viernes, 17 de junio de 2016

16 de junio

Es un día literario. Por azar o por necesidad.

Se entrecruzan en ese día tanto el mito más popular como la alta literatura.

El monstruo y el personaje que navega por las islas míticas y por una ciudad moderna.

Finalmente: formas extremas del sueño de la literatura.

Un verano tormentoso. La noche del 16 de junio de 1816, cuentan narradores como Vicente Quirarte, fue puesta en juego la apuesta, el juego, de escribir un relato de terror. Quien lanzó el reto fue uno de los seres más literarios que haya existido: Lord Bryron. El resto de los invitados eran ni más ni menos que Percy Shelley, Mary Shelley y John William Polidori. Dos de los mayores poetas del romanticismo, un médico y una mujer que alcanzó una voz narrativa plena. Frankenstein (Mary Shelley) y el vampiro (Polidori) surgieron de esa noche. Dos mitos que conjuntan los terrores de una sociedad al Otro, a la ciencia, a lo que todavía no sabemos si mora en la oscuridad o en nuestras mentes.

Recordemos que el monstruo Frankenstein al principio es bueno y busca la compañía humana, pero es el Otro y causa un miedo que provoca lo rechacen y persigan. Ansía el contacto con los otros, pero ellos lo rechazan. Claro, este personaje  no se llama Frankenstein aunque todos le llamamos así. El nombre de la novela alude al creador, al constructor del monstruo. Su nombre pasa al Otro. Los dos se confunden. Mueren juntos tras perseguirse el uno al otro.

Por cierto, el personaje del científico que reclama su derecho autodestructivo de crear vida se llama Víctor, Víctor Frankenstein.

En 1922 se publicó el Ulises de James Joyce. Es una novela que dura un día, desde la mañana al final. Irlanda, la sociedad contemporánea revisada minuciosamente. Las técnicas literarias más complejas son puestas en marcha en esta novela fundamental para nuestro tiempo. Pocos la han leído o han concluido su lectura. Un reto como pocos para los lectores. Las técnicas literarias puestas en juego aquí funcionaron como escuela para buena parte de la novela del siglo próximo pasado.

El día en que transcurre la novela es el 16 de junio de 1904. Cada año en Dublín muchas personas hacen el recorrido que sigue el personaje principal Leopold Bloom. Le llama el Bloomday.

De las aguas de la Odisea al menos sagrado tiempo moderno. Las ideas de Grecia e Israel mezcladas en la voz de cada uno de nosotros, nos marcan aunque no lo sepamos.

Ulises de Joyce: la parodia que revitaliza al mito, lo hace cotidiano. En cada esquina nos esperan las sirenas, el monstruo de un solo ojo, el hijo que nos busca, la esposa que teje despiadadamente sus días y su silencio. Algo arma nuestros días, nos lleva por cada minuto del mundo, y ya no son los dioses.

Palabras que vienen de un día que es muchos días, al igual que cualquier otro del calendario;  el monstruo y el hombre que recorre su ciudad vienen de esas noches de tormenta en que las palabras emergen para suscitar emociones, para cruzarse con la inteligencia.


16 de junio

jueves, 26 de mayo de 2016


No pare de sufrir

Contra la necedad del pastor (y no el que vende tacos) que nos incita a dejar de sufrir en mensajes televisivos, antepongo el hundirse en el dolor hasta que ya no se vea salida. Échele sal y limón agrio a la herida (y si puede, un buen tequila). Hay momentos en la vida de los hombres y de las mujeres en que no queda más que ponerse a llorar a moco tendido. Como dijo Sabines (cito de memoria): y me puse a llorar como se ponen las mujeres a parir. Y si usted cree que los hombres no lloran, deje la ingenuidad y asómese a una cantina a cierta hora avanzada de la noche y ya verá cómo se le cae el mito. Como diría mi abuelita: “se les sale el tequila por los ojos”.

Basta de controlarse y pensar en el qué dirán. Para un mejor sufrir, aquí propongo un viaje musical por el dolor. Porque nada más delicioso que hundirse en notas musicales y voces que se hermanan con nuestra pena negra. Yo tengo la estrategia de escuchar canciones y sentir cómo uno se va hundiendo con claridad en las fronteras de la soledad y la muerte (ay, dolor, ya me volviste a dar). Por supuesto, cada quien tendrá su propia versión.

Ya desde el canto de las sirenas, en la música existe la perdición o el consuelo al sufrimiento arrojándose al mar para morir ahogado. Mi viaje musical no pasa por mis maestros emocionales: Pedro Infante, Javier Solís, Jorge Negrete, ni siquiera por el de Huentitán, mi Chente (y el de ustedes también). Yo me clavo en un catálogo de canciones que no sé por qué pero me duelen y me ayudan a hundirme en el mar, al amparo de las sirenas que buscan ahogarte envuelto en bellas voces. Poco en inglés, porque hay que cantar lo mejor entonado posible y en ese idioma no me sale la voz.

Aquí abro un paréntesis para recordar una noche de farra en que el grupo con el que iba tuvo su momento epifánico cuando en la rockola escuchamos consecutivamente “De qué manera te olvido” y después “Don’t Let Me Down” de los fabulosos cuatro. Esos sí que es fusión.
Cuando me comienzo a detectar tristón, comienzo con una indispensable “Porque te vas” cantada con acento rarísimo por Jeanette. Allí los quiero ver en la madrugada, escuchando esa advertencia de un seguro desastre amoroso mientras el reloj avanza inexorable. Después de eso de plano hay que irse a los ámbitos de arrabal y escuchar al Buki. “Si no te hubieras ido”, me parece la canción más primitiva y elemental para hablar del frío no del cuerpo sino de la promesa de que no habrá otro cuerpo a tu lado. La versión en que canta en Viña del Mar, en 2005, me parece la mejor. Seguiría un lugar para Juan Gabriel, pero cantado por la señorona Isabel Pantoja: “Así fue”. Una buena canción de Nina Simone puede ponernos a tono, para también practicar el inglés. To Love Somebody puede ser una buena elección. Y si quieren seguir en inglés, pueden seguirse con “Wish You Were Here”, de Pink Floyd. “Ojalá pudieras contarme del cielo y del infierno”.

Aquí marco mi preferencia por una canción de Bosé: “Si tú no vuelves”, pero a mí me gusta más la versión de Amaral y Chetes. No sé por qué pero la prefiero a cualquier otra.

Una de canto cardenche puede hundirnos en los paisajes ancestrales de nuestros abuelos: “Yo ya me voy a morir en los desiertos”. Nada me consuela porque la pérdida viene más allá de ti, más lejos que tu alma.

En este punto podríamos estar a punto de cometer la estupidez de saltar por la ventana o buscar un objeto que no produzca demasiado dolor para cortarnos las venas, así que lo recomendable, considerando que ya tocamos fondo, es buscar una salida. Ideal es una canción del (no se rían, así se llaman) Dúo Dinámico: “Resistiré”. Como la mayoría de las veces, prefiero la versión no original. Me fascina cuando al final de la película “Átame” de Almódovar (experto en canciones de sufrimiento interminable) la canta Antonio Banderas junto con la actriz que interpreta el papel de la hermana de Victoria Abril. Luego podemos seguir con algo de Charlie Parker, continuar con Pop Goes The World de Men Without Hats. Y si quieren reponerse del todo y hundirse en la fresez absoluta, pueden cantar “Corazón contento”, de Palito Ortega. Llorar, llorar, pero para vivir. Ya lo dijo el poeta Joaquín Sabina: “Siempre que por ti me suicido me entran ganas de vivir”.

Concluyo con una anécdota reveladora. Una vez, no sé cómo, caí en la celebración de un aniversario en Alcohólicos Anónimos. Carencia de medios: la comida eran frijoles (muy buenos) cocidos con una resistencia en una cubeta, las servilletas eran las hojas de un directorio telefónico, etcétera. Uno de quienes rindió testimonio contó todos los avatares de los bebedores kamikaze. Agonía infinita. Un narrador nato, con sentido del humor. Pero lo que quiero contar es que al final, luego de narrar cómo bebió y bebió, dijo biblícamente: “Tenía sed, sed de Dios”. No puedo explicar cómo, pero en ese momento me llegó la revelación, me di cuenta de que padezco de ese mal: tengo sed de algo infinito y ni siquiera sé si existe. Allí está el centro de mis acciones. Es posible que no sólo las mías. Y de allí viene la infelicidad. No tiene que ver con una persona que te abandona, ella es sólo un mensajero, viene de más allá, de algo lejano y distante, que no se puede llenar con nada. Y esa nada es demasiado radical, incomprensible. Por lo menos hay que saberlo y no pedirle a un humano que cumpla con una tarea imposible.

No detengas el dolor, déjalo que te atraviese por en medio. Algo quedará que te ayudará a vivir.

lunes, 16 de mayo de 2016

Tiempo de resumen
Ayer cumplí 30 días de haber asumido el reto de escribir quinientas palabras diarias, todos los días, uno tras otro, contra viento y marea durante ese periodo de tiempo. Me comprometí a ello en dos lugares públicos: mi página de Facebook y un blog que ya tenía y en el que nunca escribía. Frente a la computadora, con ese reto en mente no había posibilidad de hablar de inspiración, clima, tema, si seré o no el apropiado, si mi tutor se reirá o dirá que esto es una porquería, pero qué van a decir los que me lean, pensará que soy ridículo en mis palabras, entre otras quinientas frases que desgastan cualquier autoestima escritural.
Así que sólo y únicamente podía escribir. Sin salidas, sin correcciones, prácticamente sin revisar el texto antes de publicarlo. Cometo errores garrafales en los nombres, no tengo tiempo de buscar el nombre apropiado de tal o cual autor, todo es de memoria. Luego los leo y me avergüenzo de las repeticiones de palabras y de la falta de acentos que se me dan al por mayor. En fin, todo eso que me impide escribir pasó a segundo término. Lo único importante era mover los dedos sobre el teclado. El tema era lo de menos. Lo que saliera en esos momentos. A veces pensaba la noche anterior: “Escribiré sobre esto”. Y comenzaba a pensar acerca de ello. Me daba cierta tranquilidad comenzar mi día sabiendo de antemano cuál era el tema. Pero muchos otros días no tenía ni la menor idea, movía los dedos, y el tema se iba aclarando sobre la marcha.
Creo que la lección fue esa: mueve los dedos, mantén el ritmo, no te distraigas en miles de posibles críticas o comentarios. Exponte. Sal al mundo con lo que tengas por escritura. Así lo conseguí.
La otra lección es que uno avanza en la medida en que no se distrae. En los últimos años he adquirido conciencia de padezco dispersión mental, creo que si tuviera ocho años me podrían diagnosticar Trastorno de Deficiencia de Atención. Es eso o pretendo hacer demasiadas cosas a la vez. Fan de la multitarea. Leo, oigo música, escribo, atiendo a quienes me rodean,me acuerdo de los cubitos de tamarindo que comía de niño.... Cambio de libro a cada rato porque no puedo leer un libro únicamente. Una ansiedad por leer más allá de mis posibilidades de vida. Como remedio a estas situaciones, descubrí que escribir es también una forma de prestar atención. Concentrarme en un punto únicamente. Seguir una línea. Y que la multitarea es la mejor manera de que el final de cada día esté acompañado de la sensación de no haber hecho nada realmente o dejar lo trascendente para otro día.
Lo que he escrito en estos treinta días me ha ayudado a tomar conciencia de muchos de estos elementos. Estrategias tan sencillas y monótonas como no tener nada que no vaya a utilizar en el escritorio me han ayudado. Espero seguir adelante. Mi proyecto también ha avanzado. Y más vale porque debe estar a más tardar este mes de mayo.
Y claro, en estos treinta días ha sido fundamental que me acompañes. Agradezco tu lectura, tus ojos que pasan por aquí, aprecio en lo que vale tu mirada. Créeme que te la devuelvo día con día. Nos seguimos leyendo.

domingo, 15 de mayo de 2016

Quince minutos

Una técnica que me ha gustado mucho para mis actividades es la de segmentarlas en periodos de quince minutos. Es decir, escribo durante quince minutos, luego me dedico a otras labores durante quince minutos, y después retorno otros quince minutos a escribir.

Funciona porque como que te quedas picado con una y con otra actividad. Quieres seguir con lo que estabas haciendo. Vuelves con ganas. Contrario a lo que uno pensaría, no es dedicarse horas y horas a la misma actividad lo que da resultado, sino una acción constante pero alternada. Porque la vida sigue y no nada más te puedes dedicar a una actividad, como escribir, todo lo demás demanda atención también.

Por lo regular uno escribe rodeado de personas, en mi caso tengo un hijo que se sienta a mi lado y lee lo que escribo en voz alta mientras las palabras caen dificultosamente una a una, me hace preguntas acerca de lo que significa una frase, cómo logro escribir con todos los dedos, etcétera. Trato de responder sus preguntas y de escribir al mismo tiempo. A veces parezco equilibrista. Pero caigo en una sola: le digo que en este momento no puedo atenderlo o dejo de escribir y me pongo a escucharlo. Por eso sirve la técnica de los quince minutos si se sigue con rigor. Ves otros temas quince minutos y luego pides un tiempo de quince minutos para seguir con tu escritura. Todos lo entienden y quedamos contentos con esos espacios que se pueden enfocar a una y a otra cosa. De lo contrario se genera frustración, la casa está tirada, el pasto pide agua, las plantas se secan. Elegir una u otra tarea no es tan sencillo porque hemos de hacer todo.  

Medir quince minutos no es tan difícil porque por lo regular contamos con un temporizador en el celular. Se programa y avisa con su alarma que el tiempo ha concluido. Lo apagas y lo vuelves a iniciar otros quince minutos. Después de un rato, te das cuenta de que avanzas inexorablemente en lo que haces. A veces mejor que cuando te dedicas a una sola.

Creo que enfocarse en una u otra tarea de manera única da la sensación de no estar haciendo algo, de que estás actuando de manera incompleta. De cierto desorden. Así que hemos de hacer un poco de todo cada día y al paso del tiempo se verá un avance constante.

El otro punto de apoyo es priorizar lo que harás, porque cualquier actividad se ramifica de formas complejas y se puede volver infinita. Elegir, definir que es lo urgente y lo importante, a dónde se va con las acciones, hasta qué punto nos acercan a las grandes metas. Contar con objetivos claros y precisos.

En mi caso la dispersión es lo que priva, la tengo que combatir día con día. Internet produce que vayas a todos lados sin leer en realidad nada del todo bien. Yo lo apago durante momentos específicos. Leo fuera de línea. Escribo a mano..

En fin, si algo no sobra es tiempo, así que necesitamos ingeniárnosla para ir consiguiendo resultados y observar que vamos cambiando algo en nuestra forma de ser y de actuar. 

sábado, 14 de mayo de 2016

Vivir hace daño

Hasta el agua en exceso hace daño, dijeron en alguna ocasión los voceros de la Coca Cola cuando culparon a su producto de haber provocado la muerte de una mujer. Supongo que el agua en exceso sí hace daño, sobre todo si caes en una alberca y no sabes nadar. Les faltó mencionar la ley romana de “Nada con exceso, favor de no beber más de cuatro litros diarios de nuestro producto”. 

A veces no me explico cómo nos mantenemos con vida, porque todo hace daño. Las sustancias con que todo se produce masivamente, lo que viene en los letreritos de los alimentos que compramos en el súper o en el Oxxo (ya llevo dos marcas comerciales mencionadas, espero que paguen algo por nombrarlas).- Vivir hace daño. Los mares están enfermos, la tierra sobre explotada. En fin, parezco un vocero del apocalipsis, pero algo de cierto hay en toda esta paranoia de la fácil destrucción.

Un ejemplo reciente: me convencí de que la carne roja hace daño. Deliciosos tacos de carnitas destruyen la posibilidad de una vida futura sana. ¿Saben que la cría de ganado es una de las industrias más contaminantes del mundo, porque el excremento de los animales emite metano, el cual envenena el aire? En fin, hay que buscar una opción o nos quedamos sin salud y sin mundo.

El salmón, con sus aceites omega no sé qué y con su ausencia de colesterol resulta excelente opción. No es un taco de barbacoa con guacamole, pero sabe bien. Pues resulta que leo en una nota reciente que el salmón es cultivado en granjas enormes. Y claro, los pobres peces se la pasan angustiados y neuróticos. Además de que los mantienen en espacios tan estrechos que se la pasan enfermándose, infectados por virus. La solución es darles antibióticos. O sea, ni cómo salvarse de las sustancias extrañas y dañinas. No tenemos la menor idea de lo que comemos. El que come salmón con frecuencia se llena sin saber de venenos, aunque por fortuna sin colesterol.

Ah, y es una industria que contamina. Los deshechos del salmón pudren el fondo del mar, provocan la muerte de otros peces, etcétera, etcétera. Y ese es uno de los miles de ejemplos que podemos estudiar. Va otro: ahora resulta que el cultivo de la soya, según me dicen, también resulta altamente contaminante. Espero que el pasto no tenga estas características porque de seguir así tendremos que comer únicamente eso. Ahora recuerdo que sí contamina, porque hay enormes campos en que se elimina cualquier otra especie para que ésta crezca a gusto. ¿Lo ven?, no hay salida.


Lo que pasa es que contaminamos todo lo que tocamos. Esa es nuestra esencia, desde que los seres humanos comenzaron a actuar como un animal más o menos pensante se rompió el delicado equilibrio de la naturaleza. En “Matrix”, Smith dice que la humanidad es un virus. Visión pesimista de nuestro mundo, pero también certera. Ni modo que no se regresara contra nosotros. No es que todo sea malo en sí, sino que nosotros nos hacemos daño con todo lo que tenemos a la mano. 

viernes, 13 de mayo de 2016

Escribir, escribir, que rico escribir

En la redacción de mi proyecto final, llego hoy al momento que más me gusta de la escritura. Y no ocurre por lo regular frente a la computadora o con lápiz y libreta en la mano. Sucede que hay días en que caminas y piensas en lo que estás escribiendo, estructuras de otra manera, te llegan ideas que no olvidarás cuando te sientes a tu escritorio.

El estado mental que menciono no me convierte en una especie de zombie que camina babeando por las calles mientras piensa lo que redactará cuando llegue al lugar donde escribe. Tampoco es que haga como que el mundo me importa (fingimiento), mientras me concentro en lo trascendente (sí, ajá). Vives junto con… Una tarea junto con la otra, no de manera excluyente, o haces una o haces otra. Dos canciones tocando al mismo tiempo, complementándose.

Así camino hoy por las calles. Consciente, observo la gente, los puestos de comida, me cercioro de que el semáforo esté en verde, me detengo a desayunar. Y mientras, al mismo tiempo, pienso en mi proyecto, lo acomodo mejor y más rápido que en la computadora. Tengo ideas. Rondo mi propia escritura, la siento y la palpo. Sin la angustia de que tal vez la estoy dilapidando, de que quizá cuando llegue a mi mesa ya no me acuerde de nada de lo que venía pensado. Porque se trata de un proceso, no de una colección de eventos o impulsos. No se escribe con impulsos. Es necesario introducirse en un proceso. Que todo sea parte, incluido el disgusto ante los automovilistas que se pasan los semáforos. Todo sirve. Ronronea en tu mente lo que quieres escribir.

Henry Miller cuenta que una vez lo avasalló la historia de una novela mientras viajaba en el Metro de New York. Se angustió porque no tenía manera de regresar a su casa y escribir esa portentosa historia que veía escena por escena. Optó por sólo verla, por dejar que transcurriera en su mente y nunca regresara. Coleridge soñó un poema acerca del palacio de Kublai Khan. Se despertó y comenzó a escribirlo. En ese momento, alguien lo visitó. Cuando la visita se fue, ya no recordaba el poema. Por eso tampoco hay que dejarlo para después. Lo que vienes pensando ha de encontrar lugar en cierto momento del mismo día, no se puede quedar para un tiempo posterior, en pausa, porque entonces sí que se pasará al olvido o ya no tendrá la misma atmósfera mágica que poseyó cuando la imaginaste.

Alternar, pero no dejar es la mejor solución. Un rato escribes y otro rato actúas en otro ámbito de tu vida. Porque la mente no descansa en pensar en todas las actividades que hemos de realizar. Porque no puedes escribir todo el día. Bueno, yo no puedo. Lo he intentado en varias ocasiones y no es posible. Cansa. Harta. Tienes que dejar de lado y seguir después. Combinar con otras tareas de la talacha: revisar, buscar la cita correcta, leer los otros textos.

Y el tema vuelve a ti de esta manera, habitando tus pensamientos. Desenrrollándose. Nunca se ha ido. Permanece

jueves, 12 de mayo de 2016

Tal vez ya no debiera comprar libros

Hace no mucho tiempo uno de mis proveedores de libros (así le llamo a los que venden libros en la calle, que colocan los ejemplares en un plástico sobre el suelo) me preguntó:

—¿Y usted qué hace con los libros que me compra?

Le compraba varios, tal vez demasiados, porque los daba a precios muy bajos así que sospechaba que yo los revendía.

Mi respuesta me salió del alma:
—Yo los guardo.  

Cuando era feliz e indocumentado, tenía mucho más tiempo para leer. No estudiaba de manera formal, trabajaba mucho pero mi empleo tampoco era formal. En la madrugada, sin ruido, sin personas preguntándote qué haces o reclamándote porque no haces nada, me ponía a leer libro tras libro. Una de mis hazañas de lector fue leer “Los miserables”, de Víctor Hugo. Era un libro de 972 páginas, a doble columna, poco amigable para el lector su formato. Difícil de leer hasta para mí. Experiencia imborrable cuando el cura alcanza a Jean Valjean y le dice: “Compro tu alma para el bien”. O algo así. Ninguna película ha alcanzado las dimensiones épicas de ese momento. Algo tienen esas novelas del siglo XIX que te atraviesan por completo. Hace pocos años leí “Guerra y paz”, de León Tolstoi, y tuve una sensación igual de una manera de narrar en que caben mundos.

Ahora gano mucho más dinero que entonces, lo cual me ha servido para comprar libros y más libros, pero ahora ya no tengo tiempo para leer. Y sigo comprando, ahora en demasía.

Algo debe estar ocurriendo porque los libros nunca han sido tan baratos (desde mi experiencia) como ahora. Montones de libros a diez pesos en puestos en la calle. Y no malos títulos. Quizá grandes lectores han muerto y sus parientes venden sus libros a peso o por kilo. Y mis proveedores también se han incrementado. Me conocen. Me ofrecen. Me hacen descuentos especiales.

Libros nuevos a tres por cien pesos. De editoriales como Tusquets y Paidós. Títulos que en la librería cuestan doscientos pesos los he comprado en esos puestos callejeros a treinta y tres pesos con treinta y tres centavos. Varias novelas de Henning Mankell.

Compro libros que siempre había deseado a precios de risa. La enciclopedia autodidacta Quillet, cuatro tomos empastados, miles de páginas, en doscientos pesos, a cincuenta cada tomo; el Diccionario de Literatura de Editorial Aguilar, también en doscientos pesos.

Vivo sorpresas tales como haber adquirido el teatro completo de Max Aub en doscientos pesos y encontrar que en ofertas de internet lo venden a un precio de entre tres mil y cinco mil pesos, por lo difícil de conseguir en estos tiempos.

Pero si alguien me pregunta si los he leído, tendré que decirle (igual que a mi proveedor):

—Bueno, yo los guardo.

Dado que me sé de memoria varios fragmentos de poemas y obras de teatro, a veces pienso que tal vez como algunos de los personajes de “Farenheit 451” mi papel sea preservarlos. Alguien los leerá en tiempos mejores