jueves, 26 de mayo de 2016


No pare de sufrir

Contra la necedad del pastor (y no el que vende tacos) que nos incita a dejar de sufrir en mensajes televisivos, antepongo el hundirse en el dolor hasta que ya no se vea salida. Échele sal y limón agrio a la herida (y si puede, un buen tequila). Hay momentos en la vida de los hombres y de las mujeres en que no queda más que ponerse a llorar a moco tendido. Como dijo Sabines (cito de memoria): y me puse a llorar como se ponen las mujeres a parir. Y si usted cree que los hombres no lloran, deje la ingenuidad y asómese a una cantina a cierta hora avanzada de la noche y ya verá cómo se le cae el mito. Como diría mi abuelita: “se les sale el tequila por los ojos”.

Basta de controlarse y pensar en el qué dirán. Para un mejor sufrir, aquí propongo un viaje musical por el dolor. Porque nada más delicioso que hundirse en notas musicales y voces que se hermanan con nuestra pena negra. Yo tengo la estrategia de escuchar canciones y sentir cómo uno se va hundiendo con claridad en las fronteras de la soledad y la muerte (ay, dolor, ya me volviste a dar). Por supuesto, cada quien tendrá su propia versión.

Ya desde el canto de las sirenas, en la música existe la perdición o el consuelo al sufrimiento arrojándose al mar para morir ahogado. Mi viaje musical no pasa por mis maestros emocionales: Pedro Infante, Javier Solís, Jorge Negrete, ni siquiera por el de Huentitán, mi Chente (y el de ustedes también). Yo me clavo en un catálogo de canciones que no sé por qué pero me duelen y me ayudan a hundirme en el mar, al amparo de las sirenas que buscan ahogarte envuelto en bellas voces. Poco en inglés, porque hay que cantar lo mejor entonado posible y en ese idioma no me sale la voz.

Aquí abro un paréntesis para recordar una noche de farra en que el grupo con el que iba tuvo su momento epifánico cuando en la rockola escuchamos consecutivamente “De qué manera te olvido” y después “Don’t Let Me Down” de los fabulosos cuatro. Esos sí que es fusión.
Cuando me comienzo a detectar tristón, comienzo con una indispensable “Porque te vas” cantada con acento rarísimo por Jeanette. Allí los quiero ver en la madrugada, escuchando esa advertencia de un seguro desastre amoroso mientras el reloj avanza inexorable. Después de eso de plano hay que irse a los ámbitos de arrabal y escuchar al Buki. “Si no te hubieras ido”, me parece la canción más primitiva y elemental para hablar del frío no del cuerpo sino de la promesa de que no habrá otro cuerpo a tu lado. La versión en que canta en Viña del Mar, en 2005, me parece la mejor. Seguiría un lugar para Juan Gabriel, pero cantado por la señorona Isabel Pantoja: “Así fue”. Una buena canción de Nina Simone puede ponernos a tono, para también practicar el inglés. To Love Somebody puede ser una buena elección. Y si quieren seguir en inglés, pueden seguirse con “Wish You Were Here”, de Pink Floyd. “Ojalá pudieras contarme del cielo y del infierno”.

Aquí marco mi preferencia por una canción de Bosé: “Si tú no vuelves”, pero a mí me gusta más la versión de Amaral y Chetes. No sé por qué pero la prefiero a cualquier otra.

Una de canto cardenche puede hundirnos en los paisajes ancestrales de nuestros abuelos: “Yo ya me voy a morir en los desiertos”. Nada me consuela porque la pérdida viene más allá de ti, más lejos que tu alma.

En este punto podríamos estar a punto de cometer la estupidez de saltar por la ventana o buscar un objeto que no produzca demasiado dolor para cortarnos las venas, así que lo recomendable, considerando que ya tocamos fondo, es buscar una salida. Ideal es una canción del (no se rían, así se llaman) Dúo Dinámico: “Resistiré”. Como la mayoría de las veces, prefiero la versión no original. Me fascina cuando al final de la película “Átame” de Almódovar (experto en canciones de sufrimiento interminable) la canta Antonio Banderas junto con la actriz que interpreta el papel de la hermana de Victoria Abril. Luego podemos seguir con algo de Charlie Parker, continuar con Pop Goes The World de Men Without Hats. Y si quieren reponerse del todo y hundirse en la fresez absoluta, pueden cantar “Corazón contento”, de Palito Ortega. Llorar, llorar, pero para vivir. Ya lo dijo el poeta Joaquín Sabina: “Siempre que por ti me suicido me entran ganas de vivir”.

Concluyo con una anécdota reveladora. Una vez, no sé cómo, caí en la celebración de un aniversario en Alcohólicos Anónimos. Carencia de medios: la comida eran frijoles (muy buenos) cocidos con una resistencia en una cubeta, las servilletas eran las hojas de un directorio telefónico, etcétera. Uno de quienes rindió testimonio contó todos los avatares de los bebedores kamikaze. Agonía infinita. Un narrador nato, con sentido del humor. Pero lo que quiero contar es que al final, luego de narrar cómo bebió y bebió, dijo biblícamente: “Tenía sed, sed de Dios”. No puedo explicar cómo, pero en ese momento me llegó la revelación, me di cuenta de que padezco de ese mal: tengo sed de algo infinito y ni siquiera sé si existe. Allí está el centro de mis acciones. Es posible que no sólo las mías. Y de allí viene la infelicidad. No tiene que ver con una persona que te abandona, ella es sólo un mensajero, viene de más allá, de algo lejano y distante, que no se puede llenar con nada. Y esa nada es demasiado radical, incomprensible. Por lo menos hay que saberlo y no pedirle a un humano que cumpla con una tarea imposible.

No detengas el dolor, déjalo que te atraviese por en medio. Algo quedará que te ayudará a vivir.

lunes, 16 de mayo de 2016

Tiempo de resumen
Ayer cumplí 30 días de haber asumido el reto de escribir quinientas palabras diarias, todos los días, uno tras otro, contra viento y marea durante ese periodo de tiempo. Me comprometí a ello en dos lugares públicos: mi página de Facebook y un blog que ya tenía y en el que nunca escribía. Frente a la computadora, con ese reto en mente no había posibilidad de hablar de inspiración, clima, tema, si seré o no el apropiado, si mi tutor se reirá o dirá que esto es una porquería, pero qué van a decir los que me lean, pensará que soy ridículo en mis palabras, entre otras quinientas frases que desgastan cualquier autoestima escritural.
Así que sólo y únicamente podía escribir. Sin salidas, sin correcciones, prácticamente sin revisar el texto antes de publicarlo. Cometo errores garrafales en los nombres, no tengo tiempo de buscar el nombre apropiado de tal o cual autor, todo es de memoria. Luego los leo y me avergüenzo de las repeticiones de palabras y de la falta de acentos que se me dan al por mayor. En fin, todo eso que me impide escribir pasó a segundo término. Lo único importante era mover los dedos sobre el teclado. El tema era lo de menos. Lo que saliera en esos momentos. A veces pensaba la noche anterior: “Escribiré sobre esto”. Y comenzaba a pensar acerca de ello. Me daba cierta tranquilidad comenzar mi día sabiendo de antemano cuál era el tema. Pero muchos otros días no tenía ni la menor idea, movía los dedos, y el tema se iba aclarando sobre la marcha.
Creo que la lección fue esa: mueve los dedos, mantén el ritmo, no te distraigas en miles de posibles críticas o comentarios. Exponte. Sal al mundo con lo que tengas por escritura. Así lo conseguí.
La otra lección es que uno avanza en la medida en que no se distrae. En los últimos años he adquirido conciencia de padezco dispersión mental, creo que si tuviera ocho años me podrían diagnosticar Trastorno de Deficiencia de Atención. Es eso o pretendo hacer demasiadas cosas a la vez. Fan de la multitarea. Leo, oigo música, escribo, atiendo a quienes me rodean,me acuerdo de los cubitos de tamarindo que comía de niño.... Cambio de libro a cada rato porque no puedo leer un libro únicamente. Una ansiedad por leer más allá de mis posibilidades de vida. Como remedio a estas situaciones, descubrí que escribir es también una forma de prestar atención. Concentrarme en un punto únicamente. Seguir una línea. Y que la multitarea es la mejor manera de que el final de cada día esté acompañado de la sensación de no haber hecho nada realmente o dejar lo trascendente para otro día.
Lo que he escrito en estos treinta días me ha ayudado a tomar conciencia de muchos de estos elementos. Estrategias tan sencillas y monótonas como no tener nada que no vaya a utilizar en el escritorio me han ayudado. Espero seguir adelante. Mi proyecto también ha avanzado. Y más vale porque debe estar a más tardar este mes de mayo.
Y claro, en estos treinta días ha sido fundamental que me acompañes. Agradezco tu lectura, tus ojos que pasan por aquí, aprecio en lo que vale tu mirada. Créeme que te la devuelvo día con día. Nos seguimos leyendo.

domingo, 15 de mayo de 2016

Quince minutos

Una técnica que me ha gustado mucho para mis actividades es la de segmentarlas en periodos de quince minutos. Es decir, escribo durante quince minutos, luego me dedico a otras labores durante quince minutos, y después retorno otros quince minutos a escribir.

Funciona porque como que te quedas picado con una y con otra actividad. Quieres seguir con lo que estabas haciendo. Vuelves con ganas. Contrario a lo que uno pensaría, no es dedicarse horas y horas a la misma actividad lo que da resultado, sino una acción constante pero alternada. Porque la vida sigue y no nada más te puedes dedicar a una actividad, como escribir, todo lo demás demanda atención también.

Por lo regular uno escribe rodeado de personas, en mi caso tengo un hijo que se sienta a mi lado y lee lo que escribo en voz alta mientras las palabras caen dificultosamente una a una, me hace preguntas acerca de lo que significa una frase, cómo logro escribir con todos los dedos, etcétera. Trato de responder sus preguntas y de escribir al mismo tiempo. A veces parezco equilibrista. Pero caigo en una sola: le digo que en este momento no puedo atenderlo o dejo de escribir y me pongo a escucharlo. Por eso sirve la técnica de los quince minutos si se sigue con rigor. Ves otros temas quince minutos y luego pides un tiempo de quince minutos para seguir con tu escritura. Todos lo entienden y quedamos contentos con esos espacios que se pueden enfocar a una y a otra cosa. De lo contrario se genera frustración, la casa está tirada, el pasto pide agua, las plantas se secan. Elegir una u otra tarea no es tan sencillo porque hemos de hacer todo.  

Medir quince minutos no es tan difícil porque por lo regular contamos con un temporizador en el celular. Se programa y avisa con su alarma que el tiempo ha concluido. Lo apagas y lo vuelves a iniciar otros quince minutos. Después de un rato, te das cuenta de que avanzas inexorablemente en lo que haces. A veces mejor que cuando te dedicas a una sola.

Creo que enfocarse en una u otra tarea de manera única da la sensación de no estar haciendo algo, de que estás actuando de manera incompleta. De cierto desorden. Así que hemos de hacer un poco de todo cada día y al paso del tiempo se verá un avance constante.

El otro punto de apoyo es priorizar lo que harás, porque cualquier actividad se ramifica de formas complejas y se puede volver infinita. Elegir, definir que es lo urgente y lo importante, a dónde se va con las acciones, hasta qué punto nos acercan a las grandes metas. Contar con objetivos claros y precisos.

En mi caso la dispersión es lo que priva, la tengo que combatir día con día. Internet produce que vayas a todos lados sin leer en realidad nada del todo bien. Yo lo apago durante momentos específicos. Leo fuera de línea. Escribo a mano..

En fin, si algo no sobra es tiempo, así que necesitamos ingeniárnosla para ir consiguiendo resultados y observar que vamos cambiando algo en nuestra forma de ser y de actuar. 

sábado, 14 de mayo de 2016

Vivir hace daño

Hasta el agua en exceso hace daño, dijeron en alguna ocasión los voceros de la Coca Cola cuando culparon a su producto de haber provocado la muerte de una mujer. Supongo que el agua en exceso sí hace daño, sobre todo si caes en una alberca y no sabes nadar. Les faltó mencionar la ley romana de “Nada con exceso, favor de no beber más de cuatro litros diarios de nuestro producto”. 

A veces no me explico cómo nos mantenemos con vida, porque todo hace daño. Las sustancias con que todo se produce masivamente, lo que viene en los letreritos de los alimentos que compramos en el súper o en el Oxxo (ya llevo dos marcas comerciales mencionadas, espero que paguen algo por nombrarlas).- Vivir hace daño. Los mares están enfermos, la tierra sobre explotada. En fin, parezco un vocero del apocalipsis, pero algo de cierto hay en toda esta paranoia de la fácil destrucción.

Un ejemplo reciente: me convencí de que la carne roja hace daño. Deliciosos tacos de carnitas destruyen la posibilidad de una vida futura sana. ¿Saben que la cría de ganado es una de las industrias más contaminantes del mundo, porque el excremento de los animales emite metano, el cual envenena el aire? En fin, hay que buscar una opción o nos quedamos sin salud y sin mundo.

El salmón, con sus aceites omega no sé qué y con su ausencia de colesterol resulta excelente opción. No es un taco de barbacoa con guacamole, pero sabe bien. Pues resulta que leo en una nota reciente que el salmón es cultivado en granjas enormes. Y claro, los pobres peces se la pasan angustiados y neuróticos. Además de que los mantienen en espacios tan estrechos que se la pasan enfermándose, infectados por virus. La solución es darles antibióticos. O sea, ni cómo salvarse de las sustancias extrañas y dañinas. No tenemos la menor idea de lo que comemos. El que come salmón con frecuencia se llena sin saber de venenos, aunque por fortuna sin colesterol.

Ah, y es una industria que contamina. Los deshechos del salmón pudren el fondo del mar, provocan la muerte de otros peces, etcétera, etcétera. Y ese es uno de los miles de ejemplos que podemos estudiar. Va otro: ahora resulta que el cultivo de la soya, según me dicen, también resulta altamente contaminante. Espero que el pasto no tenga estas características porque de seguir así tendremos que comer únicamente eso. Ahora recuerdo que sí contamina, porque hay enormes campos en que se elimina cualquier otra especie para que ésta crezca a gusto. ¿Lo ven?, no hay salida.


Lo que pasa es que contaminamos todo lo que tocamos. Esa es nuestra esencia, desde que los seres humanos comenzaron a actuar como un animal más o menos pensante se rompió el delicado equilibrio de la naturaleza. En “Matrix”, Smith dice que la humanidad es un virus. Visión pesimista de nuestro mundo, pero también certera. Ni modo que no se regresara contra nosotros. No es que todo sea malo en sí, sino que nosotros nos hacemos daño con todo lo que tenemos a la mano. 

viernes, 13 de mayo de 2016

Escribir, escribir, que rico escribir

En la redacción de mi proyecto final, llego hoy al momento que más me gusta de la escritura. Y no ocurre por lo regular frente a la computadora o con lápiz y libreta en la mano. Sucede que hay días en que caminas y piensas en lo que estás escribiendo, estructuras de otra manera, te llegan ideas que no olvidarás cuando te sientes a tu escritorio.

El estado mental que menciono no me convierte en una especie de zombie que camina babeando por las calles mientras piensa lo que redactará cuando llegue al lugar donde escribe. Tampoco es que haga como que el mundo me importa (fingimiento), mientras me concentro en lo trascendente (sí, ajá). Vives junto con… Una tarea junto con la otra, no de manera excluyente, o haces una o haces otra. Dos canciones tocando al mismo tiempo, complementándose.

Así camino hoy por las calles. Consciente, observo la gente, los puestos de comida, me cercioro de que el semáforo esté en verde, me detengo a desayunar. Y mientras, al mismo tiempo, pienso en mi proyecto, lo acomodo mejor y más rápido que en la computadora. Tengo ideas. Rondo mi propia escritura, la siento y la palpo. Sin la angustia de que tal vez la estoy dilapidando, de que quizá cuando llegue a mi mesa ya no me acuerde de nada de lo que venía pensado. Porque se trata de un proceso, no de una colección de eventos o impulsos. No se escribe con impulsos. Es necesario introducirse en un proceso. Que todo sea parte, incluido el disgusto ante los automovilistas que se pasan los semáforos. Todo sirve. Ronronea en tu mente lo que quieres escribir.

Henry Miller cuenta que una vez lo avasalló la historia de una novela mientras viajaba en el Metro de New York. Se angustió porque no tenía manera de regresar a su casa y escribir esa portentosa historia que veía escena por escena. Optó por sólo verla, por dejar que transcurriera en su mente y nunca regresara. Coleridge soñó un poema acerca del palacio de Kublai Khan. Se despertó y comenzó a escribirlo. En ese momento, alguien lo visitó. Cuando la visita se fue, ya no recordaba el poema. Por eso tampoco hay que dejarlo para después. Lo que vienes pensando ha de encontrar lugar en cierto momento del mismo día, no se puede quedar para un tiempo posterior, en pausa, porque entonces sí que se pasará al olvido o ya no tendrá la misma atmósfera mágica que poseyó cuando la imaginaste.

Alternar, pero no dejar es la mejor solución. Un rato escribes y otro rato actúas en otro ámbito de tu vida. Porque la mente no descansa en pensar en todas las actividades que hemos de realizar. Porque no puedes escribir todo el día. Bueno, yo no puedo. Lo he intentado en varias ocasiones y no es posible. Cansa. Harta. Tienes que dejar de lado y seguir después. Combinar con otras tareas de la talacha: revisar, buscar la cita correcta, leer los otros textos.

Y el tema vuelve a ti de esta manera, habitando tus pensamientos. Desenrrollándose. Nunca se ha ido. Permanece

jueves, 12 de mayo de 2016

Tal vez ya no debiera comprar libros

Hace no mucho tiempo uno de mis proveedores de libros (así le llamo a los que venden libros en la calle, que colocan los ejemplares en un plástico sobre el suelo) me preguntó:

—¿Y usted qué hace con los libros que me compra?

Le compraba varios, tal vez demasiados, porque los daba a precios muy bajos así que sospechaba que yo los revendía.

Mi respuesta me salió del alma:
—Yo los guardo.  

Cuando era feliz e indocumentado, tenía mucho más tiempo para leer. No estudiaba de manera formal, trabajaba mucho pero mi empleo tampoco era formal. En la madrugada, sin ruido, sin personas preguntándote qué haces o reclamándote porque no haces nada, me ponía a leer libro tras libro. Una de mis hazañas de lector fue leer “Los miserables”, de Víctor Hugo. Era un libro de 972 páginas, a doble columna, poco amigable para el lector su formato. Difícil de leer hasta para mí. Experiencia imborrable cuando el cura alcanza a Jean Valjean y le dice: “Compro tu alma para el bien”. O algo así. Ninguna película ha alcanzado las dimensiones épicas de ese momento. Algo tienen esas novelas del siglo XIX que te atraviesan por completo. Hace pocos años leí “Guerra y paz”, de León Tolstoi, y tuve una sensación igual de una manera de narrar en que caben mundos.

Ahora gano mucho más dinero que entonces, lo cual me ha servido para comprar libros y más libros, pero ahora ya no tengo tiempo para leer. Y sigo comprando, ahora en demasía.

Algo debe estar ocurriendo porque los libros nunca han sido tan baratos (desde mi experiencia) como ahora. Montones de libros a diez pesos en puestos en la calle. Y no malos títulos. Quizá grandes lectores han muerto y sus parientes venden sus libros a peso o por kilo. Y mis proveedores también se han incrementado. Me conocen. Me ofrecen. Me hacen descuentos especiales.

Libros nuevos a tres por cien pesos. De editoriales como Tusquets y Paidós. Títulos que en la librería cuestan doscientos pesos los he comprado en esos puestos callejeros a treinta y tres pesos con treinta y tres centavos. Varias novelas de Henning Mankell.

Compro libros que siempre había deseado a precios de risa. La enciclopedia autodidacta Quillet, cuatro tomos empastados, miles de páginas, en doscientos pesos, a cincuenta cada tomo; el Diccionario de Literatura de Editorial Aguilar, también en doscientos pesos.

Vivo sorpresas tales como haber adquirido el teatro completo de Max Aub en doscientos pesos y encontrar que en ofertas de internet lo venden a un precio de entre tres mil y cinco mil pesos, por lo difícil de conseguir en estos tiempos.

Pero si alguien me pregunta si los he leído, tendré que decirle (igual que a mi proveedor):

—Bueno, yo los guardo.

Dado que me sé de memoria varios fragmentos de poemas y obras de teatro, a veces pienso que tal vez como algunos de los personajes de “Farenheit 451” mi papel sea preservarlos. Alguien los leerá en tiempos mejores

miércoles, 11 de mayo de 2016

1961

La intervención de la literatura, del libro impreso en mi vida es avasallante. Quizá no he llegado a los extremos de Borges de pensar que vivimos para que el libro pueda ser escrito, pero he rondado esas ideas. ¿De qué renglón que alguien escribe son parte mis pasos por el mundo?

Un arranque un tanto egomaniaco me lleva a revisar las novelas que aparecieron en las librerías el año en que nací. ¿Podríamos inventar una forma de adivinación del pasado, presente y futuro a través de este dato, en apariencia trivial? Después de todo, son manifestaciones del ambiente que nos rodea. Algo se gestó en el aire para que nos rodearan.

Ese año se publicó “La casa de las bellas durmientes”, del escritor japonés Yasunari Kawabata (siempre le cambio el orden a las sílabas de su apellido). Un libro de un erotismo sutil y delicado al extremo. El poder y belleza de la juventud durmiente mientras los ancianos desean y miran, agotados y nostálgicos de los poderes que ya se han ido. Escritura que ahonda en los mecanismos del deseo no consumado. El argumento de este relato breve lo echó a perder por completo García Márquez con un libro cuyo solo título me da flojera.

Leí esa novela hace relativamente poco, no más de cinco años. Ahora me doy cuenta de que es de ese año, principio de los sesenta, en que abrí los ojos en un mundo mucho más inocente del que habito ahora.

Por estos días hago un movimiento, un trasiego, de mis libros, y aprovecho para revisarlos. De manera azarosa me encuentro con “El astillero”, de Juan Carlos Onetti y también publicada en 1961. Me propongo releerla para celebrar mi cercano cumpleaños. Recuerdo con claridad que no me gustó cuando la leí por primera vez hace más de treinta años. Me rechaza como lector, aunque no me gustan las fábulas rosas, ese mundo de decadencia extrema, en que todo parece gastado, roto. Historia de un conjunto de seres frustrados, luchando por realizar proyectos que desde el principio están condenados al fracaso. En fin, no he leído a Onetti, aunque admiro su figura de escritor poderoso. En cambio, un poco con los mismos elementos, el cuento “Un sueño realizado” me pareció extraordinario. Habrá que releer la novela, ahora con sus hojas amarillentas.

En general, me son insoportables las novelas en que los personajes sufren al extremo, mucho más que un personaje de telenovela normal. Seres en que se asoma la condena existencial desde el nacimiento. Relatos en que los sucesos siempre se muestran crispados y crispantes. Atmósferas de paseo por los infiernos en que no hay ni siquiera el pensamiento de que en algún lado se podría vivir durante un segundo de otra manera. Y eso que me considero pesimista. Todo lo anterior lo digo por Ernesto Sábato. En 1961, también se publicó “Sobre héroes y tumbas”, que, dado que pertenezco a ese tipo de lectores, leí de principio a fin, a pesar de que me disgustó línea por línea. Ese mundo de ciegos, familias en decadencia que producen seres enfermos, viajes por túneles, infierno, pesadumbre, angustia constante, la verdad me produce flojera y no muchas ganas de seguir leyendo al autor, a pesar de que en mi juventud que leí con mucho placer una novela de Sábato igual de pesimista: “El túnel”. Me sabía de memoria el principio y varias frases plenas de derrota y ansiedad. En fin, no todos los libros son para todo mundo. No niego que sea un extraordinario escritor. Simplemente, sus libros no son para mí. Tanto así que regalé mi ejemplar de este libro ciego.


Sí, pasear por las lecturas es pasear por uno mismo, y darse cuenta de que los paisajes internos han ido cambiando. 

martes, 10 de mayo de 2016

La representación de un asesinato

En 1997, por pura casualidad y sin para nada buscarlo, caí en Parral, Chihuahua. Iba de viaje de trabajo. Fuimos de un lado a otro. Y de pronto ya estaba yo en ese lugar, donde mataron a Pancho Villa. Personaje mítico como pocos.  

Primero fuimos a la casa-museo, lo que fue la casa del general, lugar que puede visitarse. Recuerdo que me invadió una sensación de abandono, de algo perdido y que nunca podría restaurarse. En una consola, el mueble en que se escuchaba música antes, estaba puesto un disco estrellado de un lado a otro. Me pareció un buen símbolo del deterioro general que observé en ese lugar.

Me quedé solo en Parral. Mis compañeros de Sedesol vivían cerca, así que se fueron a sus casas. Yo pasé la noche allí.

Lo que más me sorprendió fue pasar por los lugares que pueden llamarse la ruta de la muerte, la señalización del asesinato. Los lugares por donde pasó Pancho Villa el día de su muerte están marcados. En una casa hay un letrero que indica que de allí salió el día de su muerte. En la calle se pueden observar las señales que indican por donde fue avanzando el auto, todo el camino que siguió el coche está marcado minuciosamente. El lugar donde estaba parado el hombre que hizo la señal de que venía ya por el camino y que él venía a bordo del auto. La casa donde estaban los hombres armados que le dispararon. El árbol con el que chocó el auto luego de que le dispararon a quienes iban en él. Y allí, en el piso, la máscara funeraria de Pancho Villa, para señalar el lugar donde cayó muerto. Tenía cuarenta y cinco años.

Debe haber sido un impacto enorme para los habitantes de la zona. Según me contaron, lo velaron en el cine de la ciudad y fueron miles de personas a velarlo. Un dios había muerto, un dios de la guerra, soñado como invencible.

Según me contaron, eso no lo vi, cada 20 de julio se escenifica la ruta de su asesinato. Un auto sale de la casa, sigue el último camino, un hombre hace una señal (al parecer saca un pañuelo blanco), le disparan, el general cae. Extraño ritual, si es que realmente sucede así o sigue ocurriendo. Si es que no se ha perdido como tantas cosas en nuestro país. Costumbre fúnebre, que tal vez impediría avanzar, pero que también serviría para evitar la desmemoria.

Oyes, tú, Francisco Villa, qué dice tu corazón. Ya no te acuerdas, valiente, que atacaste a Torreón, dice todavía el cantor. El jaguar estaba dormido. Ya no tenía ese instinto que le alertaba de los peligros, de la muerte siempre acechante. Dicen que lo mataron porque siempre podría levantarse en armas de nuevo contra el supremo gobierno.

En Parral  lo enterraron, allí profanaron su tumba y le robaron la cabeza. Un ser notable, pero finalmente uno más de los cientos de miles que se tragó la Revolución. Un millón de muertos en un país que contaba quince millones de habitantes. Signo de los tiempos, violento de un extremo a otro de su vida, murió de manera semejante a cómo había dado muerte a mucha gente.


Imagino que cada 20 de julio, en medio de la neblina, repite la ruta de su muerte, sigue el camino en su auto, mira al hombre que hace señas con un pañuelo blanco, blancura hacia la que se dirige. 

lunes, 9 de mayo de 2016

Yo también hablo del Valium

En agosto de 1977 yo tenía 16 años. Ese mes murió Elvis Presley, el rey del rock. Recuerdo con claridad que me impresionó leer en los periódicos que consumía más de setenta pastillas al día. Una para dormir, otra para despertar, una para tener deseo, otra para no tenerlo, y así hasta completar decenas de ellas.. Medicinas controladas en franco descontrol. Alrededor del mundo del espectáculo y de otros mundos se acomodan personas que venden de todo. Algunos son médicos.
En diciembre de 2014, yo estaba consumiendo un promedio de más de 30 pastillas al día. Es lo más cercano que he estado del rey del rock. Tuve una bronquitis crónica que no se me quitaba con nada. La tos me debilitaba, me dolían los pulmones. Tosía largos segundos, no sé, tal vez minutos. Fue un diciembre lluvioso y extremadamente frío. Creo que me curé hasta febrero.

Estaba tomando un curso en línea acerca del cuerpo y la escritura. Mi trabajo final fue un performance acerca de mis innumerables recetas. De color azul en ese tiempo. Les tomé fotos junto con las cajas vacías y llenas que me rodeaban. Siempre he tomado demasiadas medicinas, pero en ese tiempo llegué —espero— a mi límite. Antibióticos, medicina para que el pulmón no se llenara de líquido, para la tos, para el exceso de mucosidad. Spray, jarabes, pastillas. Demasiado. También vitaminas. Comencé a tomar algo así como venfalaxina (estoy inventando porque no tengo el nombre a la mano, pero es algo así). Es un antidepresivo. Funciona inhibiendo la absorción de la dopamina por el cuerpo. De esa manera, las células cerebrales tienen mayor cantidad de dopamina. La dopamina es una sustancia que produce de manera natural el cuerpo. Se liga a los mecanismos de aprendizaje, a la satisfacción, al placer. Alegría igual a dopamina.

Todas mis enfermedades vienen del estrés. Una tensión con la que he desgastado mis dientes, mis articulaciones, mis neuronas. Y me deprimo, el estrés es una forma de la depresión. El hacer demasiadas cosas también puede ser un síntoma del estrés. He conocido personas que se tiran al piso, que duermen tres días seguidos, que no tienen ánimo ni de comer, que todo lo ven negro. Esa es la depre como todos nos la imaginamos. Pero yo funciono distinto: me levanto temprano, hago ejercicio, trabajo con buen rendimiento, cuento chistes, como a mis horas, veo televisión. Pero nada de ello quiere decir que no esté deprimido, que no vea la vida como una enorme montaña cada día y que no esté claro de que pueda subirla ese día. Y que de repente no tenga que darme cuenta de que he dejado de hacer ejercicio, estoy sumamente irritable, me como todo lo que encuentro en mi casa y en la calle, no leo ni escribo. Así que tomé esa sustancia durante dos años. La dejé sin complicaciones. La verdad es que no alcanzo a ver ninguna diferencia en mi actitud. Probablemente el no verla sea parte de los beneficios. 

Y claro, las preguntas metafísicas: ¿Eso es todo? ¿Somos como un motor al que hay que echarle aceite y uno que otro aditivo de vez en cuando para que funcione mejor, a velocidad moderada? ¿Funcionamos como un coctel químico, un poco de esta sustancia y un poco de aquélla para que la mezcla trabaje un poco mejor? ¿No somos más complejos que eso?

Buscamos el soma, la sustancia maravillosa del mundo feliz de Aldoux Huxley. Droga que provoca el olvido, pero que no tiene ninguno de los efectos colaterales del resto de los opiáceos.


Y, como en la leyenda sufí, el soma somos nosotros mismos. 

domingo, 8 de mayo de 2016

Novela gráfica

Novela gráfica constituye una clasificación difícil en cuanto a extensión y en cuanto a enfoque hacia adultos más que a niños. No es nueva forma de contar, se practica desde hace muchos años el contar una historia por medio de dibujos de personajes con el globo en que van sus diálogos. La diferencia podría ser que no se le colocaba esa etiqueta en la portada o que sus propios autores no la conceptualizaban de esa manera. O que siempre se le consideró como arte de baja ralea y se le despreció como “lo que leen los pobres”.

Nosotros les llamábamos “cuentos”, “muñequitos”. Por cierto, mi madre decía: “Voy a leer mi novela”. Así le llamaba a esa forma visual de contar una historia. Para nosotros eran literatura: cuentos, novelas.

Conozco ejemplos en México de intenciones más serias en el campo de la historieta. De adolescente leí sin tregua revistas como Los agachados y Los supermachos, revistas en que un incansable autor (Rius) difundía ideas, criticaba al sistema, daba lecciones digeribles en varios campos e incluso divulgaba temas culturales. Para mí, La familia Burrón constituye una saga infinita en que los modos del habla popular quedaron plasmados en las aventuras fantásticas de Doña Borola y su chaparro marido Don Regino.

Vale la pena recordar el emocionado homenaje que le rinde Sergio Pitol a Borola Burrón en uno de sus libros más leídos: “El arte dela fuga”. Claro, Doña Borola es uno de los personajes más fantasiosos y divertidos de un México en que no importaran las diferencias entre historieta, cine y literatura “seria”.

También tendría que mencionar la novela por entregas que nos hacían llegar revistas como “Lágrimas y risas”. O “El libro semanal”, que presentaba una historia larga, la cual devorábamos en mi casa cada semana. O el Memín, que contaba una historia durante años. Al final, cuando terminaban la primaria, los amigos protagonistas se encontraban a un hombre que les contaba su propia historia desde el comienzo, lo cual podía durar todos los años de publicación ya transcurridos; una y otra vez. Toda la historia era un flashback eterno, una espiral que avanza y llega siempre al mismo punto de partida.

Esta lectura popular comenzó con revistas que yo ya no conocí, como “Pepín” y “Chamaco”.Medio recuerdo que esas publicaciones alcanzaron un éxito descomunal, el cual sorprendió a sus editores. Durante mucho tiempo en México se leyó masivamente este tipo de publicaciones. Mi madre aprendió a leer en esas revistas, porque no fue a la escuela. Claro, era un mundo con pocos aparatos de televisión y sin Internet. Supongo que la venta de publicaciones de este tipo va de bajada; atrás quedaron imperios como el de la editorial Ejea.

Después de su publicación semanal, varias de estas historietas se publicaron en formato de libro. Recuerdo “Rarotonga” y “Kalimán”. Hubo una que no me acuerdo de su nombre, la cual su autor (Guillermo de la Parra, ni más ni menos que el esposo de Yolanda Vargas Dulché) transfirió a novela sin muñequitos, pura letra, y la publicó así en la editorial de la que era dueño junto con su esposa: la Editorial Vid (alusión al apellido de la Parra).


En los años ochenta y noventa, sobre todo en Estados Unidos, se publicaron varias obras que rompieron con los esquemas narrativos y de resolución de la imagen en este género. A pesar de los múltiples ejemplos que menciono líneas arriba, crearon una nueva forma de contar. A eso le llamamos novela gráfica. Continuidad y ruptura, he allí a lo que siempre aspira un arte para mantenerse vivo. 

sábado, 7 de mayo de 2016

Avanzar como si no importara nada.

Un pequeño drama interno, espadas y herencias: triunfar allí. El reino eres tú mismo.

Descreer de los hados del infortunio y del dolor que te arranca el puro hecho de vivir. Aferrarte al gozo, a la luz que desprenden los cuerpos.

No fundes una religión con tus desastres ni con tu desorden. No generes mitos en torno a tu dificultad.

Hecho de caídas, es más fácil dominar el arte de levantarse una y otra vez.

Escucha las voces: “todo es inútil, a quién le puede interesar, pero si esta idea es absurda, qué ridícula historia para un cuento. Los otros dirán que historia tan tonta la de alguien a quien se le desvanecen los rostros, que ve huecos de caras en lugar de rasgos faciales. ¿Crees que alguien te leerá? Tantos han escrito y mejor que tú. Mejor lee a Shakespeare y a Sor Juana. ¿Puedes mejorar una línea de quienes te han precedido?”. Ser el crítico implacable de uno mismo, de cada línea, cada letra, a cada momento.

Escucha las voces, dales su lugar, y luego sigue escribiendo como si dijeran nada, como si hablaran desde el vacío. Las dictan el miedo, el enojo, la rabia.

Cada línea, cada párrafo es un pequeño triunfo sobre esas voces.

Escribir sin esperanza y sin desesperación. Sólo escribir.

Un día descubres que has hecho más de lo que tú mismo esperabas. Que podrías dedicarte a ordenar y tal vez ya tengas un avance más importante del que considerabas.

Necesitas escribir un proyecto final de cincuenta páginas. Tienes más de cien, pero qué sirve y qué no. Esa es la tarea. ¿Qué significa servir?: ¿en qué parte estoy yo, cuál es mi escritura real y no los polos magnéticos de la falsa imitación, de la falsedad académica?

Y también determinar qué falta. Tanto o más que lo ya escrito.

Concéntrate en un solo tema. El resto será después. Comienzas con demasiado y lo vas depurando. Es una ley clara y natural. Llegar a ese punto sólo se logra escribiendo.

Puedes mirar una y otra vez tu librero y sentir que algo falta, un libro, un tema, en algún lado existe el libro que te apoyará en lo que quieres decir. Buscas en las librerías de libros nuevos y de libros viejos, en los catálogos de las bibliotecas, en los puestos que venden libros mugrosos en la calle. Todavía no lo has encontrado.

O tal vez necesites una silla más cómoda, un escritorio más amplio, una computadora con pantalla semicircular de 30 pulgadas, un teclado distinto, un súper estéreo para escuchar música a todo volumen mientras escribes.  

Y no es así, lo único que necesitas es escribir. Darte cuenta de que seguirías escribiendo a mano, en papel, en libretas viejas, en papeles que encontrarías en la basura, en los muros de las calles, en lo que encuentres. Lo guardarías en tu memoria si no tuvieras donde plasmarlo.


Y lo que falta en tu librero es tu propio libro, el que te debes a ti mismo. 

viernes, 6 de mayo de 2016

Escribir es difícil, el bloqueo es duro

Cuentan las leyendas que la novia de Francisco González Bocanegra lo tuvo que encerrar para que el noble bardo se pusiera a escribir esa oda guerrera llamada Himno Nacional Mexicano. No lo dejo salir hasta que no concluyera el himno. Había un concurso en México para que nuestro país tuviera Himno Nacional y estaba a punto de cerrar. Es decir, para que el poeta escribiera la oda patriótica hubo que obligarlo, forzarlo, encerrarlo. Crear no resulta un momento de pasión y empuje. La alegría parece desterrada de esta anécdota, aunque suene graciosa.

Algo similar se cuenta de Chesterton. Su esposa recurría a artimañas para encerrarlo en su estudio y obligarlo a que escribiera los artículos periodísticos que ya le exigían los editores.

A Juan José Arreola no lo encerraron, pero sus editores tuvieron que recurrir a estrategias un tanto parecidas a la novia de Bocanegra y la esposa de Chesterton: colocarlo en un punto en que ya no pudiera hacer otra cosa que crear la obra comprometida. “Bestiario” es un libro dictado. Según cuentan, Arreola no podía sentarse a escribir. No lograba hacerlo. Incluso ya se había gastado el dinero que le dieron de adelanto. Los plazos de los editores estaban más que vencidos. Debió acostarse en un diván y comenzar a dictar ese libro único en la historia de nuestra literatura. No fue tan difícil porque ya estaba escrito en su cabeza. Ah, por cierto, quien le tomo el dictado fue ni más ni menos que José Emilio Pacheco, orgulloso amanuense de un escritor único.

Así que llevo tres escritores cuyas obras extraordinarias se hubieran perdido si no hubiera existido alguien que los obligara a sentarse y escribir o dictarle a otra persona. Se debieron aplicar estrategias como la manita de puerco y el encierro para obligar a aterrizar la creatividad en un texto.

El otro elemento es la presión de los concursos, las fechas de cierre, la presión de los editores. 
Ninguno de ellos puede esperar a que el escritor se decida a escribir, se tome su tiempo para digerir ideas mientras camina por las calles y desperdicia sus mejores palabras con las personas que se cruza día con día. Hemos de torcerle la mano y decirle gentilmente que tome asiento y cumpla con su sagrada obligación. Existen reglas, normas, marcos jurídicos que se deben cumplir. No es posible esperarlo diez años a que concluya su tesis de maestría. En todas las escuelas se dan plazos para concluir las tesis. Si después de cierto tiempo no acabaste, estás fuera, adiós título.
En estas historias la escritura creativa aparece como algo que evitamos, le damos la vuelta, no nos interesa tanto como la vida cotidiana y el contacto con los otros, como era el caso de esos colosales contadores de historias verbales, Arreola y Chesterton. Quién querría sentarse a escribir cuando la vida está allá afuera, plena de colores y ruidos.

Ninguno de los personajes aparece sentado frente a la hoja en blanco sin atreverse a tomar la pluma, sin una idea que les llegue a su cabeza. Al contrario, las ideas bullen, puede que ya estén listas para que el creador las plasme. Pero hay algo que les impide sentarse, aislarse, dedicar un rato de sus vidas a desarrollar lo que les bulle por todo el cuerpo y no alcanzan a poner en blanco y negro.
A falta de una novia o esposa fuertes e inconmovibles, o de un grupo de amigos que ponga a tu disposición un amanuense dispuesto a tomar nota de todo lo que digas, es posible que también exista el recurso de que uno mismo se encierre y no se deje salir hasta que concluya lo que tiene comprometido. Deberá ser un yo mismo fuerte e implacable. Hoy convoco a esa parte. El plazo se acaba. 

jueves, 5 de mayo de 2016

Un aire triste, tontas canciones de amor, una música ligera.

Con cierta frecuencia se sube un violinista al vagón del Metro en que viajo. Es delgado pero fuerte. Usa lentes. Bien vestido. Apenas hace poco me di cuenta de que le falta una pierna. Más que por mi constante distracción lo noté porque él comenzó a hacerlo evidente. Supongo que se convenció de que los paseantes le damos más a los que les falta un miembro del cuerpo (pero esto es una mera suposición). Hace unos días comenzó a usar pantalones cortos y se le ve la pierna metálica. Excelente trabajo de ortopedia.

El violinista me recuerda lo triste que es la música mexicana o a él le interesa sólo la música triste. Interpreta canciones viejas en su gran mayoría, las que me aprendí en la infancia. Que un viejo amor de nuestras almas sí se aleja, pero nunca dice adiós. Espléndidas formas de la melancolía por medio de sonidos. Un excelente argumento en contra para todos los que piensan que sólo la música de Pink Floyd es depresiva.

Y si piensan que exagero, recuerden nada más las canciones infantiles de Cri Cri. Creo que Joan Manuel Serrat dijo que la canción más triste del mundo era “La Muñeca Fea”. Y no es triste, es tristísima. En menos de treinta segundos nos asomamos al mundo del abandono, la desintegración corporal, el sentimiento de que quienes te aman y amaste te desechan de un instante para otro. El final del amor y las emociones que desata el abandono. Todo ello por medio de una fábula infantil.
Alejandro Jodorowski usó la melodía (sin la letra) de “La Muñeca Fea” en su película “Santa Sangre”. Le funcionó mucho para provocar un tono melancólico en el filme. De la misma manera, el violinista del que hablo provoca cierta nostalgia, una tristeza de esas que agradecemos porque a la vez nos expulsa de las nuestras.

Si no tenemos blues, si contamos con una serie de valses tristones, con un sentimiento de nostalgia a veces incomprensible.

Contamos también con otro tipo de música, jacarandosa, alegre, de ritmos alegre y tonalidades brillantes. Bailamos con esa música con estrépito y grandes gritos. Música tropical o afroantillana, cumbia, batacha, salsa. Pero en ese tema siempre me acordaré de la anécdota que una vez contó Lynn Fanchstein en Rock 101 una vez. Todos bailaban con júbilo con una canción afroantillana y alguien que no hablaba español le preguntó qué decía la letra. Y ella contestó: “Ah, bueno, es una historia muy triste”. Ritmo alegre, bailable, movimientos sensuales envuelven historias tristes, con la sensación contante de abandono.

Algo semejante se da cuando miras a un grupo de baile folklórico mexicano. Todos gritan al extremo, lanzan alaridos de gusto, sus movimientos son enérgicos, el ritmo alegre, y sonríen siempre, no se vale estar serio o un poco triste. Se podría decir que le sonríen a la pareja pero en realidad le sonríen al público. Y las canciones son tristes. Cuentan momentos melancólicos. Cuando más desarraigados nos sentimos más le cantamos odas enérgicas a la patria, la chica y la grande.


Todo eso puede revelar un violinista mientras viajamos a las nueve de la mañana en un vagón del Metro. 

miércoles, 4 de mayo de 2016

Hagan fila

La fila más larga en que he estado fue cuando me formé para comprar mis boletos para ver a U2. La primera vez que vino ese grupo a México. En ese momento me fascinaba el mundo que presentaban en sus discos. 1991 o 1992, en este momento no me acuerdo. Vendían los boletos en el Ticket Master dentro del Mix Up de la calle de Genova en la Zona Rosa. Llegué a las 11 de la mañana y salí con mis boletos en la mano a las siete de la noche. No comí, no bebí, me dio el sol, llovió, me sequé y seguí formado.

Una de las razones para la tardanza es que había largos periodos en que los boletos ya se habían agotado, pero seguíamos formados porque se comentaba que abrirían nuevas fechas. Otra estrategia de dilación fue que la empresa pretendía vender los boletos atrás de las pantallas que usaría el grupo. No verías nada, sólo escucharías. ¿Quién querría comprar boletos para algo así? No sé si se vendieron. Al fin, después de ocho horas salí con mis boletos comprados en un precio que ahora sería risible.

Los boletos eran para el show de Zoo Tv y valió mucho la pena, a pesar de que ya adentro quedó claro que Ocesa, la empresa más lenona y corrupta de espectáculos que existe (Ah, creo que también es la única), había vendido boletos de más. Quedamos muchas personas de pie, luego de pelearnos brevemente con otras personas y con el pobre cuate que vendía cervezas.

Todavía no sé por qué aguanté tanto en esa cola. No me gusta hacer fila durante tanto tiempo. No he visto exposiciones memorables por negarme a hacer filas de tres o cuatro horas. Por ejemplo, no me formé afuera de Bellas Artes para ver la exposición de Su Frida Kahlo. La simple idea me desagradaba. Me decía a mí mismo que no era tan importante y lo más trascendente de la exposición ya lo había visto en otros museos. Pero lo más terrible es que nunca me decidí a hacer fila para la exposición de El Greco. Eso sí que fue casi un crimen, porque es uno de los pintores que más me atrae. Era una muestra de obras fundamentales. Me gusta tanto que una vez había un cuadro en el Museo de San Carlos y estuve como quince minutos observándolo. Claro, este cuadro lo tuve casi que para mí solo y en la muestra de Bellas Artes hubiera estado en medio de una masa que te empuja de un lado a otro.

Me niego a esas enormes filas. No soporto estar de pie tanto tiempo. Además, por lo regular o casi siempre me formo solo. Si te formas con otras personas puedes platicar y contar chistes acerca de las eternas filas, olvidando tus dolores de pies y de piernas.

Hacemos fila para todo en esta ciudad. Si es muy larga, yo prefiero no hacerlo. Más que arrepentirme, un sentimiento de libertad me invade en esos momentos. Y sí, el sentirse un poco libre tiene el costo de perder algo en el camino. 

martes, 3 de mayo de 2016

Hoy son casi las seis dela mañana y ya estamos a quince grados. 
Ha sido una noche difícil. El calor hace que abras las ventanas y entonces entran los mosquitos, amos y señores de la sangre y las enfermedades. Te pasas unas horas de la madrugada en lucha contra esos vampirllos. No hay manera de clavarles una micro estaca en sus delgados pechos, así que hemos de recurrir a los insecticidas y esperar que los maten primero a ellos antes que a nosotros. Plaga ya desde que los judíos habitaron Egipto, luchamos contra ellos para evitar la muerte incomprensible de no poder dormir o la más terrible de la enfermedad hasta ahora desconocida. Me han dicho que vienen de los árboles cercanos. Mi ventana está en primer piso y da a frondosos árboles, así que se trata de una amenaza constante. 
Augusto Monterroso consideró que existían tres temas: el amor, la muerte y las moscas. Las moscas como un emblema de la maldad, el mal, el deseo de autodestrucción y destrucción. Habría que agregar a los mosquitos que no te dejan ni un instante y traen consigo nuevos males corporales y a este calor que no te permite ni pensar. 
Beben sangre. Somos sus presas. Nos caza en medio de la noche. Si estamos profundamente dormidos, ni siquiera sentiremos el piquete. Si bien nuestra mano basta para aplastarlos, su forma de actuar me parece espantosa. Los apachurras de un golpe y tu mano queda cubierta de tu propia sangre.
En estos días todos nos la pasamos diciendo ¡Qué calor! Calor de Lorca. 
La ciudad no está construida para estas temperaturas. Los autos se arrastran dificultosamente, el polvo de las nuevas adecuaciones, el sol de las tres cae a plomo, temperatura de la hora de la comida28 o 29 grados. Cerca de los treinta grados ya lo vivimos como si fuera normal. Compadezco a quienes se la pasan trabajando en la calle, envidio a quienes lo hacen de noche. Yo por lo menos me la paso debajo de un techo la mayor parte del día. Ganas de ni siquiera salir a la hora de la comida, pues allí arrecia la alta temperatura. 
No existe manera de escapar. El pronóstico del tiempo prevé temperaturas entre los 25 y 29 grados a la hora en que más hemos de estar despiertos. Lo nublado del sábado30 de abril lo recibimos con alivio. Hace falta la lluvia, pero casi seguro que cuando ocurra se dará como ya pasa todo en esta ciudad, de manera extremosa, así que habrá que preparar impermeables, paraguas, botas de plástico, lanchas y trasatlánticos para cruzar con lentitud por estas calles que se calientan tanto con la misma facilidad con que se inundan. 
Encuentro una nota periodística de 2015 que preveía que 2016 sería el año más caluroso de la historia. Ni modo de decir que no nos habían dicho. Y todavía falta, porque la temperatura más alta registrada en esta ciudad fue de 33.8 grados en 1998 (yo ni me acuerdo). Pues el día que rebasemos esa temperatura yo no iré a trabajar y me meteré en el refrigerador a esperar que pasen estos días levemente apocalípticos.

lunes, 2 de mayo de 2016

Lo que no quiero que sea mi proyecto final de maestría.

Un texto largo, farragoso, aburrido y lleno de citas, como lo fue mi tesis de licenciatura. Citas de más de diez renglones. Contar la historia mundial de los elementos centrales de mi proyecto. Hojas y hojas de delimitación del tema. Una colección de ideas de otros en lugar de las aunque sea pequeñas certezas que me guían. Ocultar detrás de un montón de palabras las ideas que uno tiene. Debería preferir la argumentación antes que la cita. Que los otros autores me sirvieran de impulso no de muleta o de silla de ruedas. Ortopedia mental, ante la falta de ideas, cite a autores que posean muchas de ellas. No se martirice con su pequeña idea, con su bonsái mental, mejor use las grandes citas de los enormes autores. Obtén prestigio con las palabras de otros. No te atrevas a decir las tuyas, porque es posible que no las tengas.

Una evasión del ensayo, de la argumentación y de las ideas, para escaparse por la puerta fácil de la escritura de una serie de testimonios enriquecidos con la ficción. O escribir ficción pura, una novela, cuentos, en lugar del ensayo sin caer en cuenta que se pueden convertir en formas de no enfrentar la necesidad de la argumentación. Las ideas como pretexto. Y que quede poco de literatura y mucho menos de ideas novedosas o de algo que pueda llamarse ensayo.

Escribir narrativa a partir de las ideas de un proyecto final me parece un proceso de falseamiento, porque por lo regular no se considera en la escritura de este tipo los riesgos de volver ficción lo que otros vivieron, de banalizarlo aunque sea con un gran producto artístico. Dentro de la propia ficción debería habitar la duda en torno a si estamos contando una historia cercana a lo que ocurrió o tapamos los hechos con palabras. Esa posible ambigüedad debería estar presente. Y no la encuentro, por lo regular, en los proyectos finales que se decantan por un proceso narrativo.

No quiero un producto final engolado. Muchas veces escribo ensayo con otra voz, con otras voces, que no me pertenecen. Y la falsedad huele desde lejos. Quiero aparentar que he leído todo, que sé todo, que puedo escribir con grandes ideas. Escribo ensayo y me pongo serio, me entieso, formal, uso traje y corbata para decir “quiero agua”. Rígido. Con frases demasiado pensadas, palabras para agradar al monstruo del asesor de tesis y su coro de repugnantes sinodales. Y es inconsciente. No sé porque lo hago. He escrito para revistas de manera deschongada, un poco cómo se me va ocurriendo, dejando que mi instinto me lleve por donde quiera. Pero la tesis, el ámbito académico, los espectadores que quieren escuchar a Foucault y a Barthes, no a ti, todo eso me petrifica y me lleva a ofrecer más o menos lo que todos esperarían que fuera un proyecto final de maestría.

Sé lo que no quiero. Es un avance. 

domingo, 1 de mayo de 2016

La última canción juntos
Debió hacer frío esa mañana en Londres el 30 de enero de 1969. Lo muestran los gruesos abrigos que llevan John Lennon y George Harrison. El viento no deja de agitarles ni un momento las largas cabelleras. Cuatro Beatles. Algunos de ellos cansados de ser Beatles. La presencia escénica nunca se pierde. Se ven como siempre, fuertes y armónicos. Restos de la poderosa química que siempre mostraron juntos. Han decidido dar el último concierto de manera 
sorpresiva.
Hubo muchas ideas en torno a cómo podrían realizar ese concierto: en las pirámides de Egipto, con un público de beduinos tal vez mostrados en sus camellos, en un barco mientras en otras naves sus fans los escuchan con admiración. Quizá pudieron pensar en abordar un cohete espacial y dar su último concierto en la Luna. O en tomar el submarino amarillo para cantar debajo del mar estas canciones que vuelven al principio, al origen del punch rockero, sin tantas mezclas y mezclas que creaban atmósferas fascinantes. La decisión final fue tocar en el techo del edificio de Apple. Y no la compañía de Steve Jobs, sino la suya, la que no tiene todavía la mordida de la tecnología extrema.
¿Es necesario decir que las voces de Lennon y McCartney siguen acoplándose de manera asombrosa? Yo los veo sueltos, tocando con gusto, por la simples ganas de hacerlo, lejos de las tensiones que los han enfrentado una y otra vez en los días pasados.
Su público también ha cambiado. Y a no son las delirantes adolescentes que asistieron al Shea Stadium. El ambiente lleno de alaridos que les impide incluso escucharse a sí mismos, saber si están tocando bien o mal. Ahora vemos a un grupo compuesto en su mayoría por hombres, un tanto serios, reflexivos, mirando con atención, sin aspavientos. La escenografía se parece un poco a algunos momentos de la canción Eleanor Rigby, cuando suena en la película Yellow Sumarine. Techos de Londres.
Hay algo que nunca había notado: ellos ya no quisieron ser mercancía, no se ofrecieron al mercado, no pidieron miles de dólares o libras esterlinas por tocar esa última vez. (Muchas personas hubieran pagado lo que sea por estar allí). No hicieron una gira mundial de despedida, ni posteriormente organizaron melodramáticos reencuentros. Se ofrecieron como un regalo a desprevenidos paseantes, se mostraron libres y todavía cantando después de ser Sirs, los millones de libras en los bolsillos y los miles y miles de adolescentes que los adoraban. Se ofrecieron gratis y de manera fugaz sobre la azotea de un edificio. Un performance que tomó por sorpresa a todos. Que mostró que cuatro buenos muchachos todavía podían colapsar al tráfico y a los policías. Ardieron rápidamente en un concierto de cuarenta minutos y nunca más volvieron a tocar juntos.
En el grupo latían fuerzas encontradas. Se volvieron distintos y ya no se reconocían o las diferencias que traían desde siempre se hicieron más divergentes que nunca.
Atmósferas. Lo que querían era recuperarse, volver a ese momento en que simplemente tocaban por gusto en La caverna, y no la de Platón.
Permanecen ocultos. No tan accesibles a la mirada. Como si los ojos de los espectadores pudieran congelarlos, petrificarlos y debieran mantenerlos lejos. La mirada obsesiva puede ser el principio de un terror. Algunos de ellos experimentaron el vacío creativo que les daba el ser observados siempre.Quizá nos detiene la mirada de los otros.¿Qué quieren esos otros de mí? Lennon intentó siempre huir de esa mirada. 
Quizá cada mañana volvemos la mirada hacia los techos de los edificios en espera de que de pronto aparezcan y sigan cantando una simple canción de rock.