viernes, 13 de mayo de 2016

Escribir, escribir, que rico escribir

En la redacción de mi proyecto final, llego hoy al momento que más me gusta de la escritura. Y no ocurre por lo regular frente a la computadora o con lápiz y libreta en la mano. Sucede que hay días en que caminas y piensas en lo que estás escribiendo, estructuras de otra manera, te llegan ideas que no olvidarás cuando te sientes a tu escritorio.

El estado mental que menciono no me convierte en una especie de zombie que camina babeando por las calles mientras piensa lo que redactará cuando llegue al lugar donde escribe. Tampoco es que haga como que el mundo me importa (fingimiento), mientras me concentro en lo trascendente (sí, ajá). Vives junto con… Una tarea junto con la otra, no de manera excluyente, o haces una o haces otra. Dos canciones tocando al mismo tiempo, complementándose.

Así camino hoy por las calles. Consciente, observo la gente, los puestos de comida, me cercioro de que el semáforo esté en verde, me detengo a desayunar. Y mientras, al mismo tiempo, pienso en mi proyecto, lo acomodo mejor y más rápido que en la computadora. Tengo ideas. Rondo mi propia escritura, la siento y la palpo. Sin la angustia de que tal vez la estoy dilapidando, de que quizá cuando llegue a mi mesa ya no me acuerde de nada de lo que venía pensado. Porque se trata de un proceso, no de una colección de eventos o impulsos. No se escribe con impulsos. Es necesario introducirse en un proceso. Que todo sea parte, incluido el disgusto ante los automovilistas que se pasan los semáforos. Todo sirve. Ronronea en tu mente lo que quieres escribir.

Henry Miller cuenta que una vez lo avasalló la historia de una novela mientras viajaba en el Metro de New York. Se angustió porque no tenía manera de regresar a su casa y escribir esa portentosa historia que veía escena por escena. Optó por sólo verla, por dejar que transcurriera en su mente y nunca regresara. Coleridge soñó un poema acerca del palacio de Kublai Khan. Se despertó y comenzó a escribirlo. En ese momento, alguien lo visitó. Cuando la visita se fue, ya no recordaba el poema. Por eso tampoco hay que dejarlo para después. Lo que vienes pensando ha de encontrar lugar en cierto momento del mismo día, no se puede quedar para un tiempo posterior, en pausa, porque entonces sí que se pasará al olvido o ya no tendrá la misma atmósfera mágica que poseyó cuando la imaginaste.

Alternar, pero no dejar es la mejor solución. Un rato escribes y otro rato actúas en otro ámbito de tu vida. Porque la mente no descansa en pensar en todas las actividades que hemos de realizar. Porque no puedes escribir todo el día. Bueno, yo no puedo. Lo he intentado en varias ocasiones y no es posible. Cansa. Harta. Tienes que dejar de lado y seguir después. Combinar con otras tareas de la talacha: revisar, buscar la cita correcta, leer los otros textos.

Y el tema vuelve a ti de esta manera, habitando tus pensamientos. Desenrrollándose. Nunca se ha ido. Permanece

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