Yo también hablo del Valium
En agosto de 1977 yo tenía 16 años. Ese mes murió Elvis
Presley, el rey del rock. Recuerdo con claridad que me impresionó leer en los
periódicos que consumía más de setenta pastillas al día. Una para dormir, otra
para despertar, una para tener deseo, otra para no tenerlo, y así hasta
completar decenas de ellas.. Medicinas controladas en franco descontrol.
Alrededor del mundo del espectáculo y de otros mundos se acomodan personas que
venden de todo. Algunos son médicos.
En diciembre de 2014, yo estaba consumiendo un promedio de
más de 30 pastillas al día. Es lo más cercano que he estado del rey del rock.
Tuve una bronquitis crónica que no se me quitaba con nada. La tos me
debilitaba, me dolían los pulmones. Tosía largos segundos, no sé, tal vez
minutos. Fue un diciembre lluvioso y extremadamente frío. Creo que me curé
hasta febrero.
Estaba tomando un curso en línea acerca del cuerpo y la
escritura. Mi trabajo final fue un performance acerca de mis innumerables
recetas. De color azul en ese tiempo. Les tomé fotos junto con las cajas vacías
y llenas que me rodeaban. Siempre he tomado demasiadas medicinas, pero en ese
tiempo llegué —espero— a mi límite. Antibióticos, medicina para que el pulmón
no se llenara de líquido, para la tos, para el exceso de mucosidad. Spray,
jarabes, pastillas. Demasiado. También vitaminas. Comencé a tomar algo así como
venfalaxina (estoy inventando porque no tengo el nombre a la mano, pero es algo
así). Es un antidepresivo. Funciona inhibiendo la absorción de la dopamina por
el cuerpo. De esa manera, las células cerebrales tienen mayor cantidad de
dopamina. La dopamina es una sustancia que produce de manera natural el cuerpo.
Se liga a los mecanismos de aprendizaje, a la satisfacción, al placer. Alegría
igual a dopamina.
Todas mis enfermedades vienen del estrés. Una tensión con la
que he desgastado mis dientes, mis articulaciones, mis neuronas. Y me deprimo,
el estrés es una forma de la depresión. El hacer demasiadas cosas también puede
ser un síntoma del estrés. He conocido personas que se tiran al piso, que
duermen tres días seguidos, que no tienen ánimo ni de comer, que todo lo ven
negro. Esa es la depre como todos nos la imaginamos. Pero yo funciono distinto:
me levanto temprano, hago ejercicio, trabajo con buen rendimiento, cuento
chistes, como a mis horas, veo televisión. Pero nada de ello quiere decir que
no esté deprimido, que no vea la vida como una enorme montaña cada día y que no
esté claro de que pueda subirla ese día. Y que de repente no tenga que darme
cuenta de que he dejado de hacer ejercicio, estoy sumamente irritable, me como
todo lo que encuentro en mi casa y en la calle, no leo ni escribo. Así que tomé
esa sustancia durante dos años. La dejé sin complicaciones. La verdad es que no
alcanzo a ver ninguna diferencia en mi actitud. Probablemente el no verla sea
parte de los beneficios.
Y claro, las preguntas metafísicas: ¿Eso es todo? ¿Somos
como un motor al que hay que echarle aceite y uno que otro aditivo de vez en
cuando para que funcione mejor, a velocidad moderada? ¿Funcionamos como un
coctel químico, un poco de esta sustancia y un poco de aquélla para que la
mezcla trabaje un poco mejor? ¿No somos más complejos que eso?
Buscamos el soma, la sustancia maravillosa del mundo feliz
de Aldoux Huxley. Droga que provoca el olvido, pero que no tiene ninguno de los
efectos colaterales del resto de los opiáceos.
Y, como en la leyenda sufí, el soma somos nosotros mismos.
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