Escribir, escribir,
que rico escribir
En la redacción de mi proyecto final, llego hoy al momento que
más me gusta de la escritura. Y no ocurre por lo regular frente a la
computadora o con lápiz y libreta en la mano. Sucede que hay días en que
caminas y piensas en lo que estás escribiendo, estructuras de otra manera, te
llegan ideas que no olvidarás cuando te sientes a tu escritorio.
El estado mental que menciono no me convierte en una especie
de zombie que camina babeando por las calles mientras piensa lo que redactará
cuando llegue al lugar donde escribe. Tampoco es que haga como que el mundo me
importa (fingimiento), mientras me concentro en lo trascendente (sí, ajá).
Vives junto con… Una tarea junto con la otra, no de manera excluyente, o haces
una o haces otra. Dos canciones tocando al mismo tiempo, complementándose.
Así camino hoy por las calles. Consciente, observo la gente,
los puestos de comida, me cercioro de que el semáforo esté en verde, me detengo
a desayunar. Y mientras, al mismo tiempo, pienso en mi proyecto, lo acomodo
mejor y más rápido que en la computadora. Tengo ideas. Rondo mi propia
escritura, la siento y la palpo. Sin la angustia de que tal vez la estoy
dilapidando, de que quizá cuando llegue a mi mesa ya no me acuerde de nada de
lo que venía pensado. Porque se trata de un proceso, no de una colección de
eventos o impulsos. No se escribe con impulsos. Es necesario introducirse en un
proceso. Que todo sea parte, incluido el disgusto ante los automovilistas que
se pasan los semáforos. Todo sirve. Ronronea en tu mente lo que quieres
escribir.
Henry Miller cuenta que una vez lo avasalló la historia de
una novela mientras viajaba en el Metro de New York. Se angustió porque no
tenía manera de regresar a su casa y escribir esa portentosa historia que veía
escena por escena. Optó por sólo verla, por dejar que transcurriera en su mente
y nunca regresara. Coleridge soñó un poema acerca del palacio de Kublai Khan.
Se despertó y comenzó a escribirlo. En ese momento, alguien lo visitó. Cuando la
visita se fue, ya no recordaba el poema. Por eso tampoco hay que dejarlo para
después. Lo que vienes pensando ha de encontrar lugar en cierto momento del
mismo día, no se puede quedar para un tiempo posterior, en pausa, porque
entonces sí que se pasará al olvido o ya no tendrá la misma atmósfera mágica
que poseyó cuando la imaginaste.
Alternar, pero no dejar es la mejor solución. Un rato
escribes y otro rato actúas en otro ámbito de tu vida. Porque la mente no
descansa en pensar en todas las actividades que hemos de realizar. Porque no
puedes escribir todo el día. Bueno, yo no puedo. Lo he intentado en varias
ocasiones y no es posible. Cansa. Harta. Tienes que dejar de lado y seguir
después. Combinar con otras tareas de la talacha: revisar, buscar la cita
correcta, leer los otros textos.
Y el tema vuelve a ti de esta manera, habitando tus pensamientos. Desenrrollándose. Nunca se ha ido. Permanece
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