lunes, 9 de mayo de 2016

Yo también hablo del Valium

En agosto de 1977 yo tenía 16 años. Ese mes murió Elvis Presley, el rey del rock. Recuerdo con claridad que me impresionó leer en los periódicos que consumía más de setenta pastillas al día. Una para dormir, otra para despertar, una para tener deseo, otra para no tenerlo, y así hasta completar decenas de ellas.. Medicinas controladas en franco descontrol. Alrededor del mundo del espectáculo y de otros mundos se acomodan personas que venden de todo. Algunos son médicos.
En diciembre de 2014, yo estaba consumiendo un promedio de más de 30 pastillas al día. Es lo más cercano que he estado del rey del rock. Tuve una bronquitis crónica que no se me quitaba con nada. La tos me debilitaba, me dolían los pulmones. Tosía largos segundos, no sé, tal vez minutos. Fue un diciembre lluvioso y extremadamente frío. Creo que me curé hasta febrero.

Estaba tomando un curso en línea acerca del cuerpo y la escritura. Mi trabajo final fue un performance acerca de mis innumerables recetas. De color azul en ese tiempo. Les tomé fotos junto con las cajas vacías y llenas que me rodeaban. Siempre he tomado demasiadas medicinas, pero en ese tiempo llegué —espero— a mi límite. Antibióticos, medicina para que el pulmón no se llenara de líquido, para la tos, para el exceso de mucosidad. Spray, jarabes, pastillas. Demasiado. También vitaminas. Comencé a tomar algo así como venfalaxina (estoy inventando porque no tengo el nombre a la mano, pero es algo así). Es un antidepresivo. Funciona inhibiendo la absorción de la dopamina por el cuerpo. De esa manera, las células cerebrales tienen mayor cantidad de dopamina. La dopamina es una sustancia que produce de manera natural el cuerpo. Se liga a los mecanismos de aprendizaje, a la satisfacción, al placer. Alegría igual a dopamina.

Todas mis enfermedades vienen del estrés. Una tensión con la que he desgastado mis dientes, mis articulaciones, mis neuronas. Y me deprimo, el estrés es una forma de la depresión. El hacer demasiadas cosas también puede ser un síntoma del estrés. He conocido personas que se tiran al piso, que duermen tres días seguidos, que no tienen ánimo ni de comer, que todo lo ven negro. Esa es la depre como todos nos la imaginamos. Pero yo funciono distinto: me levanto temprano, hago ejercicio, trabajo con buen rendimiento, cuento chistes, como a mis horas, veo televisión. Pero nada de ello quiere decir que no esté deprimido, que no vea la vida como una enorme montaña cada día y que no esté claro de que pueda subirla ese día. Y que de repente no tenga que darme cuenta de que he dejado de hacer ejercicio, estoy sumamente irritable, me como todo lo que encuentro en mi casa y en la calle, no leo ni escribo. Así que tomé esa sustancia durante dos años. La dejé sin complicaciones. La verdad es que no alcanzo a ver ninguna diferencia en mi actitud. Probablemente el no verla sea parte de los beneficios. 

Y claro, las preguntas metafísicas: ¿Eso es todo? ¿Somos como un motor al que hay que echarle aceite y uno que otro aditivo de vez en cuando para que funcione mejor, a velocidad moderada? ¿Funcionamos como un coctel químico, un poco de esta sustancia y un poco de aquélla para que la mezcla trabaje un poco mejor? ¿No somos más complejos que eso?

Buscamos el soma, la sustancia maravillosa del mundo feliz de Aldoux Huxley. Droga que provoca el olvido, pero que no tiene ninguno de los efectos colaterales del resto de los opiáceos.


Y, como en la leyenda sufí, el soma somos nosotros mismos. 

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