Novela gráfica
Novela gráfica constituye una clasificación difícil en
cuanto a extensión y en cuanto a enfoque hacia adultos más que a niños. No es
nueva forma de contar, se practica desde hace muchos años el contar una historia
por medio de dibujos de personajes con el globo en que van sus diálogos. La
diferencia podría ser que no se le colocaba esa etiqueta en la portada o que
sus propios autores no la conceptualizaban de esa manera. O que siempre se le
consideró como arte de baja ralea y se le despreció como “lo que leen los
pobres”.
Nosotros les llamábamos “cuentos”, “muñequitos”. Por cierto,
mi madre decía: “Voy a leer mi novela”. Así le llamaba a esa forma visual de
contar una historia. Para nosotros eran literatura: cuentos, novelas.
Conozco ejemplos en México de intenciones más serias en el
campo de la historieta. De adolescente leí sin tregua revistas como Los agachados y Los supermachos, revistas en que un incansable autor (Rius)
difundía ideas, criticaba al sistema, daba lecciones digeribles en varios
campos e incluso divulgaba temas culturales. Para mí, La familia Burrón constituye una saga infinita en que los modos del
habla popular quedaron plasmados en las aventuras fantásticas de Doña Borola y
su chaparro marido Don Regino.
Vale la pena recordar el emocionado homenaje que le rinde Sergio
Pitol a Borola Burrón en uno de sus libros más leídos: “El arte dela fuga”.
Claro, Doña Borola es uno de los personajes más fantasiosos y divertidos de un
México en que no importaran las diferencias entre historieta, cine y literatura
“seria”.
También tendría que mencionar la novela por entregas que nos
hacían llegar revistas como “Lágrimas y risas”. O “El libro semanal”, que
presentaba una historia larga, la cual devorábamos en mi casa cada semana. O el
Memín, que contaba una historia durante años. Al final, cuando terminaban la
primaria, los amigos protagonistas se encontraban a un hombre que les contaba su
propia historia desde el comienzo, lo cual podía durar todos los años de
publicación ya transcurridos; una y otra vez. Toda la historia era un flashback
eterno, una espiral que avanza y llega siempre al mismo punto de partida.
Esta lectura popular comenzó con revistas que yo ya no
conocí, como “Pepín” y “Chamaco”.Medio recuerdo que esas publicaciones
alcanzaron un éxito descomunal, el cual sorprendió a sus editores. Durante
mucho tiempo en México se leyó masivamente este tipo de publicaciones. Mi madre
aprendió a leer en esas revistas, porque no fue a la escuela. Claro, era un
mundo con pocos aparatos de televisión y sin Internet. Supongo que la venta de
publicaciones de este tipo va de bajada; atrás quedaron imperios como el de la
editorial Ejea.
Después de su publicación semanal, varias de estas
historietas se publicaron en formato de libro. Recuerdo “Rarotonga” y “Kalimán”. Hubo una que no me acuerdo
de su nombre, la cual su autor (Guillermo de la Parra, ni más ni menos que el
esposo de Yolanda Vargas Dulché) transfirió a novela sin muñequitos, pura
letra, y la publicó así en la editorial de la que era dueño junto con su
esposa: la Editorial Vid (alusión al apellido de la Parra).
En los años ochenta y noventa, sobre todo en Estados Unidos,
se publicaron varias obras que rompieron con los esquemas narrativos y de
resolución de la imagen en este género. A pesar de los múltiples ejemplos que menciono
líneas arriba, crearon una nueva forma de contar. A eso le llamamos novela
gráfica. Continuidad y ruptura, he allí a lo que siempre aspira un arte para
mantenerse vivo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario