en papel, en libretas viejas, en
papeles que encontrarías en la basura, en los muros de las calles, en lo que
encuentres. Lo guardarías en tu memoria si no tuvieras donde plasmarlo.
Y lo que falta en tu librero es tu propio libro, el que te
debes a ti mismo.
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