viernes, 6 de mayo de 2016

Escribir es difícil, el bloqueo es duro

Cuentan las leyendas que la novia de Francisco González Bocanegra lo tuvo que encerrar para que el noble bardo se pusiera a escribir esa oda guerrera llamada Himno Nacional Mexicano. No lo dejo salir hasta que no concluyera el himno. Había un concurso en México para que nuestro país tuviera Himno Nacional y estaba a punto de cerrar. Es decir, para que el poeta escribiera la oda patriótica hubo que obligarlo, forzarlo, encerrarlo. Crear no resulta un momento de pasión y empuje. La alegría parece desterrada de esta anécdota, aunque suene graciosa.

Algo similar se cuenta de Chesterton. Su esposa recurría a artimañas para encerrarlo en su estudio y obligarlo a que escribiera los artículos periodísticos que ya le exigían los editores.

A Juan José Arreola no lo encerraron, pero sus editores tuvieron que recurrir a estrategias un tanto parecidas a la novia de Bocanegra y la esposa de Chesterton: colocarlo en un punto en que ya no pudiera hacer otra cosa que crear la obra comprometida. “Bestiario” es un libro dictado. Según cuentan, Arreola no podía sentarse a escribir. No lograba hacerlo. Incluso ya se había gastado el dinero que le dieron de adelanto. Los plazos de los editores estaban más que vencidos. Debió acostarse en un diván y comenzar a dictar ese libro único en la historia de nuestra literatura. No fue tan difícil porque ya estaba escrito en su cabeza. Ah, por cierto, quien le tomo el dictado fue ni más ni menos que José Emilio Pacheco, orgulloso amanuense de un escritor único.

Así que llevo tres escritores cuyas obras extraordinarias se hubieran perdido si no hubiera existido alguien que los obligara a sentarse y escribir o dictarle a otra persona. Se debieron aplicar estrategias como la manita de puerco y el encierro para obligar a aterrizar la creatividad en un texto.

El otro elemento es la presión de los concursos, las fechas de cierre, la presión de los editores. 
Ninguno de ellos puede esperar a que el escritor se decida a escribir, se tome su tiempo para digerir ideas mientras camina por las calles y desperdicia sus mejores palabras con las personas que se cruza día con día. Hemos de torcerle la mano y decirle gentilmente que tome asiento y cumpla con su sagrada obligación. Existen reglas, normas, marcos jurídicos que se deben cumplir. No es posible esperarlo diez años a que concluya su tesis de maestría. En todas las escuelas se dan plazos para concluir las tesis. Si después de cierto tiempo no acabaste, estás fuera, adiós título.
En estas historias la escritura creativa aparece como algo que evitamos, le damos la vuelta, no nos interesa tanto como la vida cotidiana y el contacto con los otros, como era el caso de esos colosales contadores de historias verbales, Arreola y Chesterton. Quién querría sentarse a escribir cuando la vida está allá afuera, plena de colores y ruidos.

Ninguno de los personajes aparece sentado frente a la hoja en blanco sin atreverse a tomar la pluma, sin una idea que les llegue a su cabeza. Al contrario, las ideas bullen, puede que ya estén listas para que el creador las plasme. Pero hay algo que les impide sentarse, aislarse, dedicar un rato de sus vidas a desarrollar lo que les bulle por todo el cuerpo y no alcanzan a poner en blanco y negro.
A falta de una novia o esposa fuertes e inconmovibles, o de un grupo de amigos que ponga a tu disposición un amanuense dispuesto a tomar nota de todo lo que digas, es posible que también exista el recurso de que uno mismo se encierre y no se deje salir hasta que concluya lo que tiene comprometido. Deberá ser un yo mismo fuerte e implacable. Hoy convoco a esa parte. El plazo se acaba. 

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