jueves, 12 de mayo de 2016

Tal vez ya no debiera comprar libros

Hace no mucho tiempo uno de mis proveedores de libros (así le llamo a los que venden libros en la calle, que colocan los ejemplares en un plástico sobre el suelo) me preguntó:

—¿Y usted qué hace con los libros que me compra?

Le compraba varios, tal vez demasiados, porque los daba a precios muy bajos así que sospechaba que yo los revendía.

Mi respuesta me salió del alma:
—Yo los guardo.  

Cuando era feliz e indocumentado, tenía mucho más tiempo para leer. No estudiaba de manera formal, trabajaba mucho pero mi empleo tampoco era formal. En la madrugada, sin ruido, sin personas preguntándote qué haces o reclamándote porque no haces nada, me ponía a leer libro tras libro. Una de mis hazañas de lector fue leer “Los miserables”, de Víctor Hugo. Era un libro de 972 páginas, a doble columna, poco amigable para el lector su formato. Difícil de leer hasta para mí. Experiencia imborrable cuando el cura alcanza a Jean Valjean y le dice: “Compro tu alma para el bien”. O algo así. Ninguna película ha alcanzado las dimensiones épicas de ese momento. Algo tienen esas novelas del siglo XIX que te atraviesan por completo. Hace pocos años leí “Guerra y paz”, de León Tolstoi, y tuve una sensación igual de una manera de narrar en que caben mundos.

Ahora gano mucho más dinero que entonces, lo cual me ha servido para comprar libros y más libros, pero ahora ya no tengo tiempo para leer. Y sigo comprando, ahora en demasía.

Algo debe estar ocurriendo porque los libros nunca han sido tan baratos (desde mi experiencia) como ahora. Montones de libros a diez pesos en puestos en la calle. Y no malos títulos. Quizá grandes lectores han muerto y sus parientes venden sus libros a peso o por kilo. Y mis proveedores también se han incrementado. Me conocen. Me ofrecen. Me hacen descuentos especiales.

Libros nuevos a tres por cien pesos. De editoriales como Tusquets y Paidós. Títulos que en la librería cuestan doscientos pesos los he comprado en esos puestos callejeros a treinta y tres pesos con treinta y tres centavos. Varias novelas de Henning Mankell.

Compro libros que siempre había deseado a precios de risa. La enciclopedia autodidacta Quillet, cuatro tomos empastados, miles de páginas, en doscientos pesos, a cincuenta cada tomo; el Diccionario de Literatura de Editorial Aguilar, también en doscientos pesos.

Vivo sorpresas tales como haber adquirido el teatro completo de Max Aub en doscientos pesos y encontrar que en ofertas de internet lo venden a un precio de entre tres mil y cinco mil pesos, por lo difícil de conseguir en estos tiempos.

Pero si alguien me pregunta si los he leído, tendré que decirle (igual que a mi proveedor):

—Bueno, yo los guardo.

Dado que me sé de memoria varios fragmentos de poemas y obras de teatro, a veces pienso que tal vez como algunos de los personajes de “Farenheit 451” mi papel sea preservarlos. Alguien los leerá en tiempos mejores

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