sábado, 7 de mayo de 2016

Avanzar como si no importara nada.

Un pequeño drama interno, espadas y herencias: triunfar allí. El reino eres tú mismo.

Descreer de los hados del infortunio y del dolor que te arranca el puro hecho de vivir. Aferrarte al gozo, a la luz que desprenden los cuerpos.

No fundes una religión con tus desastres ni con tu desorden. No generes mitos en torno a tu dificultad.

Hecho de caídas, es más fácil dominar el arte de levantarse una y otra vez.

Escucha las voces: “todo es inútil, a quién le puede interesar, pero si esta idea es absurda, qué ridícula historia para un cuento. Los otros dirán que historia tan tonta la de alguien a quien se le desvanecen los rostros, que ve huecos de caras en lugar de rasgos faciales. ¿Crees que alguien te leerá? Tantos han escrito y mejor que tú. Mejor lee a Shakespeare y a Sor Juana. ¿Puedes mejorar una línea de quienes te han precedido?”. Ser el crítico implacable de uno mismo, de cada línea, cada letra, a cada momento.

Escucha las voces, dales su lugar, y luego sigue escribiendo como si dijeran nada, como si hablaran desde el vacío. Las dictan el miedo, el enojo, la rabia.

Cada línea, cada párrafo es un pequeño triunfo sobre esas voces.

Escribir sin esperanza y sin desesperación. Sólo escribir.

Un día descubres que has hecho más de lo que tú mismo esperabas. Que podrías dedicarte a ordenar y tal vez ya tengas un avance más importante del que considerabas.

Necesitas escribir un proyecto final de cincuenta páginas. Tienes más de cien, pero qué sirve y qué no. Esa es la tarea. ¿Qué significa servir?: ¿en qué parte estoy yo, cuál es mi escritura real y no los polos magnéticos de la falsa imitación, de la falsedad académica?

Y también determinar qué falta. Tanto o más que lo ya escrito.

Concéntrate en un solo tema. El resto será después. Comienzas con demasiado y lo vas depurando. Es una ley clara y natural. Llegar a ese punto sólo se logra escribiendo.

Puedes mirar una y otra vez tu librero y sentir que algo falta, un libro, un tema, en algún lado existe el libro que te apoyará en lo que quieres decir. Buscas en las librerías de libros nuevos y de libros viejos, en los catálogos de las bibliotecas, en los puestos que venden libros mugrosos en la calle. Todavía no lo has encontrado.

O tal vez necesites una silla más cómoda, un escritorio más amplio, una computadora con pantalla semicircular de 30 pulgadas, un teclado distinto, un súper estéreo para escuchar música a todo volumen mientras escribes.  

Y no es así, lo único que necesitas es escribir. Darte cuenta de que seguirías escribiendo a mano, en papel, en libretas viejas, en papeles que encontrarías en la basura, en los muros de las calles, en lo que encuentres. Lo guardarías en tu memoria si no tuvieras donde plasmarlo.


Y lo que falta en tu librero es tu propio libro, el que te debes a ti mismo. 

viernes, 6 de mayo de 2016

Escribir es difícil, el bloqueo es duro

Cuentan las leyendas que la novia de Francisco González Bocanegra lo tuvo que encerrar para que el noble bardo se pusiera a escribir esa oda guerrera llamada Himno Nacional Mexicano. No lo dejo salir hasta que no concluyera el himno. Había un concurso en México para que nuestro país tuviera Himno Nacional y estaba a punto de cerrar. Es decir, para que el poeta escribiera la oda patriótica hubo que obligarlo, forzarlo, encerrarlo. Crear no resulta un momento de pasión y empuje. La alegría parece desterrada de esta anécdota, aunque suene graciosa.

Algo similar se cuenta de Chesterton. Su esposa recurría a artimañas para encerrarlo en su estudio y obligarlo a que escribiera los artículos periodísticos que ya le exigían los editores.

A Juan José Arreola no lo encerraron, pero sus editores tuvieron que recurrir a estrategias un tanto parecidas a la novia de Bocanegra y la esposa de Chesterton: colocarlo en un punto en que ya no pudiera hacer otra cosa que crear la obra comprometida. “Bestiario” es un libro dictado. Según cuentan, Arreola no podía sentarse a escribir. No lograba hacerlo. Incluso ya se había gastado el dinero que le dieron de adelanto. Los plazos de los editores estaban más que vencidos. Debió acostarse en un diván y comenzar a dictar ese libro único en la historia de nuestra literatura. No fue tan difícil porque ya estaba escrito en su cabeza. Ah, por cierto, quien le tomo el dictado fue ni más ni menos que José Emilio Pacheco, orgulloso amanuense de un escritor único.

Así que llevo tres escritores cuyas obras extraordinarias se hubieran perdido si no hubiera existido alguien que los obligara a sentarse y escribir o dictarle a otra persona. Se debieron aplicar estrategias como la manita de puerco y el encierro para obligar a aterrizar la creatividad en un texto.

El otro elemento es la presión de los concursos, las fechas de cierre, la presión de los editores. 
Ninguno de ellos puede esperar a que el escritor se decida a escribir, se tome su tiempo para digerir ideas mientras camina por las calles y desperdicia sus mejores palabras con las personas que se cruza día con día. Hemos de torcerle la mano y decirle gentilmente que tome asiento y cumpla con su sagrada obligación. Existen reglas, normas, marcos jurídicos que se deben cumplir. No es posible esperarlo diez años a que concluya su tesis de maestría. En todas las escuelas se dan plazos para concluir las tesis. Si después de cierto tiempo no acabaste, estás fuera, adiós título.
En estas historias la escritura creativa aparece como algo que evitamos, le damos la vuelta, no nos interesa tanto como la vida cotidiana y el contacto con los otros, como era el caso de esos colosales contadores de historias verbales, Arreola y Chesterton. Quién querría sentarse a escribir cuando la vida está allá afuera, plena de colores y ruidos.

Ninguno de los personajes aparece sentado frente a la hoja en blanco sin atreverse a tomar la pluma, sin una idea que les llegue a su cabeza. Al contrario, las ideas bullen, puede que ya estén listas para que el creador las plasme. Pero hay algo que les impide sentarse, aislarse, dedicar un rato de sus vidas a desarrollar lo que les bulle por todo el cuerpo y no alcanzan a poner en blanco y negro.
A falta de una novia o esposa fuertes e inconmovibles, o de un grupo de amigos que ponga a tu disposición un amanuense dispuesto a tomar nota de todo lo que digas, es posible que también exista el recurso de que uno mismo se encierre y no se deje salir hasta que concluya lo que tiene comprometido. Deberá ser un yo mismo fuerte e implacable. Hoy convoco a esa parte. El plazo se acaba. 

jueves, 5 de mayo de 2016

Un aire triste, tontas canciones de amor, una música ligera.

Con cierta frecuencia se sube un violinista al vagón del Metro en que viajo. Es delgado pero fuerte. Usa lentes. Bien vestido. Apenas hace poco me di cuenta de que le falta una pierna. Más que por mi constante distracción lo noté porque él comenzó a hacerlo evidente. Supongo que se convenció de que los paseantes le damos más a los que les falta un miembro del cuerpo (pero esto es una mera suposición). Hace unos días comenzó a usar pantalones cortos y se le ve la pierna metálica. Excelente trabajo de ortopedia.

El violinista me recuerda lo triste que es la música mexicana o a él le interesa sólo la música triste. Interpreta canciones viejas en su gran mayoría, las que me aprendí en la infancia. Que un viejo amor de nuestras almas sí se aleja, pero nunca dice adiós. Espléndidas formas de la melancolía por medio de sonidos. Un excelente argumento en contra para todos los que piensan que sólo la música de Pink Floyd es depresiva.

Y si piensan que exagero, recuerden nada más las canciones infantiles de Cri Cri. Creo que Joan Manuel Serrat dijo que la canción más triste del mundo era “La Muñeca Fea”. Y no es triste, es tristísima. En menos de treinta segundos nos asomamos al mundo del abandono, la desintegración corporal, el sentimiento de que quienes te aman y amaste te desechan de un instante para otro. El final del amor y las emociones que desata el abandono. Todo ello por medio de una fábula infantil.
Alejandro Jodorowski usó la melodía (sin la letra) de “La Muñeca Fea” en su película “Santa Sangre”. Le funcionó mucho para provocar un tono melancólico en el filme. De la misma manera, el violinista del que hablo provoca cierta nostalgia, una tristeza de esas que agradecemos porque a la vez nos expulsa de las nuestras.

Si no tenemos blues, si contamos con una serie de valses tristones, con un sentimiento de nostalgia a veces incomprensible.

Contamos también con otro tipo de música, jacarandosa, alegre, de ritmos alegre y tonalidades brillantes. Bailamos con esa música con estrépito y grandes gritos. Música tropical o afroantillana, cumbia, batacha, salsa. Pero en ese tema siempre me acordaré de la anécdota que una vez contó Lynn Fanchstein en Rock 101 una vez. Todos bailaban con júbilo con una canción afroantillana y alguien que no hablaba español le preguntó qué decía la letra. Y ella contestó: “Ah, bueno, es una historia muy triste”. Ritmo alegre, bailable, movimientos sensuales envuelven historias tristes, con la sensación contante de abandono.

Algo semejante se da cuando miras a un grupo de baile folklórico mexicano. Todos gritan al extremo, lanzan alaridos de gusto, sus movimientos son enérgicos, el ritmo alegre, y sonríen siempre, no se vale estar serio o un poco triste. Se podría decir que le sonríen a la pareja pero en realidad le sonríen al público. Y las canciones son tristes. Cuentan momentos melancólicos. Cuando más desarraigados nos sentimos más le cantamos odas enérgicas a la patria, la chica y la grande.


Todo eso puede revelar un violinista mientras viajamos a las nueve de la mañana en un vagón del Metro. 

miércoles, 4 de mayo de 2016

Hagan fila

La fila más larga en que he estado fue cuando me formé para comprar mis boletos para ver a U2. La primera vez que vino ese grupo a México. En ese momento me fascinaba el mundo que presentaban en sus discos. 1991 o 1992, en este momento no me acuerdo. Vendían los boletos en el Ticket Master dentro del Mix Up de la calle de Genova en la Zona Rosa. Llegué a las 11 de la mañana y salí con mis boletos en la mano a las siete de la noche. No comí, no bebí, me dio el sol, llovió, me sequé y seguí formado.

Una de las razones para la tardanza es que había largos periodos en que los boletos ya se habían agotado, pero seguíamos formados porque se comentaba que abrirían nuevas fechas. Otra estrategia de dilación fue que la empresa pretendía vender los boletos atrás de las pantallas que usaría el grupo. No verías nada, sólo escucharías. ¿Quién querría comprar boletos para algo así? No sé si se vendieron. Al fin, después de ocho horas salí con mis boletos comprados en un precio que ahora sería risible.

Los boletos eran para el show de Zoo Tv y valió mucho la pena, a pesar de que ya adentro quedó claro que Ocesa, la empresa más lenona y corrupta de espectáculos que existe (Ah, creo que también es la única), había vendido boletos de más. Quedamos muchas personas de pie, luego de pelearnos brevemente con otras personas y con el pobre cuate que vendía cervezas.

Todavía no sé por qué aguanté tanto en esa cola. No me gusta hacer fila durante tanto tiempo. No he visto exposiciones memorables por negarme a hacer filas de tres o cuatro horas. Por ejemplo, no me formé afuera de Bellas Artes para ver la exposición de Su Frida Kahlo. La simple idea me desagradaba. Me decía a mí mismo que no era tan importante y lo más trascendente de la exposición ya lo había visto en otros museos. Pero lo más terrible es que nunca me decidí a hacer fila para la exposición de El Greco. Eso sí que fue casi un crimen, porque es uno de los pintores que más me atrae. Era una muestra de obras fundamentales. Me gusta tanto que una vez había un cuadro en el Museo de San Carlos y estuve como quince minutos observándolo. Claro, este cuadro lo tuve casi que para mí solo y en la muestra de Bellas Artes hubiera estado en medio de una masa que te empuja de un lado a otro.

Me niego a esas enormes filas. No soporto estar de pie tanto tiempo. Además, por lo regular o casi siempre me formo solo. Si te formas con otras personas puedes platicar y contar chistes acerca de las eternas filas, olvidando tus dolores de pies y de piernas.

Hacemos fila para todo en esta ciudad. Si es muy larga, yo prefiero no hacerlo. Más que arrepentirme, un sentimiento de libertad me invade en esos momentos. Y sí, el sentirse un poco libre tiene el costo de perder algo en el camino. 

martes, 3 de mayo de 2016

Hoy son casi las seis dela mañana y ya estamos a quince grados. 
Ha sido una noche difícil. El calor hace que abras las ventanas y entonces entran los mosquitos, amos y señores de la sangre y las enfermedades. Te pasas unas horas de la madrugada en lucha contra esos vampirllos. No hay manera de clavarles una micro estaca en sus delgados pechos, así que hemos de recurrir a los insecticidas y esperar que los maten primero a ellos antes que a nosotros. Plaga ya desde que los judíos habitaron Egipto, luchamos contra ellos para evitar la muerte incomprensible de no poder dormir o la más terrible de la enfermedad hasta ahora desconocida. Me han dicho que vienen de los árboles cercanos. Mi ventana está en primer piso y da a frondosos árboles, así que se trata de una amenaza constante. 
Augusto Monterroso consideró que existían tres temas: el amor, la muerte y las moscas. Las moscas como un emblema de la maldad, el mal, el deseo de autodestrucción y destrucción. Habría que agregar a los mosquitos que no te dejan ni un instante y traen consigo nuevos males corporales y a este calor que no te permite ni pensar. 
Beben sangre. Somos sus presas. Nos caza en medio de la noche. Si estamos profundamente dormidos, ni siquiera sentiremos el piquete. Si bien nuestra mano basta para aplastarlos, su forma de actuar me parece espantosa. Los apachurras de un golpe y tu mano queda cubierta de tu propia sangre.
En estos días todos nos la pasamos diciendo ¡Qué calor! Calor de Lorca. 
La ciudad no está construida para estas temperaturas. Los autos se arrastran dificultosamente, el polvo de las nuevas adecuaciones, el sol de las tres cae a plomo, temperatura de la hora de la comida28 o 29 grados. Cerca de los treinta grados ya lo vivimos como si fuera normal. Compadezco a quienes se la pasan trabajando en la calle, envidio a quienes lo hacen de noche. Yo por lo menos me la paso debajo de un techo la mayor parte del día. Ganas de ni siquiera salir a la hora de la comida, pues allí arrecia la alta temperatura. 
No existe manera de escapar. El pronóstico del tiempo prevé temperaturas entre los 25 y 29 grados a la hora en que más hemos de estar despiertos. Lo nublado del sábado30 de abril lo recibimos con alivio. Hace falta la lluvia, pero casi seguro que cuando ocurra se dará como ya pasa todo en esta ciudad, de manera extremosa, así que habrá que preparar impermeables, paraguas, botas de plástico, lanchas y trasatlánticos para cruzar con lentitud por estas calles que se calientan tanto con la misma facilidad con que se inundan. 
Encuentro una nota periodística de 2015 que preveía que 2016 sería el año más caluroso de la historia. Ni modo de decir que no nos habían dicho. Y todavía falta, porque la temperatura más alta registrada en esta ciudad fue de 33.8 grados en 1998 (yo ni me acuerdo). Pues el día que rebasemos esa temperatura yo no iré a trabajar y me meteré en el refrigerador a esperar que pasen estos días levemente apocalípticos.

lunes, 2 de mayo de 2016

Lo que no quiero que sea mi proyecto final de maestría.

Un texto largo, farragoso, aburrido y lleno de citas, como lo fue mi tesis de licenciatura. Citas de más de diez renglones. Contar la historia mundial de los elementos centrales de mi proyecto. Hojas y hojas de delimitación del tema. Una colección de ideas de otros en lugar de las aunque sea pequeñas certezas que me guían. Ocultar detrás de un montón de palabras las ideas que uno tiene. Debería preferir la argumentación antes que la cita. Que los otros autores me sirvieran de impulso no de muleta o de silla de ruedas. Ortopedia mental, ante la falta de ideas, cite a autores que posean muchas de ellas. No se martirice con su pequeña idea, con su bonsái mental, mejor use las grandes citas de los enormes autores. Obtén prestigio con las palabras de otros. No te atrevas a decir las tuyas, porque es posible que no las tengas.

Una evasión del ensayo, de la argumentación y de las ideas, para escaparse por la puerta fácil de la escritura de una serie de testimonios enriquecidos con la ficción. O escribir ficción pura, una novela, cuentos, en lugar del ensayo sin caer en cuenta que se pueden convertir en formas de no enfrentar la necesidad de la argumentación. Las ideas como pretexto. Y que quede poco de literatura y mucho menos de ideas novedosas o de algo que pueda llamarse ensayo.

Escribir narrativa a partir de las ideas de un proyecto final me parece un proceso de falseamiento, porque por lo regular no se considera en la escritura de este tipo los riesgos de volver ficción lo que otros vivieron, de banalizarlo aunque sea con un gran producto artístico. Dentro de la propia ficción debería habitar la duda en torno a si estamos contando una historia cercana a lo que ocurrió o tapamos los hechos con palabras. Esa posible ambigüedad debería estar presente. Y no la encuentro, por lo regular, en los proyectos finales que se decantan por un proceso narrativo.

No quiero un producto final engolado. Muchas veces escribo ensayo con otra voz, con otras voces, que no me pertenecen. Y la falsedad huele desde lejos. Quiero aparentar que he leído todo, que sé todo, que puedo escribir con grandes ideas. Escribo ensayo y me pongo serio, me entieso, formal, uso traje y corbata para decir “quiero agua”. Rígido. Con frases demasiado pensadas, palabras para agradar al monstruo del asesor de tesis y su coro de repugnantes sinodales. Y es inconsciente. No sé porque lo hago. He escrito para revistas de manera deschongada, un poco cómo se me va ocurriendo, dejando que mi instinto me lleve por donde quiera. Pero la tesis, el ámbito académico, los espectadores que quieren escuchar a Foucault y a Barthes, no a ti, todo eso me petrifica y me lleva a ofrecer más o menos lo que todos esperarían que fuera un proyecto final de maestría.

Sé lo que no quiero. Es un avance. 

domingo, 1 de mayo de 2016

La última canción juntos
Debió hacer frío esa mañana en Londres el 30 de enero de 1969. Lo muestran los gruesos abrigos que llevan John Lennon y George Harrison. El viento no deja de agitarles ni un momento las largas cabelleras. Cuatro Beatles. Algunos de ellos cansados de ser Beatles. La presencia escénica nunca se pierde. Se ven como siempre, fuertes y armónicos. Restos de la poderosa química que siempre mostraron juntos. Han decidido dar el último concierto de manera 
sorpresiva.
Hubo muchas ideas en torno a cómo podrían realizar ese concierto: en las pirámides de Egipto, con un público de beduinos tal vez mostrados en sus camellos, en un barco mientras en otras naves sus fans los escuchan con admiración. Quizá pudieron pensar en abordar un cohete espacial y dar su último concierto en la Luna. O en tomar el submarino amarillo para cantar debajo del mar estas canciones que vuelven al principio, al origen del punch rockero, sin tantas mezclas y mezclas que creaban atmósferas fascinantes. La decisión final fue tocar en el techo del edificio de Apple. Y no la compañía de Steve Jobs, sino la suya, la que no tiene todavía la mordida de la tecnología extrema.
¿Es necesario decir que las voces de Lennon y McCartney siguen acoplándose de manera asombrosa? Yo los veo sueltos, tocando con gusto, por la simples ganas de hacerlo, lejos de las tensiones que los han enfrentado una y otra vez en los días pasados.
Su público también ha cambiado. Y a no son las delirantes adolescentes que asistieron al Shea Stadium. El ambiente lleno de alaridos que les impide incluso escucharse a sí mismos, saber si están tocando bien o mal. Ahora vemos a un grupo compuesto en su mayoría por hombres, un tanto serios, reflexivos, mirando con atención, sin aspavientos. La escenografía se parece un poco a algunos momentos de la canción Eleanor Rigby, cuando suena en la película Yellow Sumarine. Techos de Londres.
Hay algo que nunca había notado: ellos ya no quisieron ser mercancía, no se ofrecieron al mercado, no pidieron miles de dólares o libras esterlinas por tocar esa última vez. (Muchas personas hubieran pagado lo que sea por estar allí). No hicieron una gira mundial de despedida, ni posteriormente organizaron melodramáticos reencuentros. Se ofrecieron como un regalo a desprevenidos paseantes, se mostraron libres y todavía cantando después de ser Sirs, los millones de libras en los bolsillos y los miles y miles de adolescentes que los adoraban. Se ofrecieron gratis y de manera fugaz sobre la azotea de un edificio. Un performance que tomó por sorpresa a todos. Que mostró que cuatro buenos muchachos todavía podían colapsar al tráfico y a los policías. Ardieron rápidamente en un concierto de cuarenta minutos y nunca más volvieron a tocar juntos.
En el grupo latían fuerzas encontradas. Se volvieron distintos y ya no se reconocían o las diferencias que traían desde siempre se hicieron más divergentes que nunca.
Atmósferas. Lo que querían era recuperarse, volver a ese momento en que simplemente tocaban por gusto en La caverna, y no la de Platón.
Permanecen ocultos. No tan accesibles a la mirada. Como si los ojos de los espectadores pudieran congelarlos, petrificarlos y debieran mantenerlos lejos. La mirada obsesiva puede ser el principio de un terror. Algunos de ellos experimentaron el vacío creativo que les daba el ser observados siempre.Quizá nos detiene la mirada de los otros.¿Qué quieren esos otros de mí? Lennon intentó siempre huir de esa mirada. 
Quizá cada mañana volvemos la mirada hacia los techos de los edificios en espera de que de pronto aparezcan y sigan cantando una simple canción de rock.