viernes, 29 de abril de 2016

Cuando era muy pequeño, como a los cuatro años, recuerdo con claridad que me desesperaba por aprender a leer. Era lo que más deseaba. Me daban mi “cuento”, una historieta, y yo miraba los dibujos tratando de entender las letras. Recuerdo con claridad esa necesidad profunda de querer entender esos signos. El dibujo no era suficiente, necesitaba leerlo por completo.
Recuerdo una noche en que mi papá me leyó con suma paciencia una aventura de Súper ratón.
Recuerdo que me leía páginas completas del periódico Esto.
Nada tan maravilloso ni tan deseado de niño como el poder de leer historietas. Pero nosotros éramos pobres. Nuestros padres no nos compraban historietas a montones. Cada semana, los domingos, comprábamos Kalimán. Las historietas a colores de Editorial Novaro las comprábamos rara vez.
En el mercado de Texcoco había dos puestos de renta de revistas. Una persona alquilaba las revistas de historietas. Un ejemplar costaba digamos un peso y la podías leerlo por diez centavos. Lo que importaba era leer más que poseer. Muchas personas leían así.
Una de las personas era una señora que conocía a mí mamá desde que ella era niña. Mi madre es una lectora ávida de este tipo de literatura desde niña. Aprendió a leer sola pues fue a la escuela únicamente tres o cuatro meses. Por cariño a mi madre, la señora me permitía leer revistas sin cobrarme. Así que los domingos por la tarde yo llegaba a ese puesto y leía durante horas revistas de historietas. Horas y horas. El mundo desaparecía para mí.
Acababa tan rápido las revistas que la señora decía que yo no las leía (no podía ser), que nada más miraba los muñequitos. Ese comentario constante de ella me desazonaba porque leía cada palabra y quería leer mucho.
No me había dado cuenta pero resulta curioso que mi proyecto de maestría gire en torno a una novela gráfica, una larga historieta, un cuento largo, en blanco y negro, llamada “Maus”. Vuelvo a mis orígenes de lector, con otra forma de ver y entender.
Una novela gráfica es lo que nosotros conocemos como cuento, historieta, cómic, monitos, una historia contada por medio de dibujos, relato secuencia sobre papel (pero también en digital). Sí, vamos, algo así como Kalimán, Rarotonga, Superman, Porky, el Pato Donald o Mickey Mouse, el Spirit, Conán, pero en forma de relato largo. Esos monitos que le llamábamos cuentos de niños adquirieron un rango de mayor aliento. De los ochenta a la fecha se vienen trabajando largas secuencias narrativas que muchos llaman novela gráfica.
Novela gráfica resulta un término híbrido. Podría ser “película congelada en papel” o “filme en cuadritos que pueden leerse”. Un relato en cuadros. El punto central es que se trata de una narración en dibujos, secuencial, que utiliza elementos del cine, de la literatura y de las historietas que leímos en nuestra infancia, para convertirlo en algo distinto, en un producto artístico con características propias. Como no sabemos cómo llamar algo tan diferente a lo que solemos leer, le hemos llamado novela gráfica.
Descreo de lo que muchos opinan de que se trata de la creación de historietas para adultos, porque por lo menos en México se ha trabajado mucho la historieta para adultos. Por ejemplo: Los Súper Machos y Los Agachados de Rius, politización en cuadritos; la revista Duda (siempre plena de maravillosas historias de complot y de verdades ocultas); bueno, hasta el Sensacional de Traileros.
¿No era una novela gráfica por entregas Rarotonga? Y muchas otras. De hecho, a Rarotonga, ante su éxito, se le editó en un solo tomo. Lo que sí resulta cierto es que al convertirse en novela gráfica adquiere niveles de profundidad y de resolución narrativa de mayor complejidad.
Por estos días escribo acerca de una novela gráfica. Ese es uno de los puntos centrales de mi proyecto. Pareciera que nada cambia, sólo se transforma.

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