“No dejes para mañana lo que puedes hacer pasado mañana”.
Somos como Felipito (en el mundo de Mafalda) que coloca un letrero de “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” y dice “Mañana empiezo”. Todo se retrasa. Nunca parece llegar el momento. Es un alivio, a veces, darse cuenta de que la mayoría de las personas es así. No le damos tiempo a lo que se supone debería ser nuestra prioridad. Lo dejamos para el último momento, en el mejor de los casos.
O tal vez, como cantaba Rockdrigo: “No tengo tiempo de cambiar mi vida”. Tiempo para lo que sea, excepto para lo importante. Lo urgente destruye a lo importante, porque muchas veces no es importante. A nadie le importara después de que lo realices.
En el trabajo me la llevo bien con los plazos, con las fechas de entrega previstas de antemano. “Deberá enviarlo a más tardar el 28 de abril”. Y el 28 de abril, llueva, relampaguee, me duela el estómago o esté deprimido, va lo que están solicitando. Lo más odioso es cuando te llega una solicitud que te da tres horas para contestar”. “Es para hoy”, y son las seis de la tarde. Inclusive así lo concluyo y lo mando. ¿Se han dado cuenta de que la información que nos pasamos generando toda una noche en vela, ahora a nadie le importa? Power points desechables.
Una vez me pidieron una reseña sobre un libro del violonchelista mexicano Carlos Prieto. La querían para el día siguiente. Me acuerdo que estaba sumamente cansado. Compré el libro, leí partes en el viaje en el Metro, y esa noche la escribí. Mi cansancio quedó atrás, leí el libro con placer. Me sentí motivado porque la música es mi pasión secreta y darle tiempo a esas pasiones hacen que no experimentes el cansancio.
También cumplí con las tareas durante un largo trecho de mi vida académica. “Leer este texto durante la semana y participar en el foro por lo menos tres veces”. Y allí estaba yo, concluyéndolo todo a tiempo, aunque durmiera poco. (De hecho, no me gusta dormir mucho). Y tan contento.
A veces pienso que lo que me ha detenido en los últimos tiempos es la ausencia de fechas límite semanales, mensuales. Sólo sé que el semestre concluye en mayo y cuando todo comienza parece tan lejano que resulta difícil que pasarán días y días sin que avances ni siquiera una página. Que dejarías día con día de hacer lo que se supone más gusto te daría hacer.
No hay fecha límite. Nadie te pide un trabajo por semana o avanzar diez cuartillas semanales. Nadie te persigue o te acosa. Estás libre a tus propias fuerzas, control y autodominio. “Y ahora que haremos con tanta libertad”, dice Felipito en algún lado. No he sabido qué hacer con ella. Es verdad que trabajo tal vez 18 horas al día y me quedan seis horas para dormir (a veces menos), pero me parece extraño, repito que mi avance sea tan mínimo. Y a mi tutor parece darle igual. Creo que todos los tutores son iguales, pero mi tutora de la tesis de licenciatura me apoyó de manera muy distinta. En fin, la responsabilidad es mía.
Así, que cuídense, por qué ya me di cuenta de mi hábito de postergar las cosas y no pienso seguir así.
Mañana empiezo.



