domingo, 1 de mayo de 2016

La última canción juntos
Debió hacer frío esa mañana en Londres el 30 de enero de 1969. Lo muestran los gruesos abrigos que llevan John Lennon y George Harrison. El viento no deja de agitarles ni un momento las largas cabelleras. Cuatro Beatles. Algunos de ellos cansados de ser Beatles. La presencia escénica nunca se pierde. Se ven como siempre, fuertes y armónicos. Restos de la poderosa química que siempre mostraron juntos. Han decidido dar el último concierto de manera 
sorpresiva.
Hubo muchas ideas en torno a cómo podrían realizar ese concierto: en las pirámides de Egipto, con un público de beduinos tal vez mostrados en sus camellos, en un barco mientras en otras naves sus fans los escuchan con admiración. Quizá pudieron pensar en abordar un cohete espacial y dar su último concierto en la Luna. O en tomar el submarino amarillo para cantar debajo del mar estas canciones que vuelven al principio, al origen del punch rockero, sin tantas mezclas y mezclas que creaban atmósferas fascinantes. La decisión final fue tocar en el techo del edificio de Apple. Y no la compañía de Steve Jobs, sino la suya, la que no tiene todavía la mordida de la tecnología extrema.
¿Es necesario decir que las voces de Lennon y McCartney siguen acoplándose de manera asombrosa? Yo los veo sueltos, tocando con gusto, por la simples ganas de hacerlo, lejos de las tensiones que los han enfrentado una y otra vez en los días pasados.
Su público también ha cambiado. Y a no son las delirantes adolescentes que asistieron al Shea Stadium. El ambiente lleno de alaridos que les impide incluso escucharse a sí mismos, saber si están tocando bien o mal. Ahora vemos a un grupo compuesto en su mayoría por hombres, un tanto serios, reflexivos, mirando con atención, sin aspavientos. La escenografía se parece un poco a algunos momentos de la canción Eleanor Rigby, cuando suena en la película Yellow Sumarine. Techos de Londres.
Hay algo que nunca había notado: ellos ya no quisieron ser mercancía, no se ofrecieron al mercado, no pidieron miles de dólares o libras esterlinas por tocar esa última vez. (Muchas personas hubieran pagado lo que sea por estar allí). No hicieron una gira mundial de despedida, ni posteriormente organizaron melodramáticos reencuentros. Se ofrecieron como un regalo a desprevenidos paseantes, se mostraron libres y todavía cantando después de ser Sirs, los millones de libras en los bolsillos y los miles y miles de adolescentes que los adoraban. Se ofrecieron gratis y de manera fugaz sobre la azotea de un edificio. Un performance que tomó por sorpresa a todos. Que mostró que cuatro buenos muchachos todavía podían colapsar al tráfico y a los policías. Ardieron rápidamente en un concierto de cuarenta minutos y nunca más volvieron a tocar juntos.
En el grupo latían fuerzas encontradas. Se volvieron distintos y ya no se reconocían o las diferencias que traían desde siempre se hicieron más divergentes que nunca.
Atmósferas. Lo que querían era recuperarse, volver a ese momento en que simplemente tocaban por gusto en La caverna, y no la de Platón.
Permanecen ocultos. No tan accesibles a la mirada. Como si los ojos de los espectadores pudieran congelarlos, petrificarlos y debieran mantenerlos lejos. La mirada obsesiva puede ser el principio de un terror. Algunos de ellos experimentaron el vacío creativo que les daba el ser observados siempre.Quizá nos detiene la mirada de los otros.¿Qué quieren esos otros de mí? Lennon intentó siempre huir de esa mirada. 
Quizá cada mañana volvemos la mirada hacia los techos de los edificios en espera de que de pronto aparezcan y sigan cantando una simple canción de rock.

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