sábado, 14 de mayo de 2016

Vivir hace daño

Hasta el agua en exceso hace daño, dijeron en alguna ocasión los voceros de la Coca Cola cuando culparon a su producto de haber provocado la muerte de una mujer. Supongo que el agua en exceso sí hace daño, sobre todo si caes en una alberca y no sabes nadar. Les faltó mencionar la ley romana de “Nada con exceso, favor de no beber más de cuatro litros diarios de nuestro producto”. 

A veces no me explico cómo nos mantenemos con vida, porque todo hace daño. Las sustancias con que todo se produce masivamente, lo que viene en los letreritos de los alimentos que compramos en el súper o en el Oxxo (ya llevo dos marcas comerciales mencionadas, espero que paguen algo por nombrarlas).- Vivir hace daño. Los mares están enfermos, la tierra sobre explotada. En fin, parezco un vocero del apocalipsis, pero algo de cierto hay en toda esta paranoia de la fácil destrucción.

Un ejemplo reciente: me convencí de que la carne roja hace daño. Deliciosos tacos de carnitas destruyen la posibilidad de una vida futura sana. ¿Saben que la cría de ganado es una de las industrias más contaminantes del mundo, porque el excremento de los animales emite metano, el cual envenena el aire? En fin, hay que buscar una opción o nos quedamos sin salud y sin mundo.

El salmón, con sus aceites omega no sé qué y con su ausencia de colesterol resulta excelente opción. No es un taco de barbacoa con guacamole, pero sabe bien. Pues resulta que leo en una nota reciente que el salmón es cultivado en granjas enormes. Y claro, los pobres peces se la pasan angustiados y neuróticos. Además de que los mantienen en espacios tan estrechos que se la pasan enfermándose, infectados por virus. La solución es darles antibióticos. O sea, ni cómo salvarse de las sustancias extrañas y dañinas. No tenemos la menor idea de lo que comemos. El que come salmón con frecuencia se llena sin saber de venenos, aunque por fortuna sin colesterol.

Ah, y es una industria que contamina. Los deshechos del salmón pudren el fondo del mar, provocan la muerte de otros peces, etcétera, etcétera. Y ese es uno de los miles de ejemplos que podemos estudiar. Va otro: ahora resulta que el cultivo de la soya, según me dicen, también resulta altamente contaminante. Espero que el pasto no tenga estas características porque de seguir así tendremos que comer únicamente eso. Ahora recuerdo que sí contamina, porque hay enormes campos en que se elimina cualquier otra especie para que ésta crezca a gusto. ¿Lo ven?, no hay salida.


Lo que pasa es que contaminamos todo lo que tocamos. Esa es nuestra esencia, desde que los seres humanos comenzaron a actuar como un animal más o menos pensante se rompió el delicado equilibrio de la naturaleza. En “Matrix”, Smith dice que la humanidad es un virus. Visión pesimista de nuestro mundo, pero también certera. Ni modo que no se regresara contra nosotros. No es que todo sea malo en sí, sino que nosotros nos hacemos daño con todo lo que tenemos a la mano. 

viernes, 13 de mayo de 2016

Escribir, escribir, que rico escribir

En la redacción de mi proyecto final, llego hoy al momento que más me gusta de la escritura. Y no ocurre por lo regular frente a la computadora o con lápiz y libreta en la mano. Sucede que hay días en que caminas y piensas en lo que estás escribiendo, estructuras de otra manera, te llegan ideas que no olvidarás cuando te sientes a tu escritorio.

El estado mental que menciono no me convierte en una especie de zombie que camina babeando por las calles mientras piensa lo que redactará cuando llegue al lugar donde escribe. Tampoco es que haga como que el mundo me importa (fingimiento), mientras me concentro en lo trascendente (sí, ajá). Vives junto con… Una tarea junto con la otra, no de manera excluyente, o haces una o haces otra. Dos canciones tocando al mismo tiempo, complementándose.

Así camino hoy por las calles. Consciente, observo la gente, los puestos de comida, me cercioro de que el semáforo esté en verde, me detengo a desayunar. Y mientras, al mismo tiempo, pienso en mi proyecto, lo acomodo mejor y más rápido que en la computadora. Tengo ideas. Rondo mi propia escritura, la siento y la palpo. Sin la angustia de que tal vez la estoy dilapidando, de que quizá cuando llegue a mi mesa ya no me acuerde de nada de lo que venía pensado. Porque se trata de un proceso, no de una colección de eventos o impulsos. No se escribe con impulsos. Es necesario introducirse en un proceso. Que todo sea parte, incluido el disgusto ante los automovilistas que se pasan los semáforos. Todo sirve. Ronronea en tu mente lo que quieres escribir.

Henry Miller cuenta que una vez lo avasalló la historia de una novela mientras viajaba en el Metro de New York. Se angustió porque no tenía manera de regresar a su casa y escribir esa portentosa historia que veía escena por escena. Optó por sólo verla, por dejar que transcurriera en su mente y nunca regresara. Coleridge soñó un poema acerca del palacio de Kublai Khan. Se despertó y comenzó a escribirlo. En ese momento, alguien lo visitó. Cuando la visita se fue, ya no recordaba el poema. Por eso tampoco hay que dejarlo para después. Lo que vienes pensando ha de encontrar lugar en cierto momento del mismo día, no se puede quedar para un tiempo posterior, en pausa, porque entonces sí que se pasará al olvido o ya no tendrá la misma atmósfera mágica que poseyó cuando la imaginaste.

Alternar, pero no dejar es la mejor solución. Un rato escribes y otro rato actúas en otro ámbito de tu vida. Porque la mente no descansa en pensar en todas las actividades que hemos de realizar. Porque no puedes escribir todo el día. Bueno, yo no puedo. Lo he intentado en varias ocasiones y no es posible. Cansa. Harta. Tienes que dejar de lado y seguir después. Combinar con otras tareas de la talacha: revisar, buscar la cita correcta, leer los otros textos.

Y el tema vuelve a ti de esta manera, habitando tus pensamientos. Desenrrollándose. Nunca se ha ido. Permanece

jueves, 12 de mayo de 2016

Tal vez ya no debiera comprar libros

Hace no mucho tiempo uno de mis proveedores de libros (así le llamo a los que venden libros en la calle, que colocan los ejemplares en un plástico sobre el suelo) me preguntó:

—¿Y usted qué hace con los libros que me compra?

Le compraba varios, tal vez demasiados, porque los daba a precios muy bajos así que sospechaba que yo los revendía.

Mi respuesta me salió del alma:
—Yo los guardo.  

Cuando era feliz e indocumentado, tenía mucho más tiempo para leer. No estudiaba de manera formal, trabajaba mucho pero mi empleo tampoco era formal. En la madrugada, sin ruido, sin personas preguntándote qué haces o reclamándote porque no haces nada, me ponía a leer libro tras libro. Una de mis hazañas de lector fue leer “Los miserables”, de Víctor Hugo. Era un libro de 972 páginas, a doble columna, poco amigable para el lector su formato. Difícil de leer hasta para mí. Experiencia imborrable cuando el cura alcanza a Jean Valjean y le dice: “Compro tu alma para el bien”. O algo así. Ninguna película ha alcanzado las dimensiones épicas de ese momento. Algo tienen esas novelas del siglo XIX que te atraviesan por completo. Hace pocos años leí “Guerra y paz”, de León Tolstoi, y tuve una sensación igual de una manera de narrar en que caben mundos.

Ahora gano mucho más dinero que entonces, lo cual me ha servido para comprar libros y más libros, pero ahora ya no tengo tiempo para leer. Y sigo comprando, ahora en demasía.

Algo debe estar ocurriendo porque los libros nunca han sido tan baratos (desde mi experiencia) como ahora. Montones de libros a diez pesos en puestos en la calle. Y no malos títulos. Quizá grandes lectores han muerto y sus parientes venden sus libros a peso o por kilo. Y mis proveedores también se han incrementado. Me conocen. Me ofrecen. Me hacen descuentos especiales.

Libros nuevos a tres por cien pesos. De editoriales como Tusquets y Paidós. Títulos que en la librería cuestan doscientos pesos los he comprado en esos puestos callejeros a treinta y tres pesos con treinta y tres centavos. Varias novelas de Henning Mankell.

Compro libros que siempre había deseado a precios de risa. La enciclopedia autodidacta Quillet, cuatro tomos empastados, miles de páginas, en doscientos pesos, a cincuenta cada tomo; el Diccionario de Literatura de Editorial Aguilar, también en doscientos pesos.

Vivo sorpresas tales como haber adquirido el teatro completo de Max Aub en doscientos pesos y encontrar que en ofertas de internet lo venden a un precio de entre tres mil y cinco mil pesos, por lo difícil de conseguir en estos tiempos.

Pero si alguien me pregunta si los he leído, tendré que decirle (igual que a mi proveedor):

—Bueno, yo los guardo.

Dado que me sé de memoria varios fragmentos de poemas y obras de teatro, a veces pienso que tal vez como algunos de los personajes de “Farenheit 451” mi papel sea preservarlos. Alguien los leerá en tiempos mejores

miércoles, 11 de mayo de 2016

1961

La intervención de la literatura, del libro impreso en mi vida es avasallante. Quizá no he llegado a los extremos de Borges de pensar que vivimos para que el libro pueda ser escrito, pero he rondado esas ideas. ¿De qué renglón que alguien escribe son parte mis pasos por el mundo?

Un arranque un tanto egomaniaco me lleva a revisar las novelas que aparecieron en las librerías el año en que nací. ¿Podríamos inventar una forma de adivinación del pasado, presente y futuro a través de este dato, en apariencia trivial? Después de todo, son manifestaciones del ambiente que nos rodea. Algo se gestó en el aire para que nos rodearan.

Ese año se publicó “La casa de las bellas durmientes”, del escritor japonés Yasunari Kawabata (siempre le cambio el orden a las sílabas de su apellido). Un libro de un erotismo sutil y delicado al extremo. El poder y belleza de la juventud durmiente mientras los ancianos desean y miran, agotados y nostálgicos de los poderes que ya se han ido. Escritura que ahonda en los mecanismos del deseo no consumado. El argumento de este relato breve lo echó a perder por completo García Márquez con un libro cuyo solo título me da flojera.

Leí esa novela hace relativamente poco, no más de cinco años. Ahora me doy cuenta de que es de ese año, principio de los sesenta, en que abrí los ojos en un mundo mucho más inocente del que habito ahora.

Por estos días hago un movimiento, un trasiego, de mis libros, y aprovecho para revisarlos. De manera azarosa me encuentro con “El astillero”, de Juan Carlos Onetti y también publicada en 1961. Me propongo releerla para celebrar mi cercano cumpleaños. Recuerdo con claridad que no me gustó cuando la leí por primera vez hace más de treinta años. Me rechaza como lector, aunque no me gustan las fábulas rosas, ese mundo de decadencia extrema, en que todo parece gastado, roto. Historia de un conjunto de seres frustrados, luchando por realizar proyectos que desde el principio están condenados al fracaso. En fin, no he leído a Onetti, aunque admiro su figura de escritor poderoso. En cambio, un poco con los mismos elementos, el cuento “Un sueño realizado” me pareció extraordinario. Habrá que releer la novela, ahora con sus hojas amarillentas.

En general, me son insoportables las novelas en que los personajes sufren al extremo, mucho más que un personaje de telenovela normal. Seres en que se asoma la condena existencial desde el nacimiento. Relatos en que los sucesos siempre se muestran crispados y crispantes. Atmósferas de paseo por los infiernos en que no hay ni siquiera el pensamiento de que en algún lado se podría vivir durante un segundo de otra manera. Y eso que me considero pesimista. Todo lo anterior lo digo por Ernesto Sábato. En 1961, también se publicó “Sobre héroes y tumbas”, que, dado que pertenezco a ese tipo de lectores, leí de principio a fin, a pesar de que me disgustó línea por línea. Ese mundo de ciegos, familias en decadencia que producen seres enfermos, viajes por túneles, infierno, pesadumbre, angustia constante, la verdad me produce flojera y no muchas ganas de seguir leyendo al autor, a pesar de que en mi juventud que leí con mucho placer una novela de Sábato igual de pesimista: “El túnel”. Me sabía de memoria el principio y varias frases plenas de derrota y ansiedad. En fin, no todos los libros son para todo mundo. No niego que sea un extraordinario escritor. Simplemente, sus libros no son para mí. Tanto así que regalé mi ejemplar de este libro ciego.


Sí, pasear por las lecturas es pasear por uno mismo, y darse cuenta de que los paisajes internos han ido cambiando. 

martes, 10 de mayo de 2016

La representación de un asesinato

En 1997, por pura casualidad y sin para nada buscarlo, caí en Parral, Chihuahua. Iba de viaje de trabajo. Fuimos de un lado a otro. Y de pronto ya estaba yo en ese lugar, donde mataron a Pancho Villa. Personaje mítico como pocos.  

Primero fuimos a la casa-museo, lo que fue la casa del general, lugar que puede visitarse. Recuerdo que me invadió una sensación de abandono, de algo perdido y que nunca podría restaurarse. En una consola, el mueble en que se escuchaba música antes, estaba puesto un disco estrellado de un lado a otro. Me pareció un buen símbolo del deterioro general que observé en ese lugar.

Me quedé solo en Parral. Mis compañeros de Sedesol vivían cerca, así que se fueron a sus casas. Yo pasé la noche allí.

Lo que más me sorprendió fue pasar por los lugares que pueden llamarse la ruta de la muerte, la señalización del asesinato. Los lugares por donde pasó Pancho Villa el día de su muerte están marcados. En una casa hay un letrero que indica que de allí salió el día de su muerte. En la calle se pueden observar las señales que indican por donde fue avanzando el auto, todo el camino que siguió el coche está marcado minuciosamente. El lugar donde estaba parado el hombre que hizo la señal de que venía ya por el camino y que él venía a bordo del auto. La casa donde estaban los hombres armados que le dispararon. El árbol con el que chocó el auto luego de que le dispararon a quienes iban en él. Y allí, en el piso, la máscara funeraria de Pancho Villa, para señalar el lugar donde cayó muerto. Tenía cuarenta y cinco años.

Debe haber sido un impacto enorme para los habitantes de la zona. Según me contaron, lo velaron en el cine de la ciudad y fueron miles de personas a velarlo. Un dios había muerto, un dios de la guerra, soñado como invencible.

Según me contaron, eso no lo vi, cada 20 de julio se escenifica la ruta de su asesinato. Un auto sale de la casa, sigue el último camino, un hombre hace una señal (al parecer saca un pañuelo blanco), le disparan, el general cae. Extraño ritual, si es que realmente sucede así o sigue ocurriendo. Si es que no se ha perdido como tantas cosas en nuestro país. Costumbre fúnebre, que tal vez impediría avanzar, pero que también serviría para evitar la desmemoria.

Oyes, tú, Francisco Villa, qué dice tu corazón. Ya no te acuerdas, valiente, que atacaste a Torreón, dice todavía el cantor. El jaguar estaba dormido. Ya no tenía ese instinto que le alertaba de los peligros, de la muerte siempre acechante. Dicen que lo mataron porque siempre podría levantarse en armas de nuevo contra el supremo gobierno.

En Parral  lo enterraron, allí profanaron su tumba y le robaron la cabeza. Un ser notable, pero finalmente uno más de los cientos de miles que se tragó la Revolución. Un millón de muertos en un país que contaba quince millones de habitantes. Signo de los tiempos, violento de un extremo a otro de su vida, murió de manera semejante a cómo había dado muerte a mucha gente.


Imagino que cada 20 de julio, en medio de la neblina, repite la ruta de su muerte, sigue el camino en su auto, mira al hombre que hace señas con un pañuelo blanco, blancura hacia la que se dirige. 

lunes, 9 de mayo de 2016

Yo también hablo del Valium

En agosto de 1977 yo tenía 16 años. Ese mes murió Elvis Presley, el rey del rock. Recuerdo con claridad que me impresionó leer en los periódicos que consumía más de setenta pastillas al día. Una para dormir, otra para despertar, una para tener deseo, otra para no tenerlo, y así hasta completar decenas de ellas.. Medicinas controladas en franco descontrol. Alrededor del mundo del espectáculo y de otros mundos se acomodan personas que venden de todo. Algunos son médicos.
En diciembre de 2014, yo estaba consumiendo un promedio de más de 30 pastillas al día. Es lo más cercano que he estado del rey del rock. Tuve una bronquitis crónica que no se me quitaba con nada. La tos me debilitaba, me dolían los pulmones. Tosía largos segundos, no sé, tal vez minutos. Fue un diciembre lluvioso y extremadamente frío. Creo que me curé hasta febrero.

Estaba tomando un curso en línea acerca del cuerpo y la escritura. Mi trabajo final fue un performance acerca de mis innumerables recetas. De color azul en ese tiempo. Les tomé fotos junto con las cajas vacías y llenas que me rodeaban. Siempre he tomado demasiadas medicinas, pero en ese tiempo llegué —espero— a mi límite. Antibióticos, medicina para que el pulmón no se llenara de líquido, para la tos, para el exceso de mucosidad. Spray, jarabes, pastillas. Demasiado. También vitaminas. Comencé a tomar algo así como venfalaxina (estoy inventando porque no tengo el nombre a la mano, pero es algo así). Es un antidepresivo. Funciona inhibiendo la absorción de la dopamina por el cuerpo. De esa manera, las células cerebrales tienen mayor cantidad de dopamina. La dopamina es una sustancia que produce de manera natural el cuerpo. Se liga a los mecanismos de aprendizaje, a la satisfacción, al placer. Alegría igual a dopamina.

Todas mis enfermedades vienen del estrés. Una tensión con la que he desgastado mis dientes, mis articulaciones, mis neuronas. Y me deprimo, el estrés es una forma de la depresión. El hacer demasiadas cosas también puede ser un síntoma del estrés. He conocido personas que se tiran al piso, que duermen tres días seguidos, que no tienen ánimo ni de comer, que todo lo ven negro. Esa es la depre como todos nos la imaginamos. Pero yo funciono distinto: me levanto temprano, hago ejercicio, trabajo con buen rendimiento, cuento chistes, como a mis horas, veo televisión. Pero nada de ello quiere decir que no esté deprimido, que no vea la vida como una enorme montaña cada día y que no esté claro de que pueda subirla ese día. Y que de repente no tenga que darme cuenta de que he dejado de hacer ejercicio, estoy sumamente irritable, me como todo lo que encuentro en mi casa y en la calle, no leo ni escribo. Así que tomé esa sustancia durante dos años. La dejé sin complicaciones. La verdad es que no alcanzo a ver ninguna diferencia en mi actitud. Probablemente el no verla sea parte de los beneficios. 

Y claro, las preguntas metafísicas: ¿Eso es todo? ¿Somos como un motor al que hay que echarle aceite y uno que otro aditivo de vez en cuando para que funcione mejor, a velocidad moderada? ¿Funcionamos como un coctel químico, un poco de esta sustancia y un poco de aquélla para que la mezcla trabaje un poco mejor? ¿No somos más complejos que eso?

Buscamos el soma, la sustancia maravillosa del mundo feliz de Aldoux Huxley. Droga que provoca el olvido, pero que no tiene ninguno de los efectos colaterales del resto de los opiáceos.


Y, como en la leyenda sufí, el soma somos nosotros mismos. 

domingo, 8 de mayo de 2016

Novela gráfica

Novela gráfica constituye una clasificación difícil en cuanto a extensión y en cuanto a enfoque hacia adultos más que a niños. No es nueva forma de contar, se practica desde hace muchos años el contar una historia por medio de dibujos de personajes con el globo en que van sus diálogos. La diferencia podría ser que no se le colocaba esa etiqueta en la portada o que sus propios autores no la conceptualizaban de esa manera. O que siempre se le consideró como arte de baja ralea y se le despreció como “lo que leen los pobres”.

Nosotros les llamábamos “cuentos”, “muñequitos”. Por cierto, mi madre decía: “Voy a leer mi novela”. Así le llamaba a esa forma visual de contar una historia. Para nosotros eran literatura: cuentos, novelas.

Conozco ejemplos en México de intenciones más serias en el campo de la historieta. De adolescente leí sin tregua revistas como Los agachados y Los supermachos, revistas en que un incansable autor (Rius) difundía ideas, criticaba al sistema, daba lecciones digeribles en varios campos e incluso divulgaba temas culturales. Para mí, La familia Burrón constituye una saga infinita en que los modos del habla popular quedaron plasmados en las aventuras fantásticas de Doña Borola y su chaparro marido Don Regino.

Vale la pena recordar el emocionado homenaje que le rinde Sergio Pitol a Borola Burrón en uno de sus libros más leídos: “El arte dela fuga”. Claro, Doña Borola es uno de los personajes más fantasiosos y divertidos de un México en que no importaran las diferencias entre historieta, cine y literatura “seria”.

También tendría que mencionar la novela por entregas que nos hacían llegar revistas como “Lágrimas y risas”. O “El libro semanal”, que presentaba una historia larga, la cual devorábamos en mi casa cada semana. O el Memín, que contaba una historia durante años. Al final, cuando terminaban la primaria, los amigos protagonistas se encontraban a un hombre que les contaba su propia historia desde el comienzo, lo cual podía durar todos los años de publicación ya transcurridos; una y otra vez. Toda la historia era un flashback eterno, una espiral que avanza y llega siempre al mismo punto de partida.

Esta lectura popular comenzó con revistas que yo ya no conocí, como “Pepín” y “Chamaco”.Medio recuerdo que esas publicaciones alcanzaron un éxito descomunal, el cual sorprendió a sus editores. Durante mucho tiempo en México se leyó masivamente este tipo de publicaciones. Mi madre aprendió a leer en esas revistas, porque no fue a la escuela. Claro, era un mundo con pocos aparatos de televisión y sin Internet. Supongo que la venta de publicaciones de este tipo va de bajada; atrás quedaron imperios como el de la editorial Ejea.

Después de su publicación semanal, varias de estas historietas se publicaron en formato de libro. Recuerdo “Rarotonga” y “Kalimán”. Hubo una que no me acuerdo de su nombre, la cual su autor (Guillermo de la Parra, ni más ni menos que el esposo de Yolanda Vargas Dulché) transfirió a novela sin muñequitos, pura letra, y la publicó así en la editorial de la que era dueño junto con su esposa: la Editorial Vid (alusión al apellido de la Parra).


En los años ochenta y noventa, sobre todo en Estados Unidos, se publicaron varias obras que rompieron con los esquemas narrativos y de resolución de la imagen en este género. A pesar de los múltiples ejemplos que menciono líneas arriba, crearon una nueva forma de contar. A eso le llamamos novela gráfica. Continuidad y ruptura, he allí a lo que siempre aspira un arte para mantenerse vivo.