sábado, 30 de abril de 2016

“Sabia virtud de perder el tiempo”.
En el video que pongo aquí Tim Urban narra historias trascendentes y divertidas acerca del hábito que derrota a todos los  hábitos: el de dejar todo para el último momento. Me recuerda noches en vela: el maquinazo, el desvelarte la noche anterior al examen, comenzar un artículo unas hora s antes de entregarlo, meterte a bañar quince minutos antes de que sea la hora de tu cita porque antes de eso estuviste mirando en la televisión intrascendentes y aburridos programas. Uf. ¿Quién no ha hecho algo así?
A la mejor es un hábito ingenuo, a la mejor simplemente se trata de señales de actividades que no queremos realizar, de situaciones en que nos sentimos obligados a decir que sí cuando queremos decir que no. Yo, por ejemplo, mi mundo ideal y mi actividad central es quedarme en mi casa, leyendo un poco de aquí y otro poco de allá, sin obligación de concentrarme en una lectura específica, sin trabajos concretos que realizar, sólo un poco lo que se me vaya ocurriendo. Pero en muy pocas ocasiones puedo vivir de esa manera. Siempre hay compromisos, lugares a dónde ir, escuela, trabajos, fechas de entrega, etcétera. Obligado, comprometido. No obstante, las personas que lo han estudiado lo consideran una forma destructiva de ser. Problemas en todos lados: con la familia, en el trabajo, en la escuela. Un estrés al mil por ciento. Porque mientras no enfrentamos lo que tenemos que hacer no estamos tranquilos, al contrario, pasamos los días plenos de inquietud, desasosegados. El estrés de mirar cómo avanzan los días y no tenemos nada escrito, el sentimiento de inutilidad o de no contar con ese indicador de que se es un hombre y no un títere: fuerza de voluntad.
Yo, por ejemplo, necesito hacer ejercicio para mis articulaciones. Si no lo hago, me debilito y me pongo rígido como el hombre de hojalata. Pues no trabajo en mi rutina de ejercicios hasta que no me duele de manera insoportable todo el cuerpo. Mejoro unos días y luego vuelvo a dejar de hacerlo. Claro, uno puede decir que no tiene tiempo, pero resulta indispensable darle unos minutos a este ejercicio.
En esa costumbre uno percibe que le faltan los valores morales que se vienen cultivando en el ser humano desde lejanas épocas: templanza, disciplina, voluntad, las grandes señales de lo que debería ser una persona productiva. Y se ve uno a sí mismo como ausente de todo ello.
La conclusión del video de Urban me parece genial. Dejamos para después no algo finalmente tan intrascendente como un artículo o incluso una tesis de maestría, sino lo trascendente de nuestra vida. Estamos dejando para después los cambios profundos que nos lleven a la vida que deseamos tener. Tal vez sea dejar ese trabajo, romper con alguien, decir una verdad escondida a duras penas, decir no quiero, cambiar de país, en fin, vivir de otra manera. Tal vez detrás de ese no hacer hoy lo que necesito urgentemente hacer, esté una negativa a vivir como quiero vivir.  

Alejandro Jodorowsky dice en algún lado que lo que debemos hacer es llegar a nuestras casas y pegar dos tipos de etiquetas a todo lo que hay allí: sí y no. Sí me sirve, no me sirve, si lo quiero, no lo quiero, sí lo necesito, no lo necesito, sí quiero vivir con ello, no quiero vivir con ello. Lo que nos funcione. Y tirar o aventar por la ventana o deshacernos de todo aquello a lo que le hemos pegado un “No”, aunque sea una pareja, un amigo, un hermano. Sólo así podríamos comenzar a vivir, pero la mayoría lo dejamos para un momento oportuno que nunca llegará. 


viernes, 29 de abril de 2016

Cuando era muy pequeño, como a los cuatro años, recuerdo con claridad que me desesperaba por aprender a leer. Era lo que más deseaba. Me daban mi “cuento”, una historieta, y yo miraba los dibujos tratando de entender las letras. Recuerdo con claridad esa necesidad profunda de querer entender esos signos. El dibujo no era suficiente, necesitaba leerlo por completo.
Recuerdo una noche en que mi papá me leyó con suma paciencia una aventura de Súper ratón.
Recuerdo que me leía páginas completas del periódico Esto.
Nada tan maravilloso ni tan deseado de niño como el poder de leer historietas. Pero nosotros éramos pobres. Nuestros padres no nos compraban historietas a montones. Cada semana, los domingos, comprábamos Kalimán. Las historietas a colores de Editorial Novaro las comprábamos rara vez.
En el mercado de Texcoco había dos puestos de renta de revistas. Una persona alquilaba las revistas de historietas. Un ejemplar costaba digamos un peso y la podías leerlo por diez centavos. Lo que importaba era leer más que poseer. Muchas personas leían así.
Una de las personas era una señora que conocía a mí mamá desde que ella era niña. Mi madre es una lectora ávida de este tipo de literatura desde niña. Aprendió a leer sola pues fue a la escuela únicamente tres o cuatro meses. Por cariño a mi madre, la señora me permitía leer revistas sin cobrarme. Así que los domingos por la tarde yo llegaba a ese puesto y leía durante horas revistas de historietas. Horas y horas. El mundo desaparecía para mí.
Acababa tan rápido las revistas que la señora decía que yo no las leía (no podía ser), que nada más miraba los muñequitos. Ese comentario constante de ella me desazonaba porque leía cada palabra y quería leer mucho.
No me había dado cuenta pero resulta curioso que mi proyecto de maestría gire en torno a una novela gráfica, una larga historieta, un cuento largo, en blanco y negro, llamada “Maus”. Vuelvo a mis orígenes de lector, con otra forma de ver y entender.
Una novela gráfica es lo que nosotros conocemos como cuento, historieta, cómic, monitos, una historia contada por medio de dibujos, relato secuencia sobre papel (pero también en digital). Sí, vamos, algo así como Kalimán, Rarotonga, Superman, Porky, el Pato Donald o Mickey Mouse, el Spirit, Conán, pero en forma de relato largo. Esos monitos que le llamábamos cuentos de niños adquirieron un rango de mayor aliento. De los ochenta a la fecha se vienen trabajando largas secuencias narrativas que muchos llaman novela gráfica.
Novela gráfica resulta un término híbrido. Podría ser “película congelada en papel” o “filme en cuadritos que pueden leerse”. Un relato en cuadros. El punto central es que se trata de una narración en dibujos, secuencial, que utiliza elementos del cine, de la literatura y de las historietas que leímos en nuestra infancia, para convertirlo en algo distinto, en un producto artístico con características propias. Como no sabemos cómo llamar algo tan diferente a lo que solemos leer, le hemos llamado novela gráfica.
Descreo de lo que muchos opinan de que se trata de la creación de historietas para adultos, porque por lo menos en México se ha trabajado mucho la historieta para adultos. Por ejemplo: Los Súper Machos y Los Agachados de Rius, politización en cuadritos; la revista Duda (siempre plena de maravillosas historias de complot y de verdades ocultas); bueno, hasta el Sensacional de Traileros.
¿No era una novela gráfica por entregas Rarotonga? Y muchas otras. De hecho, a Rarotonga, ante su éxito, se le editó en un solo tomo. Lo que sí resulta cierto es que al convertirse en novela gráfica adquiere niveles de profundidad y de resolución narrativa de mayor complejidad.
Por estos días escribo acerca de una novela gráfica. Ese es uno de los puntos centrales de mi proyecto. Pareciera que nada cambia, sólo se transforma.

jueves, 28 de abril de 2016

“No dejes para mañana lo que puedes hacer pasado mañana”.
Somos como Felipito (en el mundo de Mafalda) que coloca un letrero de “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” y dice “Mañana empiezo”. Todo se retrasa. Nunca parece llegar el momento. Es un alivio, a veces, darse cuenta de que la mayoría de las personas es así. No le damos tiempo a lo que se supone debería ser nuestra prioridad. Lo dejamos para el último momento, en el mejor de los casos.
O tal vez, como cantaba Rockdrigo: “No tengo tiempo de cambiar mi vida”. Tiempo para lo que sea, excepto para lo importante. Lo urgente destruye a lo importante, porque muchas veces no es importante. A nadie le importara después de que lo realices.
En el trabajo me la llevo bien con los plazos, con las fechas de entrega previstas de antemano. “Deberá enviarlo a más tardar el 28 de abril”. Y el 28 de abril, llueva, relampaguee, me duela el estómago o esté deprimido, va lo que están solicitando. Lo más odioso es cuando te llega una solicitud que te da tres horas para contestar”. “Es para hoy”, y son las seis de la tarde. Inclusive así lo concluyo y lo mando. ¿Se han dado cuenta de que la información que nos pasamos generando toda una noche en vela, ahora a nadie le importa? Power points desechables.
Una vez me pidieron una reseña sobre un libro del violonchelista mexicano Carlos Prieto. La querían para el día siguiente. Me acuerdo que estaba sumamente cansado. Compré el libro, leí partes en el viaje en el Metro, y esa noche la escribí. Mi cansancio quedó atrás, leí el libro con placer. Me sentí motivado porque la música es mi pasión secreta y darle tiempo a esas pasiones hacen que no experimentes el cansancio.
También cumplí con las tareas durante un largo trecho de mi vida académica. “Leer este texto durante la semana y participar en el foro por lo menos tres veces”. Y allí estaba yo, concluyéndolo todo a tiempo, aunque durmiera poco. (De hecho, no me gusta dormir mucho). Y tan contento.
A veces pienso que lo que me ha detenido en los últimos tiempos es la ausencia de fechas límite semanales, mensuales. Sólo sé que el semestre concluye en mayo y cuando todo comienza parece tan lejano que resulta difícil que pasarán días y días sin que avances ni siquiera una página. Que dejarías día con día de hacer lo que se supone más gusto te daría hacer.
No hay fecha límite. Nadie te pide un trabajo por semana o avanzar diez cuartillas semanales. Nadie te persigue o te acosa. Estás libre a tus propias fuerzas, control y autodominio. “Y ahora que haremos con tanta libertad”, dice Felipito en algún lado. No he sabido qué hacer con ella. Es verdad que trabajo tal vez 18 horas al día y me quedan seis horas para dormir (a veces menos), pero me parece extraño, repito que mi avance sea tan mínimo. Y a mi tutor parece darle igual. Creo que todos los tutores son iguales, pero mi tutora de la tesis de licenciatura me apoyó de manera muy distinta. En fin, la responsabilidad es mía.
Así, que cuídense, por qué ya me di cuenta de mi hábito de postergar las cosas y no pienso seguir así.
Mañana empiezo.

miércoles, 27 de abril de 2016

Reto contra el bloqueo. Día doce.

¿Te alojarías en el Hotel California? Such a lovely place. Mientras el maestro de cámara da la orden para adorar a la bestia, y la recepcionista te dice que puedes entrar cuando quieras, pero nunca puedes salir. The pink champange on ice. Somos los prisioneros de lo que hemos creado, somos los sirvientes de las ciudades que construimos. Dicen que está en medio del desierto. Dicen que está en medio de cualquier ciudad. Serías uno más en la estadística. Desaparece en medio de la sed. Hace tanto que perdimos al vino. Viaje con pesadilla incluida. Todos hemos entrado allí. Creo que ninguno ha logrado salir. Música hipnótica.
El Hotel California, un lugar mítico en medio del desierto. Una probada del horror cotidiano en medio de un disco, un video, las páginas de You Tube. ¿Nunca has viajado por una carretera mientras en el estéreo suena a todo volumen? ¿Nunca has escuchado mi voz mientras dejo caer esta canción en la rockola? Una ciudad en medio de la mente.
¿Has visto al gato de Alicia en el País de las Maravillas? Te dirá que si sigues caminando sin saber a dónde vas, casi seguro que llegarás a ninguna parte. Pero ¿a dónde va el gato cuando desaparece? ¿Le interesa ir a algún lado? Tal vez si camino sin saber hacia dónde voy, lo encontraré al final de ese sendero, El gato se desvanece con lentitud, un cuerpo que se va. Habla de ir, de senderos, direcciones, metas, mientras se pierde en el aire. No contesta preguntas vagas, sólo te responde con precisión si sabes exactamente a dónde vas. Y si sabes a dónde vas, ¿para qué le preguntarías cómo llegar? Te ha encerrado en su mundo de palabras. Si no sabes a dónde vas, llegarás. Si sabes a dónde vas, también llegarás. Tal vez es un maestro zen que te dice que lo importante es mantenerse en el camino, seguir adelante. Tal vez no te dice nada. Quizá piensa que haces mal en preguntar, ¿no te das cuenta de que no hay respuesta? ¿Preguntas en medio de un mundo absurdo? ¿Qué respuestas esperas obtener?
¿Has abordado al barco de Ahab para cazar a la ballena blanca? Pobreza y escasez como resultado de una obsesión. La muerte colectiva es lo único que alcanzarás. Diversión garantizada mientras la ballena se vuelve contra el barco y lo destroza, mostrándole a los marineros al capitán Ahab que les hace señas para que lo alcancen en el infierno. William Faulkner podría guiarte sobre el cuerpo de la ballena. Sabe que ella nunca leyó a Freud.
Mientras navega por los mares a bordo del barco de Ahab, te cruzarás con otra nave pletórica de grasa y carne de ballena, que ha tenido el mejor año de caza de toda su existencia. Tal vez entonces te preguntes cómo diablos fue que subiste en el barco de los obsesivos, los que persiguen la blancura y la prefieren por encima de la abundancia. La respuesta sería porque tú estás para ese barco, porque ese barco estaba para ti.

martes, 26 de abril de 2016

Reto contra el bloqueo. Día once. 

Me gustan las cosas antiguas: las películas en blanco y negro, las fotos pre digitales (las que necesitaban un proceso de revelado para que pudieras verla), los edificios del siglo XIX, la Historia de otros tiempos. Me fastidia mucho de lo nuevo, pero lo utilizo día con día.

Me gusta la historia del niño que coronaron rey. Odio las historias de los niños torturados, abusados, perdidos.  Creo que defender a esos niños, a los nuestros, es una de las luchas sagradas que deberíamos de emprender todos.

Me gusta la historia del capitán  Nemo y su submarino.

Me gusta cantar con mis hijos la canción del submarino  amarillo de los Beatles. La versión de los Muppets es súper disfrutable.

Me gusta que siempre escucho música en mi cabeza, mi mente tararea una canción a cada momento. No me gusta cuando mi mente se atasca en  alguna canción fea o pésima, no sé de Arjona , o algo peor. En momentos así, la repite una y otra vez y estoy a punto de saltar al paso del Metro. Me gusta cuando se desliza de una música a otra, de una nota a otra, como si las estuviera inventando en ese momento. Canto en voz baja. También me gusta el silencio.

Me gusta ver la lluvia y que no me toque. Una gran lluvia vista desde arriba, los árboles estremecidos por el viento, nos recuerda que la naturaleza no puede ser dominada, por más que fatuamente lo creamos.

Me gusta estar solo, porque casi nunca estoy solo. Rodeado. Como si trabajara en un escaparate en Presidente Mazaryk. Casi siempre alguien quiere que lo atienda o necesito hablar con alguien o necesito exageradamente la atención de una persona. La soledad cura de todo eso.

Me gusta mi proyecto final de maestría. Una idea que de repente no me parece tan común. De pronto me parece absurda y al siguiente genial. Me gusta darme cuenta de que no es ni una ni otra. Es algo que debo explorar mediante la escritura. Eso es todo. Apasionarse por ella va más allá de la idea.

Me gustan los sabores tropicales: maracuyá, guanábana. Pero ¿hay alguno que no sea tropical? El tamarindo, el plátano, el coco, la piña también son tropicales, aunque los sienta más domésticos. Claro, la manzana es más de granja. Sin duda, los sabores tropicales te hacen viajar a través de los sentidos.

Me gusta caminar de noche por las calles de esta ciudad, sobre todo el Centro Histórico. Descubrir edificios, monumentos, fachadas perturbadoras, los sonidos de la gente en los cafés y restaurantes. Es el momento en que la ciudad, para mí, se vuelve más habitable. Menos autos, más vida. Menos correr hacia el trabajo, para correr hacia la diversión, el grupo, el amor.

Me gusta que me guste el mundo. Me gusta que todavía me indignen ciertas costumbres antihumanas. Sé que la indignación no es suficiente.


Construyo mi mundo día con día, segundo por segundo, frágil y en movimiento, cada instante podría ser el derrumbe o la nueva arquitectura. 

lunes, 25 de abril de 2016






Contra el bloqueo. Día 10.

Como muchos otros pintores, Rufino Tamayo incurrió en el autorretrato. Varios de ellos muestran elementos dignos de mención y análisis. Los primeros resultan un tanto convencionales. Trazos fuertes, impacto en colores oscuros. Aproximados a lo que es la imagen “real”. En cambio,  existe otro autorretrato en que su cuerpo está trabajado con bloques geométricos. El rostro permanece, pero se ha disuelto un poco. Los colores oscuros del cuerpo quedan, aunque  ahora en contraste con el fondo, de tonos verdosos y azulados más brillantes. La figura ya no está sola, una mujer esquematizada se encuentra detrás de él, con una mano levantada hacia su cuerpo.

En el Museo que lleva su nombre vi un autorretrato en que el cuerpo se encuentra todavía más disuelto. Ha sido sustituido por una figura geometrizada, rasgos a punto de lo abstracto. Lo más visible del cuerpo es una mano del lado izquierdo del espectador. Por supuesto, este retrato es el que más me atrae porque el cuerpo está en proceso de desaparición, a medio camino. Se trata de un ejemplo claro de que el autor decide qué o de qué manera puede crear un autorretrato. A veces pareciera que basta con colocarle  el nombre para que se convierta en autorretrato.

La idea convencional que por lo regular tenemos del autorretrato es que se requiere un cuerpo definido, un rostro ligado a ese cuerpo, el del autor, el del creador de la obra. He detectado cientos de autorretratos en que eso no ocurre. Para mí fue un descubrimiento personal que me sorprendió, aunque para varios críticos constituye un tema de discusión desde hace muchos años. El autorretrato no tiene límites. Su frontera entre mostrar un rostro para convertirse en tal ya se ha disuelto. Y podría convertirse en la disolución total del cuerpo.

En las obras de Tamayo todavía es posible observar un cuerpo, una presencia humana, rasgos, como una mención en voz baja, una huella; pareciera que el pintor se embadurnó la mano con pintura y la puso en esa parte del cuadro. En cambio, existen obras en que no queda un solo rasgo del cuerpo. Pueden ser pintura de un solo color sobre el cuadro o apenas rasgos. .  

¿Qué sería un autorretrato? A veces es difícil cuando un género puede ser o significarse por medio de cualquier cosa, porque entonces quiere decir que no es nada. O por lo menos esa es la percepción que me da. Si bien no estamos en una época en que los límites de cada género o de cada obra artística no cuentan (por fortuna) con límites fuertes, a manera de armazón, de pronto confunde un poco el hecho de que cualquier cosa pueda representarte. De que escojas que cualquier cosa te represente

Lo que existe es siempre un trabajo creativo a partir del cual se toman las decisiones para que uno u otro sean los medios, la forma en que el autor se representara. No decisiones nacidas del capricho o de la ignorancia, sino de un trabajo fuerte en los conceptos de la representación, ahondando en sus límites. ¿Cuáles son los límites de la autorrepresentación? No tiene por qué haberlos y en este momento no se encuentran definidos. 

domingo, 24 de abril de 2016

Día nueve. Contra el bloqueo. 

Los mejores libros de autorretrato

Mi tema son los autos.

Pero no los Chevy, Volkswagen, Ferrari, entre otras muchas marcas.

El autorretrato, la autobiografía, los sistemas autorreferenciales.

Mi tesis de licenciatura es acerca del sistema autobiográfico de Sergio Pitol, cuatro libros autobiográficos.

Escribo ahora un proyecto en torno a un tipo específico y un tanto insólito de autorretrato. Encuentro en él contenidos que me llevan demasiado lejos, un tema que al principio me pareció breve y sustancioso, pero que como todo tema que se respete tiene una exagerada bibliografía posible, aunque no trate ese tema en concreto. En fin.

En el camino me he encontrado con libros importantes en torno al autorretrato. Aquí enlisto los que me parecen o resultan más significativos.
“500 autorretratos”, de Julian Bell. Recopilación casi total del género en la pintura occidental. Exhaustiva. Abarca desde los egipcios antes de Cristo hasta autores nacidos en los sesenta (sólo algunos). Muy útil por esa fuerza de selección. Su debilidad es que se trata únicamente de una recopilación gráfica, sin análisis de lo que presenta. Su reflexión, en todo caso, es la manera en que lo presenta, pero no aporta demasiadas luces a los que investigamos acerca del tema.
 “La mirada del retrato”, de Jean-Luc Nancy. Aquí podría haber un problema porque no habla específicamente del autorretrato. No obstante, queda claro que el autorretrato forma parte del retrato, así que le aplican muchos de los conceptos de Nancy. De hecho, el autor no encuentra diferencia entre unos y otros. Para él, el autorretrato no requiere un análisis distinto. Un cambiante sujeto filosófico se manifiesta en el retrato. Si es así, tal vez nunca como en las obras de este naciente siglo y del pasado se puede advertir cambios en diversos ámbitos, en la forma de imaginarnos a nosotros mismos, en el modo como nos relacionamos con nuestros cuerpos y en cómo nos relacionamos con las imágenes, con las propias y las de los otros. De qué manera intervienen ellas en nuestra vida.
“Cien autorretratos mexicanos”. En noviembre de 2012 asistí a una exposición en el Centro Nacional de las Artes. De manera un tanto azarosa, porque iba yo a otras actividades. Me sorprendió encontrarme con ella en la entrada de la Biblioteca, porque en ese tiempo el tema del autorretrato me rodeaba, ya había decidido que por allí me iría para la escritura de mi tesis, pero todavía no lo concretaba.

Creo que las obras de arte es difícil mirarlas realmente, en todo lo que significan, en una fotografía. Por ello observarlas en cercanía me abrió un espacio amplio de reflexión. En especial, hubo obras que me llamaron, me obsesionaron y todavía giro en torno a ellas, a su tema, aunque no son las que me he puesto a analizar en mi proyecto.


Mi enfoque de análisis no es por autores, sino por estrategias, formas de autorrepresentarse. Autor por autor no funcionaría para análisis como éste. Además de que ya se encuentra un tanto pasado de moda. En eso estoy. 

sábado, 23 de abril de 2016

Día ocho. Palabras contra el blqueo. 

Cosas que no sé y que tal vez a nadie le importan

¿Por qué se separaron Los Beatles?

¿Por qué beetles (escarabajos) con “ea”?
¿Con quién pactaron los Rolling Stones para continuar cantando, si ya tienen edad como para tararear en un asilo?

¿Cuántas novias, cuántas botellas, cuánto dinero tuvo José Alfredo Jiménez como para sentirse el rey?

¿Paul Mc Cartney murió y todos los que lo sabían lo ocultaron?

¿Por qué la gente busca mensajes secretos en las canciones de los Beatles? ¿A quién o por qué alguien como ellos se la pasaría escondiendo lo que querrían decir? ¿Eran tan intricados y secretos como para hacer algo así? Está bien ser complicaditos, pero no te enredes en torno a ti mismo. Si los Beatles escondían mensajes en sus canciones, ¿quiere decir que eran oaxaqueños y se enredaban metafísicamente en torno a sí mismos; qué creían tener profundos y alucinados pensamientos? La experiencia me dice que tener una intención secreta y tratar de que alguien la encuentre es un acto demencial y que quita mucho tiempo. ¿Dejaron de dar conciertos para tener tiempo de ocultar mensajes?

Teoría del complot: todos los Beatles murieron en el avión que iba a la India. Los de la disquera lo ocultaron y buscaron seres que fueran idénticos a ellos, tocaran igual, contaran chistes parecidos y fueran amigos. Les falló porque estos se odiaban así que no duraron demasiado tiempo juntos.
Teoría anticomplot: si los Beatles hubieran muerto y se hubiera hecho público, sus discos se hubieran vendido muchísimo más durante varios años. La muerte de una celebridad se convierte en un excelente negocio.

Por otra parte, el arte lleva secretos dentro de sí, las imágenes ocultan algo, existen seres que no aparecen en la foto. Las palabras se niegan a primera vista. Las canciones de los Beatles resultan misteriosas por sí mismas, más allá de la necesidad oscura de contar mensajes que tal vez a estas alturas de la vida a nadie le importarían.

Lo que muestra la dudosa y falsa historia en torno a la muerte de un Beatle. En el fondo, ¿qué significaría que un integrante de los Beatles hubiera muerto y que quienes lo manejaban decidieran buscar uno idéntico para que el grupo siguiera adelante? Que era un negocio sumamente rentable. El miedo a perderlo, a no seguir ganando libras y libras y tener que volver a Liverpool a cantar en barecitos. Otro significado: que todos eran sustituibles, ninguno imprescindible, lo cual niega la importancia de buscar a alguien que lo sustituyera. Que detrás de esos muchachos había una fila de cuates más o menos iguales, capaces de sustituir a músicos talentosos y seguir como si nada, con apenas uno que otro ligero brinco y la culpable necesidad de dejar mensajes oscuros en las
canciones e imágenes derivadas de los Beatles.

Paradoja: Lo que tiene de verdad esa falsa teoría es que la realidad es construible, no es tan real (Lennon también lo diría). Ladrillo a ladrillo lo que nos rodea ha sido construido por otros y nos parece normal. En el fondo, eso es lo que se adivina. Día con día, quienes detentan el poder construyen lo que deberemos ser mañana y no nos damos cuenta de ello, apenas quedan un poco a la vista mensajes secretos de toda esa oscuridad.

Pues será lo que quieran, verdad o mentira o un juego de los medios o una estupidez, pero mi hijo no se sabe nada de esto ni los nombres de cada uno de ellos, pero le encanta la música de estos chavos de Liverpool. Eso es lo que importa.

viernes, 22 de abril de 2016

Reto.
Día siete.
Cosas que sé y que a nadie le importan.
Que Paulina Rubio es géminis.
Que los caballitos de mar son andróginos.
Que Rebis era el andrógino en la Edad media. Un ser esférico que contenía los dos sexos, dos rostros, dos cuerpos en uno solo. Cierta armonía en el amontonamiento. División y separación.
Que Paul Mac Cartney es géminis.
Que nadie te pide que escribas, es un acto solitario. El teatro es diferente. Siempre avanzas en comunidad, en grupo. El acompañamiento está garantizado. He estado en el centro de una producción de ópera en Bellas Artes y quien la dirige mueve un mundo.
Que la soledad no es mala ni terrorífica, siempre y cuando la escojas y vayas de ella al acompañamiento.
Que a la muerte no es necesario llamarla ni invocarla: ella llega sola.
Que Dante Alighieri era géminis.
Que la androginia se concibe en estos tiempos como un solo cuerpo que concentra los dos sexos. En algún momento se perdió el doble cuerpo para darle lugar a uno en que la identidad resulta ambigua.
Que a John F. Kennedy lo mató una bala, dos balas, tres balas, la mafia, los cubanos, Fidel Castro, Pancho Villa, el vicepresidente Johnson, la CIA, o sea, sé que no sé.
Que Ramón López Velarde era géminis.
Que la androginia y géminis tienen una relación. Signos dobles.
Que una vez me preguntaron por la diferencia entre piscis y géminis, los dos signos duales. Inventé que géminis es doble pero se concentra en algo, mientras que piscis son dos peces, dos cuerpos que van en sentido contrario, siempre opuestos. Y no lo saben. Piscis resuelve las confusiones y ambigüedades no tomando decisiones.
Que me gustan los perros tanto que no tendría uno encerrado en un departamentito.
Que los gatos no me disgustan.
Que los elefantes me fascinan.
Que un niño sin perro no es un niño completo.
Que en las ciudades criamos niños incompletos.
Que el Marqués de Sade era géminis.
Que en las características de los signos siempre se menciona que géminis tiene atribuciones literarias. Como todo lo de los signos a veces pareciera que esta idea es totalmente cierta, pero si lo analizas estadísticamente resulta que puede ser que haya más en este signo, pero no es exclusivo de él. Imagínate: naciste géminis, luego entonces eres escritor. Sería fácil aunque determinista al extremo.
Que el mundo gira alrededor del sol y que a eso se reduce mi conocimiento astronómico.
Que todo lo que rodea al poder es oscuro, confuso y lleno de sangre. Y que nunca sabremos nada que tenga que ver con sus actos. Siempre desconoceremos lo que hace y cómo lo hace.
Que el primer ser vivo que salió al espacio exterior fue la perrita Laika. Era soviética. Dio vueltas alrededor del planeta Tierra. En su última comida le administraron un veneno.
Que mi amigo José María Arreola es géminis. Un cuate realmente divertido y creativo. No conozco a nadie más que tenga tan en extremo esas características.
Que en ambientes donde he estado las estadísticas mostraban que había más personas del signo géminis que de otros signos. Al parecer efectivamente confluyen en actividades que tienen que ver con la comunicación.
Que mis hijos son géminis.
Por cierto, soy géminis.
Que las estadísticas muestran que en este texto de quinientas palabras "géminis" aparece doscientas veces.

jueves, 21 de abril de 2016

Reto.
Día seis.

Si me atrajeran los coches, preferiría un Maserati. Pero no por razones de prestigio social o porque sea un auto que corra a gran velocidad, sino porque me gusta el sonido de la palabra. Mi desconocimiento es total; a la fecha el único carro que alcanzo a diferenciar es el Sedan de Volkswagen, el famoso Vocho. Y considerando que se encuentran en extinción, ya no podré reconocer ninguno en unos años. No me es posible enumerar más de dos modelos (y uno es el Jetta). Medio me acuerdo de las marcas. Entiendo más de la Teoría de la Relatividad y el Big Bang que de un motor. Si abro la cajuela, un universo enigmático y confuso me salta encima.

Para mí, los coches son una masa amorfa que me corretea en las calles, manejados la mayoría por seres que se transforman en bestias (y le aúllan a la luna de los espejos traseros), que no ven más allá de su volante y que desprecian a esos pobres diablos que caminan sobre sus propios pies. Algo le ocurre a quienes manejan, porque sus virtudes disminuyen y sus defectos se multiplican a la tercera potencia.

La mayoría de las personas que conozco saben de autos, citan ventajas y desventajas de unos u otros, cuántos litros por kilómetro, sus peligros (existen autos que parecieran diseñados para matarte en cuanto chocas) y sus maravillas. Hablo del tema como hablo de fútbol, porque si no me tendría que quedar callado y no podría socializar. Y voy aprendiendo un poco con esas charlas. ¿Han intentado no hablar de mecánica con un taxista? En algunas partes todavía es como un tema de virilidad, eres tan macho como conoces de autos, eres más hombre si tienes un auto poderoso. Por fortuna, muchas de mis amigas son auténticas enciclopedias automovilísticas. Se trata de temas que no me atraen, que no me llaman a la acción. Para la mayoría es natural, lo vas aprendiendo con pláticas de este tipo. Tema que no se estudia en las universidades, sino en la vida diaria.

Recuerdo con claridad la tragedia de los Hermanos Rodríguez, esos pilotos de Fórmula Uno que murieron uno tras otro en las pistas. Cierro los ojos y puedo ver sus fotografías con los ramos de flores y los trofeos, producto de tantas y tantas carreras ganadas en los años sesenta y setenta. Me gustan las historias de Senna y Fitipaldi. Pero me aburren las carreras de autos; ni siquiera se me ocurre cómo justifican ocupar un lugar en los periódicos de deportes.



Fascinación por la máquina. Adoración por ella. Una serie de ritos las acompañan. De un lado la foto publicitaria de un hermoso auto corriendo libre por las autopistas del mundo, seres sonrientes los conducen; por el otro, la fotografía plena de sangre en los periódicos de nota roja de alguien que se ha estrellado o de alguien que ha sido atropellado (así, de alguien sin nombre, un cuerpo destrozado). Los dos tipos de imágenes nos atraen, nos jalan a verlas, convertidos en los extremos de nuestro mundo. Avance y retroceso. Velocidad fulgurante para alcanzar el lugar a donde también se llega caminando despacio. Cada vez más grandes las calles, cada vez más configurado el mundo para correr a altas velocidad (no sé muy bien hacia dónde, no sé por qué tanta prisa, espero que algún día lleguemos).

miércoles, 20 de abril de 2016

Reto contra el bloqueo. Día cinco.

Lo que sigue posee algo de esos blogs en forma de diario personal, un desahogo, una confesión. Contarme a mí mismo. Es un breve recuento.

En junio de 2012 abandoné de manera temporal mi ciclo escolarizado de maestría en 17 Instituto de Estudios Críticos. En ese momento debí renunciar a continuar por falta de dinero. Si bien no resulta demasiado caro el postgrado en esa escuela, tampoco es tan sencillo reunir los recursos para seguir adelante, a pesar de que desde el tercer semestre me concedieron becas del 50 por ciento de la colegiatura. Dejar la maestría fue un momento duro.

Retomé en julio de 2015, tres años después. Mi proyecto había ganado porque se había redondeado.

Deseé volver, me angustiaba no concluir la maestría. Como tantas cosas que deseamos intensamente y cuando las tenemos no sabemos qué hacer con ellas: todo el semestre fue improductivo para mí.

Nunca he contado con tiempo suficiente para estudiar. Tal vez sólo cuando era niño, en la primaria y secundaria dispuse de este recurso que compone nuestras vidas. Me las he arreglado para siempre estudiar y leer a pesar de las circunstancias. Así concluí la carrera de letras hispánicas, así trabajé los cuatro semestres de la maestría. En medio del vértigo de un trabajo que se encuentra a medio camino entre una hacienda porfirista, con tienda de raya incluida) y el ambiente de la película “El demonio se viste de Prada” siempre encontré el modo de leer y escribir, avanzar, estimulado por el conocimiento, los grupos, las personas con las que compartí foros, clases, maestros. Pero esta vez no. Claro, es posible que ahora sí me hallara realmente ocupado, con todos los compromisos y demandas del trabajo, las juntas de tres horas, las llamadas telefónicas necesarias de atender.

Para mí era una situación inédita, porque siempre, a pesar de lo que fuera y contra lo que fuera, yo estudiaba, opinaba, escribía ensayos de catorce páginas. No digo que fuera fácil escribir (siempre es difícil) pero finalmente lograba avanzar. Estaba sintonizado con lo que hacía, con lo que mi cuerpo iba logrando. Mantuve buenos resultados durante años. Pero ese semestre de julio-noviembre de 2015 resultó fatal, no avancé demasiado, no al ritmo que estaba acostumbrado. Surgieron las disculpas: tal vez es normal, tal vez necesito pensar un poco más acerca del tema de mi ensayo, así que tomé la decisión de que cursaría otro semestre para llevármela más tranquila. No se trató de una situación fácil porque costó tiempo y dinero. Además, el ego sufre, uno quiere concluir, uno quiere la maestría, el título. Postergar nunca es fácil y a mi edad uno comienza a preguntarse cuánto tiempo queda para contar con fuerza para seguir adelante. La palabra clave era conclusión.

Pues el siguiente semestre resultó peor. Me tomé unas vacaciones de quince días en febrero. Avancé un poco. Y luego nada. Mi proyecto se definió mucho porque se fue depurando, se fue haciendo más y más concreto. A pesar de ello no ha avanzado demasiado. Pasan los días con lentitud en cuanto al trabajo y con exagerada rapidez con respecto a la programación de lo deseado, en este caso la maestría.

El semestre concluye en mayo. Es veinte de abril. De nuevo podría no terminar. Algo tendré que hacer para enfrentar la situación. Tomar decisiones. Una opción es de nuevo interrumpir este proceso.
Observo una nueva característica en mí: no le doy tanta importancia: si se puede qué bueno y si no ni modo. En años anteriores no dormía lo suficiente con tal de leer y escribir. Mi teclado sonaba suave a las tres de la mañana. Ahora no lo hago. No cuento con el poder de esa obsesión. Exacto: ahora es como si ya no me obsesionara. Un punto positivo: no te obsesionas y siempre nos han enseñado que el comportamiento obsesivo es malo. Un punto negativo: no escribes en torno a tu proyecto.
No recuerdo el nombre de la película de Cristina Ricci en este momento, pero al final su personaje dice que antes escribía como si se fuera a morir, y ahora sólo escribe. En este momento no tengo ni una ni otra actitud.



Mi actividad de escritura de proyecto final o tesis de maestría queda fuera de la preocupación y de la acción. ¿Cómo seguir? He allí un punto en el cual estoy en búsqueda. El seguir adelante con este reto es parte de mi necesidad por hallar una solución.

martes, 19 de abril de 2016

Reto contra el bloqueo. Día cuatro.

El polvo lo invade todo. Nos ha precedido, estará allí cuando muramos, nos convertiremos en él. ¿Es un principio, un fin, un en medio? En él late el misterio, en su naturaleza mínima que se manifiesta una y otra vez en el mundo. Entre nosotros y la visión total del universo se encuentra el polvo como mediador, para negarnos la mirada directa, los colores ardiendo en nuestros ojos. Convierte al mundo en una distorsión de colores, en una negación de la luz, en un filtro de opacidad entre nosotros y el resto de las cosas.

Más allá de la metafísica, el polvo, las  motas, sus derivados, están en cada casa, la invaden. Ruina de la limpieza, eje de un eterno retornar para limpiar y limpiar de nuevo, porque lo único que siempre vuelve es este compuesto indefinible. Centro de complicadas tecnologías y de productos que buscan aniquilarlo, repelerlo, volverlo lejano. La modernidad es la ausencia de polvo. Civilización comienza con un trapo que limpia el remanente de las cosas, la caspa de los objetos.

Una mota de polvo no es el polvo, igual que un ser humano no es humanidad. Pero esta cosa mínima, casi sin peso, que incluso puede flotar en el aire disfrazado de mota de polvo, ritma nuestras vidas, les da costumbres y horarios. Qué fe la de la persona que limpia su casa, pues finge ignorar que detrás de esta efímera sustancia, hay un universo, un infinito que volverá una y otra vez; imposible mantenerlo a raya. Imposible dejarlo atrás. Tal vez incluso en las naves espaciales, en el viaje interestelar, se hallará presente nuestra majestad el polvo, a quien rendimos homenaje todos los días con una caravana de escobas, detergentes, repelentes.

Lo que no pesa nos enloquece, puesto que algo de fantasma tiene. Que frágil y de qué forma suave, acolchada, y a la vez, de qué manera nos genera asco, futilidad, sensación de abandono total, aunque hayamos librado gran batalla con él apenas la semana pasada y ahora ha vuelto con todas sus armas relucientes, para impregnarlo todo, para no dejar nada sin esa leve capa, casi magnética, entre la pesadez y la liviandad. Escapa de los objetos con qué limpiamos para irse a posar de manera más invisible en otros lugares. Invade nuestros pulmones, tragedia de los alérgicos. ¿Ínfimos animales lo habitan? El ácaro, la chinche de lo pequeño. El mejor hábitat para los gérmenes, microbios, virus.


Quizá el polvo viene de nosotros, de nuestra constante desintegración, de la forma en que vamos dejando caer nuestro ser por todos lados, en constante regeneración, pero también en constante caída, en un infinito volver a ser y volver a desintegrarse. Algo que no vemos cae de nosotros y hemos de limpiar una y otra vez esa forma del ataúd anticipado, esa manera de recordar hacia dónde vamos, de qué manera nos precipitamos hacia ello con suma rapidez, en un vértigo que un día soñamos detener, o pensamos que jamás pasará. Así pues, el polvo vendría a ser prueba de que todavía estamos en acción dentro de este mundo, de que nos movemos en él y no yacemos inmóviles en un solo lugar. Limpiarlo de nuestras posesiones da a luz múltiples posibilidades, abre caminos. Un mensaje de que la eterna blancura todavía no ha llegado. 

lunes, 18 de abril de 2016

Contra el bloqueo. Reto. Día tres.

1)      ¿Qué vemos en una fotografía? Tal vez cambia nuestra manera de mirar a partir de la escasez o abundancia de este tipo de imágenes.

2)      Cuando era niño, las fotos eran sumamente escasas. La mayoría de las personas no tenía una cámara fotográfica, no la poseía. Quien dominaba la cámara y el revelado podía vivir de ello. Un conocimiento y un equipo que le redituaban ganancias. Un especialista a quien recurrían quienes no contaban con el saber ni con el equipo.

3)      Había un tipo de fotógrafo que ponía su cámara al servicio de la memoria familiar o de la pareja amorosa. Estaban en los parques con sus escenografías kitsch. O en los lugares donde concurría la gente. La imagen era un recuerdo. Así se le llamaba. Esos eran los letreros que se les colocaban. Recuerdos. Estaban en La Villa, en Chapultepec. En los lugares donde concurrían las masas de paseantes. Los paseos establecidos por la tradición y las costumbres o por el calendario cívico. 5 de mayo, 5 de febrero.

4)      También había fotógrafos, a veces, en las fiestas o en las ceremonias. Los llamabas para que fueran a los cumpleaños, bodas, bautizos. A la graduación o al fin del año escolar. Y tomaban muchas fotografías que luego buscaban afanosamente vender. Todos serios posando hacia el fotógrafo.

5)      Ese oficio del fotógrafo de la ocasión que habría que recordar todavía existe, pero ya no tienen la importancia que tenían en los años antiguos. Escasez. Podías tomarte una foto o una serie de fotografías en un año. Y de ese año no contar con ningún otro recuerdo.

6)      Un paso a la abundancia se dio con las cámaras portátiles. La fotografía se convirtió en un acto democrático. La memoria se auxilió con ese juego de rostros en la imagen. Porque ese era el asunto o tema, rostros, grupos, el baile. Pocas fotografías en que no hubiera un rostro humano.

7)      Al fin ya no eran tan caras ni para pocas personas. No era necesario tampoco el conocimiento, el saber revelar las imágenes en sus cartoncitos. Se llevaban a revelar. Un servicio que muchas veces se daba en las farmacias. Cámaras, rollos, revelado, todo al alcance. Aumenta el número de las imágenes, aunque no se toman fotografías a diestra y siniestra. Pocos gastarían un rollo en tomar fotografías y fotografías de sí mismo.

8)      Escasez. De mi infancia debe haber cuando mucho, y exagerando cien fotografías. De mi año en que fui al kínder existía solo la fotografía en que estaba con todo el grupo. (por cierto, la foto se perdió).

9)      Las fotografías eran únicas. Por lo regular sólo había una. Perderla era perder ese trozo de memoria, ese acto único en que posabas hacia la historia familiar. No podían recuperarse o era muy difícil.

10)   No podían cambiarse. Eran fijas y de una sola forma. Imposible el fotoshop. El retoque daba un aspecto un tanto falsificado, un tanto mortecino.


11)   Escasez. Fotos cuya pérdida lamentamos. Apropiación de las fotografías y de la memoria por unos cuantos. Quien tiene la foto tiene la memoria. Y, a la vez, la memoria resulta más amplia, menos estandarizada por una serie de imágenes. Más particular. 
Un mundo no cabe en ese cuadro, mi mundo.

domingo, 17 de abril de 2016

El prestigio del silencio. El desprestigio de quien escribe demasiado (otra forma de silencio).
En México se dan los dos extremos: el escritor de obra mínima, por ejemplo Juan Rulfo; y el escritor incontenible, mares y ríos y lagunas de letras y más letras, sobre temas de lectura y escritura, digamos Alfonso Reyes cuyas obras completas abarcan una zona enorme de mi librero (y no las tengo completas).
Rulfo y la genialidad extrema. Le crearon el estereotipo de que le dio forma a una forma de ser mexicana. El hecho es que impactó tanto que él respondió con el silencio, lo cual tal vez le dio una mayor fama.
¿Quién lee o ha leído completo a Alfonso Reyes? Por eso creo que es otra forma de silencio. La forma del no decir de Rulfo resulta más leída y buscada.
En esa tensión se mueve el que escribe, en esa cuerda extrema, de un lado a otro, la gran obra o la obra magra impregnada de silencios.
Dejar de escribir. Escribir solo para uno mismo. Huir de la fama y del éxito, del canon y el cóctel. O de la hidra de los medios. Tocar en un granero para llamar a los muertos como el personaje de “Todas las mañanas del mundo”.
Escribir a torrentes, a toneladas: libros, ensayos, poemas, obras de teatro, y tratar de no poner en ellos nada personal. Que lo personal se esconda detrás de las máscaras de teatro griegas, como lo hizo Reyes. O mostrarse en actos exhibicionistas, en fáciles identificaciones de nuestros conflictos.
El hecho es que el silencio tiene su prestigio, es buscado. Los que no dicen también tienen su público. Un disco de Cage, y no Nicola sino John, quien compuso una obra en que el músico no toca ni una nota: 4’ 33’’ Y es que olvidamos por lo regular que en la música interviene el silencio. Las partituras cuentan con intensos momentos de silencio. Es que no se oye nada en esta alberca de sombra, creo que dice Villaurrutia, o algo semejante.
El silencio no es lo peor que puede ocurrir. Hay que saber callar. El punto es que ni siquiera la música de Cage era solo silencio. Que Rulfo no escribió dos libros pésimos y luego se calló. Que Rimbaud no se dio cuenta de que era un pésimo rimador y mejor se fue al desierto de Abisinia. Todos ellos crearon grandes obras con ruido y silencio, con notas armónicas y disonantes. Después pudieron callar unos momentos o para siempre. Experimentar la delicia de que no se escuchara demasiado.

En mi adolescencia me fascinó el desierto blanco de Rimbaud. Diecisiete años. Una obra genial. Y después la huida hacia el silencio extremo. Y sí, todo lo que decimos cuando callamos, cuando decimos no me pasa nada; todo lo que callamos cuando decimos que todo va bien. Callar y decir he allí lo deseable. Lo que angustia es la falta de signos, de significado. Más que el silencio, lo que preocupa es el sinsentido del no decir. Privilegiar la mancha por encima de la imagen, adorar al vacío como a un dios, en lugar del signo.

sábado, 16 de abril de 2016

Acabo de entrar a un reto para escribir quinientas palabras diarias.
Dura 31 días.
confieso que escribir últimamente se me ha vuelto difícil
ja, ojalá mirara la pantalla en blanco
ojalá me quedara frente a la computadora y me retirara dos horas después con la frustración de no haber escrito nada. Porque no es así. Ni siquiera me duele. Ja. Como en la novela de La obediencia nocturna, en que el personaje dice “Me da igual”. Estado peor que la frustración, el dolor o la angustia, algo cercano a la resignación. Y que conste que la resignación no es una resignificación.
ni siquiera me coloco en esa situación de decir "no se me ocurre nada"
confieso que estoy en el terrible y por todos tan temido bloqueo
y no es la primera vez
he luchado contra esto muchas veces
Años y años de mi vida
Novelas laten en mí
Pasiones que se congelaron
Estatuas sin terminar
Y la belleza no está en lo no concluido, sino en lo que puede leerse por fin emergiendo de lo que no existía
y creo que la mayor parte de las ocasiones he perdido la lucha contra el bloqueo
proyecto final de maestría
ocupado todo el día
juntas
llamadas telefónicas
contestar correos
atender a mi hijo
platicar más o menos bien con mi hija
caminar por las calles
beber vino gato negro
y al final del día, de la semana, del mes, resulta que no he escrito nada de mi proyecto final, de mis ideas en torno a los autorretratos sin rostro
ni yo mismo entiendo por qué
y así se va la vida
mi tutor tal vez sea un tanto indiferente, pero supongo que los tutores no hacen más que esperar a que lleguen de manera fluida los capítulos de los proyectos finales uno tras otro para derramar su luz sobre ellos y mostrar a sus tutoreados el camino de la verdad y la luz
ballena blanca cayendo en el entorno de la vida y de la muerte
Freud psicoanalizado por Moby Dick
Otro nombre para lo que no soy
en fin
aquí sigo
aquí estoy
frágil y fuerte
siempre al mismo tiempo
Me pregunto si Borges
Me pregunto si Sor Juana
Supongo que Juan Rulfo sí.
Fuentes escribía pasara lo que pasara aunque fuera malo lo que hacía
¿Escribo mal o no sé porque no escribo?
Sé mucho acerca de lo que no quiero
Sé mucho acerca de lo que no me interesa
Pero eso no parece ayudarme a definir un camino propio, un sendero para mi escritura
a tropezones
¿Es que acaso caerías en medio de esta palabra mal dicha, apenas pronunciada y ya cayendo?
Toda palabra es un abismo
Toda palabra oculta lo que no sabes.
Quinientas palabras es algo lejano
Me pierdo de nuevo.
He venido a decirles no puedo escribir, me cuesta trabajo, se me dificulta últimamente. Y no es una dificultad desconocida.
En medio de la sombra, avanzo en el desierto
Sólo tengo esta palabra, la de mi nombre
Que me sea dado conservarla