El prestigio del silencio. El desprestigio de quien escribe
demasiado (otra forma de silencio).
En México se dan los dos extremos: el escritor de obra mínima,
por ejemplo Juan Rulfo; y el escritor incontenible, mares y ríos y lagunas de
letras y más letras, sobre temas de lectura y escritura, digamos Alfonso Reyes
cuyas obras completas abarcan una zona enorme de mi librero (y no las tengo
completas).
Rulfo y la genialidad extrema. Le crearon el estereotipo de
que le dio forma a una forma de ser mexicana. El hecho es que impactó tanto que
él respondió con el silencio, lo cual tal vez le dio una mayor fama.
¿Quién lee o ha leído completo a Alfonso Reyes? Por eso creo
que es otra forma de silencio. La forma del no decir de Rulfo resulta más leída
y buscada.
En esa tensión se mueve el que escribe, en esa cuerda
extrema, de un lado a otro, la gran obra o la obra magra impregnada de
silencios.
Dejar de escribir. Escribir solo para uno mismo. Huir de la
fama y del éxito, del canon y el cóctel. O de la hidra de los medios. Tocar en
un granero para llamar a los muertos como el personaje de “Todas las mañanas
del mundo”.
Escribir a torrentes, a toneladas: libros, ensayos, poemas,
obras de teatro, y tratar de no poner en ellos nada personal. Que lo personal
se esconda detrás de las máscaras de teatro griegas, como lo hizo Reyes. O
mostrarse en actos exhibicionistas, en fáciles identificaciones de nuestros
conflictos.
El hecho es que el silencio tiene su prestigio, es buscado. Los
que no dicen también tienen su público. Un disco de Cage, y no Nicola sino
John, quien compuso una obra en que el músico no toca ni una nota: 4’ 33’’ Y es
que olvidamos por lo regular que en la música interviene el silencio. Las
partituras cuentan con intensos momentos de silencio. Es que no se oye nada en
esta alberca de sombra, creo que dice Villaurrutia, o algo semejante.
El silencio no es lo peor que puede ocurrir. Hay que saber
callar. El punto es que ni siquiera la música de Cage era solo silencio. Que
Rulfo no escribió dos libros pésimos y luego se calló. Que Rimbaud no se dio
cuenta de que era un pésimo rimador y mejor se fue al desierto de Abisinia.
Todos ellos crearon grandes obras con ruido y silencio, con notas armónicas y
disonantes. Después pudieron callar unos momentos o para siempre. Experimentar
la delicia de que no se escuchara demasiado.
En mi adolescencia me fascinó el desierto blanco de Rimbaud.
Diecisiete años. Una obra genial. Y después la huida hacia el silencio extremo.
Y sí, todo lo que decimos cuando callamos, cuando decimos no me pasa nada; todo
lo que callamos cuando decimos que todo va bien. Callar y decir he allí lo
deseable. Lo que angustia es la falta de signos, de significado. Más que el
silencio, lo que preocupa es el sinsentido del no decir. Privilegiar la mancha
por encima de la imagen, adorar al vacío como a un dios, en lugar del signo.
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